
La vibración en el suelo es un prólogo de la furia. El animal se libera en ráfagas que agitan el esqueleto de la ciudad. El techo se desprende y da paso al sol abrasador de un lugar que no conoce de estaciones ni pronósticos. Da igual enero que agosto, el fuego quema ahí con la misma angustia todo el año. El cerco de las paredes baila su juego macabro. Aprisiona y protege, soporta y oprime. La imagen es propia, pero se repite una y otra vez en cada espacio, un fractal del horror. El fenómeno se jacta de su naturaleza democrática, golpea a todos por igual, sin necesidad de censos. La jerarquía se la deja a la burocracia de sus secuelas. Pasan segundos como siglos, que sirven para clasificar la magnitud en la que se derrumban siglos como segundos. Termina el movimiento para dar comienzo a la acción. El tiempo se congela justo cuando la premura es más determinante. Convergen la negación de lo visible con la aceptación de lo imposible. Las calles se solapan en un tiempo absurdo en que el presente es a la vez el recuerdo del futuro y un augurio del pasado. La tragedia propia es ese instante empequeñecido que alcanzan a ver los ojos. Todo lo demás es el árbol que cae sin ser escuchado, el presagio de un dolor por descubrir en las horas que vendrán.
Lo fundamental es el recuento de ausencias. Un recorrido mental para situar a todos en ese campo de batalla. Las primeras grietas fracturan el concreto. Hay otras que aparecerán después en la estructura de la certeza. A cada paso se recalcula la escala de devastación. No hay palabras, o las que hay no alcanzan. Es mejor así. El silencio es la mejor forma de percibir la esperanza. La mente se dedica a llenar de recuerdos el vacío de los escombros. Ante la fragilidad del cemento la memoria se fortalece. Miles de arquitectos improvisados reconstruyen los espacios con la colectividad de sus voces.
Una ciudad es tan sólo un azar de convergencias. Palabras mancomunadas, olores primarios y un relato fabulado para engañar al orgullo. Reclamarla como propia es un acto insurgente, una conquista propia. No alcanza con registros de nacimiento o certificados de padrón. Hay que habitarla desde el tedio y la rutina, desde la resistencia y la resignación. Los escombros se amontonan sobre los vestigios de piel que se han dejado en esos suelos, y no queda más que empezar a reconstruir sobre el colapso de lo que fue. Cadenas de manos arrebatan al olvido lo que logran encontrar. Una mujer escucha el leve quejido del optimismo. Un chico salta sobre la miseria apilada para encontrar a su madre. Un hombre remueve el polvo del escenario que considera su segundo hogar, sin saber que años después ese lugar será el hogar de sus restos hechos polvo. Se hace parte del dolor tanto como el dolor hace parte de uno.
Las vigas del tiempo sostienen el renacer. La linealidad de su naturaleza crea la ilusión de comienzos y porvenires. Se generan nuevos inquilinos y nostálgicos de siempre. Las fachadas cambian, la esencia se conserva. El laberinto de calles se multiplica, se hace moderno y pretencioso, pero converge como siempre en ese punto muerto que es la identidad. La soberbia se alimenta de murallas que se elevan como gigantes, mientras el animal agazapado respira apenas el presagio de su furia. Escapamos de la moderna rutina en la que ya no tenemos cabida, aunque nunca en realidad la tuvimos. Damos paso a los que habitan desde la causa y consecuencia, la circunstancia crónica del día a día. Las postales que viajan son escenas indiferentes de un pasado ya olvidado. El regreso efímero es la confirmación del desarraigo involuntario. Un forastero en su propia tierra que recorre los senderos abandonados de la melancolía. El duelo por lo que ha sido es apenas una formalidad en el paraíso del emigrado. Soltar el lastre del recuerdo aligera el viaje. Pero el animal le recuerda al tiempo de su condición cíclica. Se remueve otra vez entre las entrañas de la tierra. Brota en un manantial de energía que derrumba la falsa ilusión del sosiego.
En las antípodas del desastre se respira la impotencia. Llegan nuevas postales como réplicas del recuerdo. El colapso del ahora desnuda las heridas sepultadas del ayer. El movimiento telúrico del dolor indica que es imposible escapar de donde se ha pertenecido.
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