
Para la mayoría de los habitantes de Manizales, el terremoto del lunes 10 de agosto comenzó con una mirada de horror hacia las paredes que se agrietaban y las lámparas que oscilaban frenéticamente. En mi caso, la realidad no entró por los ojos. En la penumbra absoluta de la sordoceguera, el desastre no se ve: se siente con la piel, se descifra con la planta de los pies y se reconstruye a través del estruendo que hace vibrar el cuerpo entero.
A las 7:34 de la mañana descansaba en mi cama cuando el primer pulso del suelo interrumpió el sopor matutino. No hizo falta un grito ni una alarma previa. Fue el tacto —esa superficie viva de mi colchón sacudiéndose con violencia— el que me advirtió que la tierra acababa de romper su pacto de firmeza.

El crujido del espacio y la cartografía de la urgencia
Sin el recurso de la vista para orientarme, tuve que poner en marcha una cartografía mental pulida por los años. Desde mi habitación, ubicada al fondo de un corredor en forma de «L», bajé de la cama de un salto. Sin tiempo para ponerme zapatos, mis pies descalzos, cubiertos apenas por las medias, se convirtieron en sensores inmediatos sobre el piso helado. Corrí el riesgo de pisar cristales rotos, pero el instinto de supervivencia dictaba avanzar.
Recorrí el pasillo, alcancé la puerta principal, tomé mi bastón guía y enfrenté, junto a mi madre y mi padre, la prueba del descenso: cuatro pisos por las escaleras. En ese trayecto, mi bastón y el pasamanos fueron las anclas físicas que me impidieron caer. Mi madre, convertida en mi lazo principal con el mundo, me ofreció el hombro y el brazo para marcar un ritmo acelerado que, por la rapidez del desplazamiento, suele dificultárseme. Detrás, mi padre resguardaba mis pasos.
En las escaleras, el aire se transformó en un escenario opresivo. El sonido encerrado de las paredes crujiendo se mezclaba con el chasquido del cristal al romperse, el golpe de objetos cayendo y una marejada de gritos de desesperación. Se sentía como en una película de terror. Internamente, la respuesta fisiológica fue devastadora: el corazón disparado en una taquicardia violenta, el pecho oprimido y una descarga pura de adrenalina, la respuesta del cuerpo cuando lucha de frente contra la amenaza de la muerte.

Del encierro absoluto al horizonte abierto
Al cruzar el portón del edificio y salir hacia el parqueadero y el hall abierto, la acústica del desastre mutó. La sensación de encierro cedió ante un paisaje sonoro más amplio. El estruendo de los muros dio paso al ulular distante de las alarmas de los vehículos y, minutos más tarde, al coro intermitente de las sirenas de emergencia que cruzaban la ciudad.
Cuando la tierra finalmente se aquietó y fue posible regresar al apartamento, el espacio familiar había perdido su orden. En mi habitación, la biblioteca completa había colapsado, dispersando todos mis libros por el suelo. Reconstruir la calma no fue solo una tarea mental; significó inclinarme y acomodar, uno a uno y al tacto, los volúmenes en sus estantes, devolviéndole a mi entorno su forma cotidiana.
La inclusión no es un papel: accesibilidad en tiempos de crisis

Mi vivencia expone las profundas grietas que aún existen en la prevención de riesgos urbanos. Cuando la infraestructura colapsa, las personas con discapacidad enfrentamos un entorno que rara vez ha sido diseñado pensando en nuestras necesidades.
Para que los protocolos sean realmente accesibles, la información debe ser clara, sencilla y adaptada a los diferentes sistemas de comunicación. Pero, sobre todo, hay que capacitar a brigadistas y funcionarios. Muchos no saben cómo comunicarse con alguien sordociego, ni qué hacer con una persona en silla de ruedas atrapada en un piso elevado cuando los ascensores no funcionan.
Para quienes habitamos el mundo desde la ceguera o la sordoceguera, el camino ante la crisis exige una serenidad paciente: mantener la calma y respirar profundamente. Perder el control en medio del pánico conduce a errores fatales; conservar la templanza y confiar en las manos de los cuidadores, familiares y personas cercanas es, en muchos casos, la frontera entre la vida y la muerte.
Las réplicas invisibles del miedo
El terremoto pasó, pero su réplica continúa en la memoria del cuerpo. Días después del sismo, volver a confiar en las paredes del hogar sigue siendo un proceso difícil.
En el silencio de la madrugada, en ocasiones despierto sobresaltado, con el pecho agitado y la taquicardia a tope, convencido de que la cama ha vuelto a moverse. Me levanto, busco la puerta y solo entonces, tras un instante de pausa, comprendo que la tierra está firme: es solo mi cerebro intentando procesar el trauma.
Mi testimonio no es solo la crónica de un sobreviviente en el barrio Campohermoso de Manizales; es una invitación urgente a leer la ciudad con los otros sentidos, a reconocer que la inclusión no es un trámite en el papel, sino la capacidad colectiva de salvar vidas cuando el suelo bajo nuestros pies decide ceder.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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