
El marco de la puerta no aplastó a mamá, la viga central no desnucó a papá ni dejó parapléjico a mi hermano. La casa está intacta, pero mi hijo vive 30 minutos más cerca de San José del Palmar que yo, y de Dosquebradas no salen las llamadas.
Creo que me bañé, y si me bañé no me enjaboné.
Encendí la moto a la par que los vecinos del barrio revisaban las fachadas con el meneo de cabeza con el que se analiza un billete de 100 en cualquier tienda de esquina:
—No corra en esa moto que el niño va a estar bien —dijo mamá levantando una foto.
Escribo 16 días después de aquel 10 de agosto, ¿por qué mentía mamá? Ella no tenía forma de saber que el niño estaría bien, ¿por qué lo hizo?
Arranqué entre las alarmas de carros y sin disminuir la velocidad ante el resalto de la cuadra, lo que levantó mi cuerpo con la certeza de que los padres mentimos cuando la realidad nos sobrepasa.
La polvareda de una casa caída me nubló la mirada, al cerrar los ojos y bajar la visera comparé que esa vivienda (por la que caminaba tres veces por semana cuando iba a ejercitarme en el parque del barrio) tenía un piso más que la de mi hijo en Cartago, pero se asemejaban en la estructura. Aceleré.
No tenía forma de saber en ese momento que Dosquebradas estaría entre los tres municipios (de 494) más golpeados por el terremoto: con afectación en 14.000 viviendas, 50 sedes educativas y más de 300 comercios.
Un alud de tierra taponaba un carril de la calle que une a Santa Isabel con el Campestre B. Acelerando sobre el andén, tratando de no atropellar personas, pensé que esa escena de pitos, gritos, ladridos y murmullo sostenido, se asemejaba a un 24 de diciembre, quizá fue el cielo azulado y despojado de nubes, pero allí nadie celebraba, o sí, la gente festejaba en silencio que la casa no se hubiera venido abajo o que la madre que tenían olvidada todavía estuviera viva.
Antes de tomar la Avenida del Pollo probé realizar una última llamada a la mamá del niño:
Sistema correo de voz, tendrá co…
La última notificación en mi teléfono decía dónde quedaba el epicentro del terremoto:
—Que sea en Santander, que no sea en Chocó —pensé.
Porque qué me importaba a mí que Bucaramanga estuviera destruida.
Sismo de 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, a una profundidad de 103 km.
Más cerca de Cartago.
Acelerar, respirar, acelerar, imaginar escenarios trágicos para agotar realidades para así llegar y descubrir que mi hijo no está en una bolsa negra (o bajo los escombros) y que todavía puede llamarme papá en Cartago, ese municipio 30 minutos más cercano a San José del Palmar.
Pero transitaba por la curva de la Avenida del Pollo, donde, abajo, se ve el interior del barrio La Graciela, arriba, hacia el oriente, el Nevado del Ruiz cuando el cielo está despejado (como esa mañana de lunes donde no me enteré si había o no nieve), y, de frente, el perfil de Pereira que nace de la Avenida del Río hasta las casas y edificios elevados del centro y parte de la 30 de Agosto. Allí, en esa curva, veo que mi ciudad es un polvero con casas que eran y ya no son:
—Si el cimbronazo fue en el Chocó, y Pereira está así, la casa de mi niño en Cartago está destruida —dije dentro del casco.
En ese momento, pasadas las ocho de la mañana del 10 de agosto, no tenía idea que en Pereira habría un centenar de muertos, más de un centenar de desaparecidos, más de 20 mil edificaciones afectadas…tampoco me hubiera importado saberlo porque a esas alturas, por la entrada de Combia, ¿para qué me servía una ciudad de pie si mi hijo no estaría aquí para recorrerla ni para escucharme a mí contar cómo fue que entre todos la sostuvimos y la levantamos?
¿Que si Pereira desaparecía? Bien ida era, y que me llevara con ella, que me matara dos veces por si de pronto era cierto eso de la vida eterna para escaparme de los ríos de leche y miel y así no cargar con el remordimiento de haber enterrado a mi hijo.
Un olor amarillo entró por mis narinas, dulzón: las piñas de Cerritos me distanciaban 15 minutos del reencuentro con mi niño:
—Si encuentro a mi hijo muerto, ¿sigo siendo padre?
Unos vidrios giraban sobre el asfalto y una cola de tres carros y una moto en el carril izquierdo hablaban de un accidente reciente, todavía tibio, del que no logré escuchar el estruendo, ¿si estaba tan cerca por qué no lo escuché? Porque a mi vida entró una certeza entre los vidrios que giraban, las piñas que perfumaban y mi imaginario agotado de realidades trágicas: empaticé con papá y mamá luego de 27 años.
Cuando tenía tres años (la misma edad que tiene mi hijo ahora) me vi obligado a vivir con mi abuela en otro país, alejado de mis padres, por razones que no vienen al caso. Quizá fue la consecución de samanes y su sombra fresca la que me hizo pensar en mi abuela, no lo sé.
Mis papás perdieron tres años consecutivos la comunicación conmigo, ¡tres años!
En ese instante, en Cerritos, me separaban 15 minutos de mi niño, y aunque la angustia aumentaba con los segundos, cada metro me acercaba más a la realidad, liviana o trágica, pero al fin de cuentas verdad.
¿Qué significó para mis padres ese distanciamiento por más de mil días? Noches en vela, lágrimas involuntarias, cambiar comidas por incertidumbres, regresar a mí con la angustia de no ser recordados.
Quise abrazarlos, pero en mi paz reconciliada pasé acelerando por el peaje sin mirar siquiera el Valle del Río La Vieja, queriendo ser el único padre del mundo que no pierde el tiempo en cosas que no desencadenen consecuencias positivas hacia su hijo, ¿era muy tarde?
Ingresé a su barrio y una niña jugaba en un balcón, algunas personas se aglomeraban en la cancha del barrio y una persona hablaba con voz entrecortada a través de un megáfono rojo de pilas gastadas.
Me lancé de la moto, ¿o frené con tranquilidad actuada?, no lo recuerdo. No quise mirar la estructura. Enfrentarme ante los escombros del lugar donde se ha criado mi niño me nublaría la razón y me privaría de actuar con la cautela que exigía el momento. Como la paciencia es un don que valoro pero no poseo, quise levantar la mirada, pero antes de ver con mis ojos qué era lo que había pasado, una voz (y esto lo escribo no sin antes golpearme el pecho como cuando escucho una canción que me conmueve) de jugarreta tumbó la tensión acumulada del viaje más largo de mi vida:
—Papá, ¡terremoto! Vamos a jugar.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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