
El 10 de agosto llegaba a uno de los pueblos más fascinantes que había visto: Porto Maurizio, en la Liguria italiana. Todo era diferente: un pueblo construido alrededor de un cerro, calles estrechas, fachadas naranjas y terracotas y, al fondo, el mar.
Hacía mucho calor. Habíamos llegado hasta uno de los puntos más altos y recuerdo el cielo azul del verano, completamente azul, enmarcado por la arquitectura del pueblo.
Miré a mis padres y les dije que éramos muy afortunados.
Era un viaje familiar que habíamos planeado durante casi un año. Habíamos viajado a Suiza para visitar a mi hermano Pablo Andrés, a Annina y a sus hijos, y desde allí habíamos bajado al mar de Liguria.
Era muy bonito lo que estaba mirando.

Hasta que empezaron a llegar las notificaciones a mi WhatsApp.
Yo era el único que tenía eSIM internacional. Una palabra comenzó a repetirse entre los mensajes:
TERREMOTO.
Mis padres vieron mi cara de susto. Nos sentamos debajo del único árbol que había allí.
Se me olvidó el pueblo. Se me olvidó el cielo. Se me olvidó la arquitectura.
Solo podía leer.
Pensé en mi hermano Juan Martín y en Camila. Ellos estaban en Manizales.
Le escribí.
No contestaba.
Quizá fueron dos segundos. Para mí fueron eternos.
Cuando finalmente hablamos, recuerdo una frase que todavía me llega al corazón. Juan Martín y Camila se abrazaron:
“Si vamos a morir, moriremos juntos”.
Desde ese momento empecé a entender el privilegio de otra manera.
Hoy Juan Martín es el director del Área Metropolitana Centro Sur de Caldas. Desde el terremoto se levanta para asistir a las PMU, recorre los municipios del área metropolitana y lidera el trabajo en tres comunas de Manizales. Por las noches llega a la habitación de un familiar, porque él está desalojado de su casa.
Mientras yo estaba a miles de kilómetros, empecé a mirar mi ciudad de otra manera.
Durante el resto del viaje logramos movilizar decenas de arquitectos voluntarios y, desde la Sociedad Colombiana de Arquitectos, acompañamos a siete municipios y a Manizales.
Pero lo más importante que descubrí no estaba en las cifras.
Estaba en las personas.
Lo vi en el Intergremial, en Procaldas, en Somos Elegio, en los jóvenes del Cable que hoy participan como voluntarios en las demoliciones. Lo vi en arquitectos, ingenieros, empresarios, estudiantes y ciudadanos que simplemente decidieron ayudar.
Y lo vi también en el alcalde, cuyo liderazgo durante esta crisis, desde mi perspectiva personal, ha sido extraordinario.
Durante años hemos hablado de la falta de relevo generacional.
La crisis nos demostró que sí existe.
Está aquí.
En pequeños y grandes liderazgos. En quienes recorren una comuna, levantan información, acompañan una familia, ayudan a demoler una vivienda o simplemente aparecen cuando alguien los necesita.
Sus jóvenes brillaron.
Por eso, cuando recuerdo aquel 10 de agosto en Porto Maurizio, ya no pienso solamente en el cielo azul, las fachadas naranjas o el mar de Liguria.
Pienso en Manizales.
Y entre todos los lugares que he tenido el privilegio de conocer, ninguno me ha hecho sentir tan afortunado como este.
Porque el verdadero privilegio no era estar en Italia.
El verdadero privilegio era ser manizaleño y descubrir, en medio de una tragedia, que el futuro de nuestra ciudad ya estaba aquí.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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