Cambia, todo cambia

En los grupos de voluntarios para la recolección de escombros, puros pelaos. Esos que salen a protestar por el derecho a la la educación pública, esos que alientan de forma fanática a algún equipo de fútbol.
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Cambia, todo cambia

Un día te levantas, pensando en que es una suma más del calendario, con sus ruidos, con sus cosas, sus afanes y certezas y de repente algo rompe con todo. Si te encuentras en casa, te aferras fuerte a los que más amas y buscas el lugar que pueda mantener impenetrable ese refugio, esa burbuja que encierra lo que te define… Tus padres, tus hijos, tu pareja, tu mascota. 

El tiempo y la vida se detienen con cada latido, mientras rezas porque pare la agonía y se mantengan las certezas. 

Si estás fuera, la angustia se multiplica y acelera tu urgencia de salir ileso del suceso para transpotarte mágicamente a comprobar el lazo. Las posesiones se vuelven efímeras, los problemas y planes se diluyen y pasan frente a tus ojos las miradas, las risas, los besos y los abrazos que necesitas volver a saber tuyos. 

La magnitud de lo que pasa no tiene escala de medición, cuando sientes la volatilidad y efervescencia de la vida. Haces conciencia de que ésta, ha de cambiar para siempre en las formas en como la conoces y cuando tienes el inmenso privilegio de aterrizar nuevamente en la realidad, mientras aún tiemblan las piernas y reaccionas lo más razonablemente posible para el momento, evacuas, llamas, vuelves, gritas, lloras y construyes en el imaginario, la devastación circundante de las posibilidades. 

Nadie, por más preparado que esté para ciertas circunstancias, controla por completo los sucesos, cuando estos lo influyen de forma tan directa. La emoción, la información a medias o la falta absoluta de esta, la crisis colectiva y la personalización de la experiencia, derrumban los conocimientos previos, revistiéndonos de una humanidad vulnerable y primitiva, donde el miedo toma el timón y las decisiones. 

Vuelve el alma un poco más al cuerpo, con cada razón que acumulamos, cuando la señal lo permite o el transporte nos acerca y se nos pasan las primeras horas en labor investigativa, que aumenta o disminuye el cortizol, dependiendo de las respuestas obtenidas. 

Cambia, todo cambia
Coliseo Menor de Manizales. Crédito: Yon Alex Salazar.

Ese día la suerte me sonrió, porque toda mi familia salió ilesa, porque aparte del susto, unos libros y cosas caídas o unas paredes no principales tarjadas, todos los míos estaban bien. Pasó por mi cabeza y la conciencia de mi fortuna, que miles de personas no contarían esta historia. A medida que volvían las señales y los servicios, más clara se volvía la triste realidad de que ya nada sería lo mismo, que lo que cubría mi cotidianidad y la de una gran parte del país cambiaba sin pedir permiso y para siempre. Que, aunque nadie nos preguntó si estábamos listos, nos tocó ser valientes, resilientes y solidarios en un momento donde la sospecha y la rivalidad nos estaba carcomiendo como sociedad. 

Nos pasamos medio día con la vida en una maleta y con el cuerpo entero intentando calmar a nuestro perrito. Rocky, ya de por si es bien nervioso y todo esto era nuevo e intolerablemente incómodo para él. 

Cuando pudimos volver a nuestro apartamento en el piso 12, intentamos entenderlo todo «jugando» a continuar. Me bañé, pusimos a lavar la ropa, como habíamos planeado hacer para ese día, pero el silencio dominó todo lo que hicimos y la parálisis enlenteció los planes que pudimos hacer para el siguiente día. Juiciosos instalamos las maletas de primeros auxilios y el sitio que ya tenemos definido como refugio ante una posible réplica. Hay muchos en el edificio que tienen miedo de volver, hay muchos que, a partir de lo que pasó, pasarán días sin descansar la noche entera y hay otros que no volverán a su casa, a su cama, a su vida. 

Amanece y la necesidad de ponerse en marcha, activa el cuerpo y todas las opciones de ayuda. Donar sangre, recoger escombros, organizar donaciones y en todas partes, grandes personas, personas comunes con el corazón en la mano, sin tener un plan específico, pero con la mejor de las intenciones. 

En la fila de 7 horas para donar sangre, habían principalmente adultos que tomaron el día que les dieron en su trabajo para asimilar las cosas, para ayudar de la manera más decidida y de una forma no muy agradable. Una aguja del tamaño de un palillo de dientes y un torniquete que debe permanecer apretado durante todo el procedimiento en uno o ambos brazos, dependiendo si te cogen bien o si se te coagula la vena. Y sin embargo, con incomodidad, miedo o malestar se logró abastecer el banco de sangre, al punto de pedirle a la gente que esperaran un mes para no perder el insumo. 

