El disimule

El lunes había pasado todo el día en el Coliseo. El martes recogí escombros en la iglesia del Carmen. El miércoles por la mañana estuve en una casa frente al colegio, cerca del Parque de la Mujer, y al mediodía me avisaron que salíamos para Pereira.
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Estaba en mi salón de clase, en el tercer piso, cuando sentí el primer movimiento. Creo que fui de los primeros en darme cuenta de que algo no andaba bien. Miré a mi compañera y le dije lo único que se me ocurrió: “está temblando”. La fuerza del sismo fue en aumento, y aunque el miedo ya estaba ahí, me levanté con calma y salí. Bajando las escaleras encontré a una profesora en estado de shock; junto con dos compañeros más, la ayudamos.

Ya afuera, lo primero que pensé fue en mi mamá. No podía llamarla ni recibir llamadas —fallas técnicas, sin internet— así que busqué cualquier forma de contactarla. Fueron quince minutos que se sintieron eternos, hasta que por fin supe que estaba bien. Ese alivio me dio, literalmente, mucho descanso; con esa calma pude apoyar a una amiga que sí estaba en shock por lo que estaba pasando.

Entré de nuevo al colegio por mis equipos —los audiovisuales, los que uso para grabar— y salí a recorrer la Avenida Santander buscando conocidos. Caminaba a mi suerte, sin rumbo fijo, hasta que me encontré con un amigo que me dijo algo que terminó de convencerme: “parce, allí están otros de nuestros amigos que están mirando a ver para dónde vamos a ir a ayudar”. Esa frase fue el empujón que necesitaba. Ya no era una idea suelta en mi cabeza, era un plan con otros. Me encaminé con el grupo hacia los lugares donde se escuchaba que hacían falta manos.

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Obstáculo

En el Coliseo Mayor una líder de la Cruz Roja explicaba los requisitos para ser voluntario. Uno de ellos yo no lo cumplía: no se aceptaban menores de edad. Sentí un poquito de angustia y tristeza al escucharlo. Pero no me fui. Tenía puesto el uniforme del colegio, así que me puse una chaqueta encima para disimularlo y me acerqué de nuevo. No me preguntaron el tipo de documento, solo el número. Me inscribí sin más preguntas y pasé todo ese lunes 10 de agosto como voluntario.

No fue la última vez que mi edad estuvo en juego. Días después, en un punto de acopio de la USAR, hice amistad con dos de sus integrantes. En algún momento me pidieron un documento de identificación —apenas para su propia seguridad, me explicaron— y el miedo volvió: si alguien se enteraba de mi edad real ¿me devolverían a donde había empezado, lejos de la labor? No pasó. Dicen que tengo un aspecto físico que luce mayor de lo que realmente soy, y ese margen, sumado a la honestidad con quienes sí se percataban, me permitió quedarme. Fuera de ese momento no tuve que seguir disimulando; el disimulo funcionó tan bien que mi edad pasó casi desapercibida el resto de los días. Aun así, mis propios compañeros, en algunas ocasiones, me decían que mejor no hiciera tal o cual cosa, porque era menor de edad; eso fue lo único que se mantuvo constante.

Nadie en mi casa intentó detenerme. Nadie lo intentó y de haberlo intentado no lo habrían conseguido. Cuando avisé a mi mamá que pasaría el día ayudando en el coliseo, se quedó tranquila y orgullosa; en mi casa basta con avisar qué voy a hacer para que no haya problema.

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Lo que vi

De esos días guardo tres imágenes con particular nitidez. La primera: dos perros sin dueño en el Coliseo Mayor, alimentados por los voluntarios mientras esperaban a ser trasladados. La segunda: el hotel en Pereira donde pasé varios días como parte del equipo de sonido, apoyando la labor de búsqueda. La tercera: un compañero topo al que un cuerpo oficial venezolano le regaló un parche por su valentía —en su rostro solo había alegría de tener ese pedazo de su tierra natal encima.

