La vieja lucha entre el bien y el mal ha sido uno de los temas más recurrentes en las filosofías y religiones del mundo desde la antigüedad. Diversas sociedades han encontrado maneras distintas de aproximarse a este dilema moral, formas de comprender y explicar la relación entre esas dos realidades opuestas pero inseparables, como las dos fuerzas que jalonan la existencia de la humanidad. Desde el maniqueísmo persa, que las entiende como dos realidades absolutamente opuestas y en permanente conflicto; hasta las filosofías budistas y el taoísmo, que las interpretan como dos energías vitales que tienden al equilibrio; casi todos los sistemas de pensamiento clásicos y modernos han intentado dar respuestas sobre el orden de los designios que movilizan el universo. Las religiones judeocristianas, por supuesto, no han sido la excepción; su doctrina de la concupiscencia enseña que los seres humanos estamos naturalmente inclinados hacia el mal, por lo que es necesario reprimir, corregir y extirpar las tentaciones y el pecado, fundamentalmente mediante la privación de los placeres terrenales y la mortificación del cuerpo.
Cuando era niño, tuve contacto con una secta ultracatólica liderada por un cura exorcista con delirios megalómanos que veía el mal en todas las cosas temporales: era malo que las mujeres usaran pantalón, que los muchachos usaran piercings, se hicieran tatuajes o se dejaran crecer el pelo; era malo beber y fumar; era malo fornicar; era malo bailar, ir de fiesta o salir de vacaciones; era malo escuchar música mundana; era pecado no ir a misa, no confesarse, no rezar el rosario todos los días. La imagen preponderante de los ‘retiros espirituales’ que promovían era la del arcángel San Miguel, “príncipe de las milicias celestiales”, un ícono del cristianismo representado por un guerrero andrógino armado de una gran espada y con cuyas sandalias aplasta la cabeza del dragón, Satanás, la encarnación del mal y la perversidad en el ámbito del catolicismo. Se hizo famoso en los tiempos medievales por ser el patrón de los cruzados, esos mercenarios que se lanzaron a la reconquista de la Tierra Santa en poder de los infieles. En esos retiros, el padre exorcizaba sobre todo a mujeres adúlteras y muchachos homosexuales, además de una que otra hechicera o satanistas. El ritual era tenebroso.
Traigo todo esto a colación porque creo que se conecta directamente con lo que las nuevas derechas —de nuevas no tienen nada— han dado en denominar la guerra cultural. Es como un reencauche de la Guerra Santa, pero posmoderna. Esta guerra se libra en entornos digitales y foros de internet; en las industrias culturales y los medios de masas. El fascismo es una máquina de propaganda. Europa no fue nunca por el Santo Grial, todo lo que les interesaba de la vieja Jerusalén eran el oro y las especias, lo mismo que cuatro siglos después les arrebataron a las Indias. La campaña de Espriella hablaba de una guerra espiritual. El cura fanático de esta secta religiosa lo ponía exactamente en los mismo términos. El término es mucho más peligroso de lo que parece, porque en la disputa simbólica se juega el relato que nos contamos sobre nosotrxs mismos. Al gobierno saliente pueden criticársele muchas cosas, pero al menos nos hizo creer que éramos el país de la belleza y el corazón del mundo, y eso nos dio otro lugar en el contexto global, hizo que el mundo mirara a Colombia de otras maneras.
No se trata sólo de cambios cosméticos. Esta batalla espiritual volverá a montar un aparato discursivo en el que los grandes problemas del país son la delincuencia común, el consumo de sustancias y más recientemente —que no tanto—, el comunismo, los maricas, las travestis, las lesbianas y los vagos. El primer requisito para justificar un genocidio es la anulación simbólica del contrario: la dominación empieza por el lenguaje. Primero degradamos a los inmigrantes, construimos una narrativa de amenaza, peligro de contaminación, contagio racial; luego el ICE los fumiga impunemente en las calles de las grandes ciudades. No es gratis que hayan nombrado una evangélica en el MinEducación, a un fraile rector del SENA y a una traquetilla Ministra de Cultura. Su único mérito para ocupar el cargo es haber promovido una ley para declarar patrimonio (!) al carriel antioqueño —no se necesitan tres dedos de frente—. Porque así entienden la cultura estos godos paisas: mero folclor, un puro adorno y mejor todavía convertida en negocio: todo hay que volverlo rentable.
La señora tiene una maestría en Defensa y Seguridad Nacional de la “Escuela Superior de Guerra”, está visto que las artes son consideradas subversivas, por lo tanto ahora nos montan de Ministra a una contrainsurgente. La consigna es destripar y exterminar. En este país camandulero se promoverán los valores cristianos, la familia tradicional y la hispanidad como las expresiones más elevadas de nuestro espíritu. Anuladas quedan las supersticiones indígenas, la santería negra, los saberes campesinos. La cultura será otra vez para la gente culta que va al Julio Mario Santodomingo los domingos, a oír las arias y las zarzuelas, porque eso sí es civilizado. Mientras venden el país y esculcan las minas, la cultura será un mero entretenimiento, la golosina que el amo ofrezca a sus súbditos para que no hagan mucho alboroto.
Nos han declarado la guerra y no nos queda otro camino que pelearla. La disputa es por los símbolos: por el monumento a la resistencia versus la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali. Quien controla el lenguaje controla la verdad, por eso a la nueva derecha le importan tanto las palabras: instaurar un orden discursivo es el primer paso para someternos, como explicó Todorov en La conquista de América. Por eso es importante organizar una resistencia espiritual, para no ceder ante las pasiones que quieren instalarnos (el miedo, el odio, la rabia y la desconfianza). La oposición también tendremos que hacerla desde la comunidad, desde la imaginación, desde la libertad y desde la alegría. Al monocultivo de la razón, responderemos con la diversidad del pensamiento. Al intento totalitario de uniformarnos, antepondremos la rebeldía de transformarnos. De lo contrario, nos convertiremos en los chivos expiatorios de su gran estafa. La nueva inquisición ya está aquí, ¡y nosotras somos las brujas!