73
Gigante, Huila, 1905
“El sonido de las monedas es un cuento perdido de la selva”: eso le decía Nicolás a su hija Elizabeth, recién nacida. La sentaba sobre sus piernas y empezaba a contar las libras esterlinas que caían una tras otra sobre la balanza, donde pesaba lo ganado en cada expedición.
—El oro es magia, Elicita —le susurraba.
—¿Sabe qué es esto, Fela? —le preguntaba a su esposa Felicinda, que estaba sentada en la mecedora.
—Una moneda.
—No. Esto es un pedazo de selva que aprendió a hablar. Felicinda frunció el ceño, intrigada.
—¿Cómo así?
Nicolás acercó la moneda a su oído, y luego al de ella.
—Escuche bien. ¿Oye ese tintineo? Parece que no dijera nada, pero si uno lo escucha con calma, puede oír un cuento.
Felicinda cerró los ojos. Nicolás dejó caer dos monedas sobre la balanza. Sonaron secas, como si cayeran en tierra dura.
—Ese sonido viene de allá —dijo—. De las noches húmedas del Caquetá, de las hogueras encendidas en medio del barro. De los machetes golpeando raíces. De los hombres que llegaron a buscar oro y se quedaron atrapados en ese lugar.
Elizabeth y Felicinda lo miraban en silencio.
—¿Y qué dicen las monedas? —preguntó Felicinda.
—Dicen que hubo un hombre que se metió al corazón de la selva y creyó que podía volver a su casa con las manos llenas. Que entró con una brújula, un mapa y un saco de tela para guardar el oro que le robaba al río. Que cada vez que se metía al agua, los peces se escondían y los árboles lo miraban en silencio. