¿Acaso no es esto un final?

Yo no creo en Dios —por lo menos no en el de la tradición cristiana—, pero me sorprendo murmurando lánguidamente: por favor, Dios, por favor, Dios, por favor, Dios, hasta convertirlo en un mantra tranquilizador.
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¿Acaso no es esto un final?

Entonces una se levanta pensando en continuar con esa rutina sistemática y mecanizada, alineada justo a las exigencias del momento fugaz que nos ha tocado vivir.

Entonces algo se sale del orden imaginario —y nunca real— con el que se pretende tomar por las “riendas” la existencia. Parece casi normal: un ruido extraño, que seguramente proviene de la lavadora vieja; un pequeño mareo, que debe ser por estar en condición de más de treinta años de edad. Hasta que estar, aparentemente, al borde del desmayo me pone en situación de alerta. Entonces el suelo comienza a moverse y todo alrededor empieza a enrarecerse. Busco la mirada del hombre con quien vivo y le pregunto: ¿está temblando? Responde afirmativo desde su mat de yoga, y las cosas, que se encontraban vibrando sigilosamente, arremeten con más fuerza, como si hubiesen estado esperando la confirmación para desatarse.

Entonces me acerco al piso, que parece ser un lugar seguro cuando todos los lugares seguros dejan de serlo: ni las paredes que se agrietan, ni el techo que podría caerse encima, ni el cuerpo que se bambolea de pie por el movimiento inusual de la tierra. Los platos empiezan a temblar, amenazando con romperse de bruces contra el suelo de granito; las copas de cristal empiezan a caerse, una seguida de la otra, formando una orquesta de cientos de pequeñas partículas de cristales rotos; y las cerámicas, que han sido regalos de amigos o recuerdos de días más felices, se estampillan contra la baldosa que sostiene, de una forma cruel, mi cuerpo acurrucado.

Yo no creo en Dios —por lo menos no en el de la tradición cristiana—, pero me sorprendo murmurando lánguidamente: por favor, Dios, por favor, Dios, por favor, Dios, hasta convertirlo en un mantra tranquilizador.

Entonces la casa se mueve ahora de una manera diabólica y las cosas parecen ser las interpretes de la furia de la tierra. Como un acto instintivo, abrazo a mi perra Chocolate y levanto mi cuerpo, que se ha unido al temblor colectivo (por favor, Dios). Estoy en un segundo piso, camino hacia las escaleras, bajo como puedo los doce escalones de madera que hay antes de la puerta. Le digo a mi pareja, que se encontraba casi imperturbable, que salga también. En un parpadeo me veo poniendo los pies en el empedrado, antes tan concreto y rígido, y transformado, para la ocasión, en algo maleable, endeble, flojo (por favor, Dios). Sentada en el suelo, que ha dejado de ser un lugar seguro, veo las piedras sacudirse y los árboles bailar. Todo continúa moviéndose: la casa, el césped, el mundo (por favor, Dios).  Esperando lo peor, que la tierra se abra y nos trague para siempre, pienso en las personas que quiero, y solo puedo repetir lo mismo: por favor, Dios, con la voz casi devorada y consumida por el miedo.  

Entonces lo improbable sucede: la tierra se calma con la misma improbabilidad con la que comenzó a batirse frenéticamente. Las cosas, afuera y adentro, vuelven a cobrar su pasividad, pero mi cuerpo no, ahora la que tiembla como un perro pinscher soy yo. Chocolate, con más entereza que yo, me lame, como diciéndome “tranquila, vieja, ya pasó”.

Después, las noticias informan de un terremoto, y que la ciudad en la que vivo fue una de las afectadas. Por la pantalla del celular hay edificios que se caen completos, gente suplicando, también a un Dios, que pare, que tenga misericordia. A mi mente llegan las líneas de Roberto Juarroz: “no tenemos un lenguaje para los finales”.

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    Profesional en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Editora y correctora de estilo de revistas académicas. Escritora (cuando me atrevo). Aprendiz persistente.

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