Con uno de esos topos venezolanos, un joven de la USAR, conversé largo rato en su punto de acopio. Compartimos de dónde veníamos. Él quedó impactado al saber la altura a la que está Manizales y lo cerca que queda del Nevado del Ruiz; me dijo que ojalá algún día pudiera conocerla, aunque sabía que era difícil porque vive en otro país y no podía moverse de Pereira. Le mostré fotos que había tomado del lugar y quedó fascinado. Fue, además, muy generoso conmigo: me dio comida y hasta me instaló una carpa para dormir, aunque nunca llegué a usarla —me llamaron de vuelta al trabajo pocas horas después de armarla. Fue muy lindo ver cómo un total desconocido, de otro país, me atendía así.

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Los días en Pereira

El lunes había pasado todo el día en el Coliseo, hasta las 8:00 p. m. . El martes recogí escombros en la iglesia del Carmen. El miércoles por la mañana estuve en una casa frente al colegio, cerca del Parque de la Mujer, y al mediodía me avisaron que salíamos para Pereira en cuestión de horas —el viaje estaba planeado para el viernes, pero todo se adelantó de un momento a otro. No hubo tiempo para prepararme mentalmente; simplemente subí al colectivo con lo poco que tenía.

Recuerdo el momento exacto en que entendí que esto era mucho más grande de lo que había imaginado: iba mirando por la ventana, y no importaba hacia dónde volteara la cabeza, solo veía escombros y fachadas caídas. Fue como si la realidad se acomodara de golpe frente a mis ojos. Antes de eso, admito, no dimensioné bien la magnitud de lo que estaba pasando —incluso llegué a reírme de la situación, sin saber realmente por lo que estaban pasando otras personas. Pero ver Pereira, y a su gente, me cambió la perspectiva por completo. Todavía hoy me parte el corazón solo recordar las condiciones en las que estaban.

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Estuve allá desde esa noche del miércoles hasta el domingo, y volví a Manizales exactamente a las 7:30 a. m. Esos días se sienten, en mi memoria, como un solo día larguísimo. Dormí poco —menos que muchos de mis compañeros, aunque el desgaste fue igual de fuerte para todos. El olor a mortecina era tan fuerte que se sentía incluso dentro de un taxi; era algo que no se iba, que se quedaba pegado. El jueves hizo un calor impresionante, y no podíamos quitarnos el equipo de protección —ni los guantes, ni la chaqueta, ni ninguna prenda— porque tocaba estar protegidos por si se desprendía un escombro más. Recuerdo pensar, en medio de ese calor, que el cuerpo aguanta más de lo que uno cree cuando siente que hay algo más importante que el propio cansancio.

Esa fue también mi jornada más larga: apenas tres horas de sueño. El miércoles habíamos llegado y trasnochado toda la noche; volvimos al refugio a las 7:00 a. m., descansamos tres o cuatro horas, y al mediodía salimos de nuevo. Desde ese momento no volvimos a la casa hasta el sábado en la noche, cuando por fin logramos dormir más horas seguidas.

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Hay una madrugada que no se me olvida. Fue la del viernes. El cansancio me venció y no había dónde descansar, así que me acosté en el piso y apoyé la cabeza en un bolso. Alcancé a dormir apenas unos minutos antes de que alguien gritara “¡¡alerta de sismo!!”. Me levanté de inmediato, corrí a ubicarme en mitad de la calle, y el corazón se me aceleró de una manera que todavía recuerdo con claridad. No hubo quien me hiciera relevo, así que seguí. En ese momento entendí algo que no había pensado antes: que ser una pieza vital para un grupo no es una frase bonita, es sentir que si te detienes, alguien más carga con tu parte.

Lo que más me sorprendió de los otros jóvenes que estaban ahí fue esa energía que no se apagaba, esas ganas genuinas de ayudar, y cómo muchos se organizaban entre ellos para llevar apoyo a los alrededores de la ciudad sin que nadie se los pidiera. Verlos me hacía sentir que no estaba solo en esto, que había más gente de mi edad —o cercana— dispuesta a dar lo que tuviera.

Hubo un momento que me conmovió de una manera distinta a todo lo demás: el rescate de un gato entre los escombros. Los rescatistas no tardaron en darle primeros auxilios. Alcancé a grabarlo en video, y es algo que no dejo de ver —los veterinarios llegando, rodeando al animal, atendiéndolo con la misma urgencia con la que atenderían a una persona. No sé bien por qué esa escena me marcó tanto, pero creo que fue ver que el cuidado no discriminaba, que ahí todo lo que respiraba importaba.

