Lo que ocultan las leyes contra el aborto

Escribo esta columna como sobreviviente del aborto para argumentar con claridad por qué apoyo el aborto. La gente de mecha corta dirá que desprecio mi propia vida; por el contrario, amo tanto la vida que la prefiero con mejores condiciones.
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El 5 de enero de 1985, mientras empezaba una nueva Feria de Manizales con un desfile por la carrera 22, mi mamá y mi papá se encontraron en el motel Las Vallas, ubicado entre los barrios Liborio y Villa Pilar: allí ocurrió su primera relación sexual y ese día me engendraron.

Eso dice en un expediente judicial que recuperé del ICBF y del Palacio de Justicia de Manizales. También confirma que mi papá presionó a mi mamá para que abortara: le llevó Pitocin, Sinergón y Prostamine, y le dijo que si eso no funcionaba la iba a llevar a Pereira para que le pusieran una sonda.

Mi mamá asegura que sí se tomó los medicamentos, pero aquí estoy, vivita y coleando, y escribiendo sobre esto. No me atrevería a mencionarlo si no fuera porque la rabia me corroe como nunca. La rabia de ver cómo la ultraderecha macabra, que nos gobierna desde el 7 de agosto, mata niños al tiempo que nos prohíbe el aborto, y está más preocupada por impedirles adoptar a las parejas del mismo sexo, que en formular estrategias para que los padres ausentes paguen la pensión.

La pelea ética del aborto no tiene principio ni final, porque la cuestión no es si debemos defender una vida desde que está en el vientre, la cuestión es si debemos defender la vida aun cuando su bienestar es inviable, aun cuando viene con el estigma de la pobreza, la inmadurez o el abandono. Y claro, para la ultraderecha es mejor defender la vida cuando ven a estos posibles ciudadanos como carne de cañón, guerreros de batalla, aporte pensional, mano de obra para el capitalismo.

Ahí es cuando yo me emberraco. Y es que como ya leí a Silvia Federici, sé perfectamente que nuestro sistema se sostiene sobre el cuerpo de las mujeres, pero no todas, claro, porque Viviane Morales no entra en esta categoría, no, no, no; ella con su patrimonio de $2.873 millones según Portafolio, ¿qué le importa que nazcan niños en la miseria extrema? Hablo, por ejemplo, de las mujeres que hacen labores de crianza y cuidado en condiciones paupérrimas, con oficios humildes y en familias de padres ausentes, porque para ellos siempre ha sido muy fácil tirar la toalla y esquivar la responsabilidad.

Durante el tránsito del feudalismo al capitalismo el mundo vivió varias etapas de control de la natalidad: hubo momentos en los cuales se necesitaban más niños, y hubo otros momentos en los que se necesitaban menos. Eso nunca se vio con fines éticos ni religiosos: los niños eran los trabajadores del futuro, no más. Poco importaba en qué condiciones se criaran o en qué situación estuvieran sus familias. Aceptar o prohibir el aborto siempre ha respondido a intereses ocultos, jamás al interés de “la vida”.

Con o sin permiso, las mujeres siempre han abortado y van a seguir haciéndolo. Lo único que hacen las leyes es garantizar que esos abortos sean seguros, riesgosos o mortales. El aborto se nos presenta con un velo de moralidad cuando en realidad es un problema de salud pública y de derechos sexuales y reproductivos de las personas menstruantes. Si el Estado controla nuestros cuerpos, lo controla todo, por eso nuestros úteros le interesan tanto.

Yo defiendo la libertad de mi mamá para haber abortado; tenía muy buenas razones: no tenía recursos económicos ni emocionales ni familiares para hacerse madre a los veintitrés; fue una mujer violentada, sufrió desprecio, ¿debería condenarla por tomar una decisión de supervivencia? Claro que no. Otra colada es evaluar si mi papá tenía derecho a presionarla por ese aborto; yo defiendo que no tenía ese derecho porque no era en su cuerpo donde habitaba la posibilidad.

No puedo respetar a un Estado que condena a las mujeres por aborto mientras por otro lado les facilita a los hombres evadir la paternidad. Nos gobierna un pensamiento cruel y cargado de hipocresía, y entre mis actos de desobediencia civil anuncio una dura crítica contra sus políticas macabras.

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  • Lo que ocultan las leyes contra el aborto

    Feminista decolonial, escritora y editora. Autora de las obras Las ballenas son más sutiles (FCE, 2024), El oráculo térmico (Seix Barral, 2023) y El aparato que late (Domingo Atrasado, 2021). Ha ganado dos premios nacionales de narrativa. Es comunicadora social y magíster en Escrituras Creativas. Dirige la escuela La Maletra.

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