
Todo ese día tembló. Un lunes como tantos, de esos que cansan por ser apenas el inicio de la rutina — pero este traía una canción distinta. Algo se movió, pensé. Y en menos de un minuto todo estaba vuelto mierda.
¿A quién tratamos de convencer cuando decimos: “no te hagas problema, mañana me encargo de eso, mañana llamo, otro día nos vemos y lo resolvemos?» Hace tres años que me vine de Argentina para vivir en Manizales, Colombia. Hace tres años que me pregunto qué tan misteriosa es la vida para llevarme por ocho mil kilómetros y un día cualquiera sacudirme todas las ideas y las malas decisiones y tal vez las buenas también, para mostrarme que no tenemos más relevancia en el presente que una pequeña contemplación del minuto. Somos tan innecesarios en este mundo que la misma naturaleza nos lo hace saber gritando. Ese día sentí su voz, se estaba quejando y muy fuerte. Gritó de una manera maternal, quizás diciendo: “lo siento, pero de alguna forma debes entender”.
Hace cuestión de años que sufro una depresión profunda, trastorno depresivo mayor. Ante el diagnóstico mi reacción fue llorar, aunque a la legua se me notaba que la cosa no estaba bien, que algo tenía. Cuento esto porque hace unos meses que estoy en tratamiento y, si bien estoy estable, sé que esa estabilidad no es una línea recta. Como escribió Cortázar: “no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está”. ¿Me explico? Ese día podríamos habernos levantado con todas las certezas sobre qué rumbo debería tomar nuestra vida, habernos despertado luego de un sueño reparador que hace meses veníamos buscando, podríamos habernos tomado el café con la persona a la que rescataríamos del abismo, podríamos haber recordado, unos segundos antes, a nuestros padres, hijos, hermanos, perros, gatos o lo que sea, tras evocarlos en un recuerdo de esos que a uno le estiran la cara porque la sonrisa viene acompañada de una cálida sensación. Podríamos haber… tantas cosas y sin embargo… Para la persona que lucha con un trastorno mental, cada día es un desafío, nada está garantizado, y los mismos psicólogos, tanto particulares como los que regulan los grupos terapéuticos, nos dicen: un día a la vez. ¿Qué sentido tiene esa frase? Pensémosla un instante.
Un día a la vez suena como: calma, esto va a pasar, no te deprimas, no sufras, un pasito hoy, nada más, eso te pido, soltá eso por hoy…
Pero ese consuelo clínico, si se quiere, es muy diferente vivirlo cuando en las paredes de tu apartamento se están abriendo grietas, mientras los vidrios se mueven como si no hubiese mañana, y todos tus libros se caen uno por uno como si fuesen polvo en el aire.
Nadie nos pidió permiso ese día para sacudirnos hasta el alma. No hubo margen para un día a la vez. El impulso fue inmediato: o corrés ahora o no habrá otra oportunidad.
Pero la frase lleva consigo una esperanza: si luego de esta tragedia, de un lunes tan atípico, pudimos ver un futuro, eso ya es una respuesta. Y abre otro interrogante: ¿qué harías distinto mañana, sabiendo que es lo único que tenés garantizado?
A los depresivos severos, como lo soy yo, nos cuesta proyectar, ver un mañana, por eso estoy en terapia, por eso tomo pastillas, por eso asisto a grupos terapéuticos, por eso busco cambiar mi horizonte, mi perspectiva. Y no soy el único, somos muchos. Somos tantos que la sociedad nos mira y ve locura, pereza, falta de voluntad… pero créanme que no conozco a nadie que le ponga más fuerza a la vida que un depresivo.
Ese día estuve dispuesto a dar mi vida por cualquier persona, y no porque sea un suicida, sino porque en cada persona que gritaba, lloraba o pedía auxilio veía a mi familia. Mantuve la calma, frío, como si ya no estuviera del todo ahí, por horas, hasta que me derrumbé. Pero ya estaba a salvo, aunque ese es otro consuelo, ¿verdad? ¿A salvo de qué?
¿Qué nos detiene para darle una vuelta de rosca a este mundo, para dejar de ser tan inhumanos, tan despreciables, tan egoístas y tan consumistas? ¿Qué nos detiene para dedicarnos a tener una vida en paz, sin pisarle la cabeza al otro? De muy chicos somos soñadores, de muy chicos todo lo vemos posible y no necesitamos un sacudón para abrir los ojos; hasta con ellos cerrados podemos imaginar millones de posibilidades, para ser lo que deseamos. De grandes, hizo falta uno de verdad. Saliendo de mi edificio, tuve que rogar que alguien me ayudara a sacar a una señora, mientras otros preferían filmar. Ahí entendí cuándo el deseo pasó a ser una vidriera: cuando mirar a través de una pantalla se volvió más fácil que estirar la mano. Tal vez de eso también haya que salvarse.
A salvo de qué, entonces. A salvo de nada, ni de la muerte, ni siquiera de vivir. Sí, a salvo para poder elegir, para volver a intentarlo, aunque el mañana sea una promesa que la madre tierra pueda romper. Ahí reside, quizás, el verdadero sentido de un día a la vez: no es un consuelo para minimizar el miedo, es la única manera de seguir caminando cuando ya sabemos que nada está garantizado. Un día a la vez, simplemente un día a la vez, aunque todo tiemble.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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