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No pude ver de primera mano el resultado de los rescates en los que colaboré. Cuando alguien era encontrado con vida, mi equipo solía estar ya camino al descanso, relevado por otro turno; las jornadas eran demasiado extensas para quedarnos a esperar. Al principio eso me generaba una sensación rara, casi de vacío, como si mi parte hubiera quedado incompleta. Pero con el tiempo entendí que mi aporte, aunque invisible, sí importaba: la ayuda que di, colaborando con el equipo de sonido, se reflejó en algo menos vistoso pero igual de necesario —una organización sin fallas, turnos bien coordinados, tiempo bien aprovechado. Aprendí que no toda ayuda se ve en el momento; a veces se ve en que todo lo demás funcionó.

El único susto real por mi propia seguridad llegó el último día que estuvimos en el centro, en las carpas de una calle cercana a la novena con diecisiete. Había empezado a llover y sentimos que temblaba, aunque no llegó ninguna alerta de sismo al celular ni ningún comunicado oficial. En el grupo pensamos que lo que en realidad estaba pasando era que algunas de las edificaciones, ya sueltas y al borde de desplomarse, terminaron de ceder por el peso del agua —y que ese desplome, no un sismo real, fue lo que sentimos como temblor.

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Empecé con solo dos compañeros de la RACC, la Red Audiovisual y Cinematográfica de Caldas. Con las horas, el equipo creció: personal médico propio, defensa civil, varios cuerpos de bomberos llegados de distintas partes del país, voluntarios para remoción de escombros, topos venezolanos y muchos más, a quienes agradezco inmensamente por el orden y la estructura que, sin ellos, no se habría logrado. Lo que aprendí de quienes trabajaron a mi lado no tiene nombre propio: independientemente de si eran de la USAR o mis compañeros de la RACC, todos estábamos ahí por la misma razón. Hablo en general porque, de los presentes, todos estábamos igual de entregados a la labor: venir de donde viniéramos, pensar lo que pensáramos, no rendirnos aunque el panorama se oscureciera.

La persona detrás del voluntario

Trabajar codo a codo con adultos y profesionales de rescate, siendo de los más jóvenes del grupo —yo y, ocasionalmente, el hijo de uno de los líderes— no me resultó extraño. Mi entorno cotidiano ya está rodeado de adultos: mi círculo social, mis amistades. Nunca sentí que tuviera que demostrar algo distinto por mi edad; desde el principio fui, simplemente, uno más del equipo.

Cuando por fin volví a casa, lo primero que pensé fue en abrazar a mi mamá —no la había visto en varios días— y contarle todo lo que había vivido. De esos días, lo que más he compartido en mi casa y con mis amigos es la historia de la gente que conocí: personas que se ganaron un lugar especial en mi corazón por lo entregadas que estaban a la causa. Guardé el contacto de varias de ellas. También he hablado del estado de los lugares que recorrí, de cómo quedó la ciudad —algo que todavía me impacta, porque siento que muchos, fuera de esa realidad, no la tienen en cuenta o simplemente la desconocen.

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La gente notaba que había vuelto muy cambiado: más serio, más pensativo. Yo también lo notaba. Fue, de por sí, una experiencia un tanto traumática, y el día que volví al colegio, con todos preguntando de manera tan constante sobre el tema, sentí que me caía de nuevo en muchos de esos momentos que había vivido —tanto que entré prácticamente en una crisis de ansiedad. Cuando hablaba de algo tan reciente me ponía muy nervioso, empezaba a tocarme las manos, a quitarme y ponerme un anillo que tengo en la izquierda. Fueron varios días manejando esos márgenes de ansiedad; no reía tanto como antes, no le entraba a la recocha, estaba muy serio, muy quieto, muy callado. Con el paso de los días, y con la ayuda de mis seres cercanos, mis ánimos volvieron.