En los grupos de voluntarios para la recolección de escombros, puros pelaos. Esos que salen a protestar por el derecho a la la educación pública, esos que alientan de forma fanática a algún equipo de fútbol, no sólo los de la banda del honor (Holocausto Norte del Once Caldas), esos que tantos acusan despectivamente de pertenecer a la «primera línea» y que habían mirado desde hace tiempo con el desprecio típico del racismo estructural en el que caímos como sociedad. Pelaos que vienen de departamentos tan lejanos como Caquetá y Huila, porque estudian en nuestra ciudad universitaria, comparten conmigo las ganas de ayudar y los sánduches que nos brindan personas que circulan por la ciudad, queriendo apoyar el esfuerzo de los voluntarios. 

Cambia, todo cambia

Varias veces nos negaron la oportunidad de estar en los centros de acopio, porque ya no cabían los voluntarios y justo por eso, terminamos viendo de cerca las heridas abiertas regadas por toda la ciudad, mientras hacíamos un barrido solidario que, tarde que temprano, encontraba donde surtir efecto. 

Hoy 8 días después, me levanté para alistarme y hacer algo diferente a mi rutina de la semana (organizar y hacerle aseo a nuestro apartamento) y antes de entrar a la ducha, miro el reloj y son las 7:34 am. Se me llenan los ojos de lágrimas. Me siento muy cansada de lo que he hecho durante todos estos días, pero siento que no puedo simplemente pasar la página y continuar. También me pregunto, ¿cómo se puede hacer para que esto simplemente no deje de ser noticia? ¿Cómo podríamos hacer realmente que el pueblo salve al pueblo, cuando lo que queda por hacer cuesta tanto y las personas que deben hacerlo, lo perdieron todo? Además, el proceso tomará un tiempo que el entusiasmo y la empatía pondrá definitivamente a prueba. 

Me atropella el hecho de entender que la vida no espera a nadie y que la supervivencia es tan cotidiana como el ritmo circadiano, simplemente continúa y la resiliencia, definitivamente no es una cualidad que puede desarrollarse en las personas, sino que hace parte indispensable de la supervivencia de las personas de este país. La mayoría de los colombianos han tenido que aprender a levantarse, así no hayan fuerzas, así no haya apoyo, así no tengan o crean en los motivos. Por eso en el mundo nos reconocen una cualidad de «hormiga para trabajar», porque ocuparse se ha convertido en la mejor coraza, en la mejor forma de procesar la frustración y apagar la conciencia. 

La gente sigue por sus hijos, por su familia y la responsabilidad que tiene con ella, porque «patrás ni pa’ coger impulso». La gente sigue, porque si se quedan, se los lleva la tristeza y a eso le tenemos un miedo aterrador. Los hombres, son un claro ejemplo de ello. El hombre colombiano no se permite la tristeza. Ella significa vulnerabilidad, debilidad y hasta cobardía. Y en la mujer colombiana, parece ser un rasgo característico de su feminidad. La tristeza nos forma el carácter, la vivimos e incorporamos y nos pasamos toda la vida procurando evitársela a los nuestros, pero enseñando a sobreponerse a ella. 

Hoy, todos nos sentimos tristes, pero hacemos lo que sea porque esto no sea un estado definitivo. Unos nos movemos para solucionarlo y otros sencillamente miran hacia otro lado, porque evitar es una forma segura y fácil de no rozar a esa tristeza. 

No es que se deba rasgar las vestiduras por el sufrimiento ajeno, ni tampoco dejar de vivir por la culpa de no sufrir lo que algunos sufren, de hecho, en medio de estas escenas que he narrado, han habido momentos donde el humor improvisado nos devuelve humanidad, pero si llama mucho la atención y hasta molestan ciertas actitudes de indolencia, desprecio o minimización de las situaciones. 

Habla de la deshumanización del otro, habla del tamaño diminuto del mundo en el que se habita, habla de una individualización del mundo moderno, donde el pobre es pobre porque quiere, donde lo que importa es a donde puedes llegar pero no los medios que utilizas, donde no importan los efectos de las decisiones si en el momento se consigue una gratificación inmediata.

Una situación como la que estamos viviendo, saca lo mejor y lo peor de cada uno y la única forma de saber el impacto será con el paso del tiempo. Nos puede volver una sociedad más solidaria, más consciente, más responsable y más colectiva o, como nos pasó con el COVID, salir como si nada, olvidando todo y dejando el problema en manos de quien lo sufre para no incomodar la feliz rutina. 

Desgraciadamente, reaprender, resignificar, reevaluar las prioridades y principios, requieren de convicciones fuertes y la determinación personal de un crecimiento continuo, cosa que no es tan cómoda como el seguir siendo el mismo, sin pensar en nadie y en la comodidad de la rutina. 

Por ahora, aplaudo la solidaridad, el amor demostrado y recibido, esperando que esto nos inspire a construir una mejor sociedad, con personas dignas de ese reto.


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    Manizales. Ha dedicado su vida profesional al trabajo con población vulnerable y con la salud mental y el bienestar de las empresas. Con gran vocación de servicio y solidaridad con los grupos sociales con los que interactúa.

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