
Hay un bullerengue sentao que dice: “Tengo un sentimiento grande, que no lo puedo acabar”.
Puede ser esa la frase para darle lugar a todo lo que conlleva un terremoto como el que sacudió al Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y Caldas el 10 de agosto de 2026. “el sentimiento” puede ser un lamento, un quejido como el de las estructuras destruidas que crujen cada tanto y que parecieran llorar los muertos que tienen debajo; pero “sentimiento” también es ese regocijo de ver a muchas personas voluntarias dando lo que tienen: su cuerpo y su presencia, para rescatar otras vidas.
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Vivo en Manizales, soy pereirana, y desbocada como muchos que quieren ayudar tras un desastre de esta magnitud, me embarqué en un viaje, movida por este sentimiento grande que aún parece no agotarse.
Había una convocatoria para que sonidistas y realizadores audiovisuales, de la mano de distintas instituciones, se unieran en las labores de rescate de seres vivos atrapados bajo los escombros; el antecedente era el terremoto de México en 2017; así que el protocolo ya estaba probado.
El viaje Manizales-Pereira que semanas anteriores era un simple trámite, se convertía, ahora, en uno de los más inciertos; era como ir a encontrarse con una amiga a la que le ha pasado una vida en un minuto, que clama por ayuda; pero no sabes si asistes a su funeral, a su agonía o a su recuperación.

Al llegar a Pereira, un grupo de voluntarios rescatistas y sociedad civil, que veían en el sonido la posibilidad más contundente para encontrar personas, nos acogieron y empezamos durante toda la noche a desplazarnos por las mismas calles donde en la adolescencia había salido a hacer derivas con las amigas del colegio. Hoy eran otra cosa y la Pereira a la que quería ayudar, era solo un recuerdo tapado por el polvo, los ladrillos amontonados y las cintas amarillas que prohibían todos los pasos.
Primera casa
Preguntaron si habían sonidistas cerca, alguien me señaló y el resto fue una serie de cuadros en los que parecía actuar en automático: personas poniéndome guantes, buscando un casco especifico y probando luces sobre él, mientras planeaban estrategias para entrar entre los escombros, y decían:
—Cuando estés lista entramos.
Asentía mientras me preguntaba cómo diablos se escucha la supervivencia; otro sonidista que continuaría apareciendo como por arte de magia en los momentos más complejos, se acercó con calma y dijo: “Recuerda que el micrófono va contra las estructuras para poder detectar cualquier vibración que pueda hacer un sobreviviente”.

Me aferré a sus palabras, porque el protocolo estudiado no se parecía en nada a la práctica que se develaba entre los cuatro rescatistas que coordinaban la operación y con los que, paso a paso fui avanzando al interior de la casa, sin tocar más que la mano del topo que me cuidaba, por riesgo de colapso.
Tal vez estuvimos 1 minuto dentro, 10 horas o 1 segundo, es imposible tratar de fijar un tiempo cuando la vida ocurre con otra medida. De allí salí con la boca seca, desorientada, temblorosa, pero con la profunda convicción de que solo estando entre los escombros ese sentimiento grande tendría forma.
Aún no sé si mi amiga querida se recuperará pronto, lo dudo, dadas las estrategias de activación tan acelarada que proponen, que no dan tiempo ni para llorar a los muertos propios o ajenos, a los animales, a las calles y los personajes que las habitaban; esto puede ser una óptima medida económica, no lo sé, pero va dejando un halo de dolor sin forma.
Todavía nos tiemblan los sueños, y ya hay edificios completos demolidos; no sé si mi amiga se recuperará pronto, pero sé que va a sobrevivir gracias a todas las personas voluntarias que continúan poniendo todo su esfuerzo por ayudar a las personas y animales que siguen en las calles.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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