Hubo algo más que se despertó en mí en esos días: cierta rabia al ver que a mucha gente no le interesaba tanto saber lo que realmente estaba pasando. Considero que la situación en Pereira era crítica, y que la gente debería saber lo que de verdad ocurre ahí. Aun así, entiendo que hay muchas otras zonas afectadas y que la atención se reparte; me molesta un poco el tema, pero es entendible.

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Lo que quedó

En la Normal hablamos mucho de solidaridad, como concepto, casi de memoria. Después de lo que viví, esa palabra dejó de ser teórica para mí: ahora tiene rostro, el de la gente capaz de arriesgarlo todo por ayudar a otro, incluso sin conocerlo. No se enseña solo desde la teoría; se demuestra en el instante en que alguien decide actuar en lugar de mirar.

Tampoco creo que ayudar exija hacer algo grande. Vi que se puede colaborar incluso con quienes ya están ayudando —dándoles comida, apoyo, o simplemente un jugo. Todos aportamos nuestro granito de arena. Y sobre la empatía, no siento tanto que la haya aprendido de cero, sino que la experiencia reforzó valores que ya tenía.

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Si tuviera que explicarle a otro estudiante qué significa servir a los demás, le diría que no es algo que se aprenda en un salón de clases, sino en el momento en que uno decide actuar sin que nadie se lo pida. Servir no es esperar instrucciones: es ver una necesidad y responder con lo que se tenga a la mano, así sea poco. No hace falta ser un experto ni tenerlo todo resuelto —basta con tener la disposición de estar ahí.

Siento que es muy pronto para medir del todo qué cambió en mí. Pero quienes me rodean sí lo notan: familiares y amigos me han dicho que volví distinto, con los ánimos más bajos. De esos días también me nació una idea nueva: formarme más en el campo del rescate o de las labores humanitarias. No es algo que esté averiguando activamente todavía —ni una decisión tomada—, pero sí algo de lo que hablamos entre el grupo, la posibilidad de todos formarnos un poco más en esto. Mi enfoque sigue siendo lo audiovisual; si combino las dos cosas, sería por el lado documentalista, para dejar un registro de lo vivido. De hecho, ya lo empecé: en los ratos libres que tuve en Pereira, con la cámara en la mano, saqué fotos del estado de la ciudad, un registro fotográfico y audiovisual que ahora es también parte de esta historia.

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Hacerlo, sin embargo, no fue fácil. La cámara no me ayudaba a procesar lo que estaba viviendo; era, más que nada, un registro. Y antes de sentirlo como algo útil, me sentía mal haciéndolo: fotografiar un rostro, una edificación o algo tirado en el piso se sentía, independientemente de qué fuera, casi como una ofensa hacia las personas que vivían la catástrofe. Fue incómodo hacerlo mientras todo pasaba.

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Lo que sigue

Escribo esto a día de hoy, 30 de agosto, y todavía me siento extraño. Intento volver a la rutina, hacer las cosas que tengo pendientes, pero no dejo de estar al tanto de lo que sigue pasando. En el grupo seguimos armando un plan de contingencia para continuar mandando ayudas a distintas zonas de Caldas, y si es posible, del país. Han pasado veinte días desde la tragedia, pero la ayuda sigue siendo necesaria, y se sabe que ha mermado bastante. La idea es seguir ayudando hasta que ya no se pueda más, porque un mercado no le va a durar dos meses a una familia que se quedó sin hogar, y la reconstrucción de esas casas va a tardar mucho más que eso.

Cuando la tierra se movió, lo primero que se sacudió en mí fue el instinto de buscar a quienes quería proteger. Pero después, cuando pasó lo peor, algo distinto se movió por dentro: entendí lo frágil que es todo lo que uno da por seguro, y lo urgente que es actuar cuando alguien te necesita, sin pensarlo dos veces. Ya no veo la vida ni a las personas de la misma forma. Lo material se puede perder en segundos. Pero lo que uno da a los demás en esos momentos, queda para siempre.

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    Manizales, 2008. Estudia en la Escuela Normal Superior de Caldas. Desde hace varios años tiene interés por la fotografía y la producción audiovisual, especialmente por las historias que se encuentran en la calle y en la vida cotidiana.

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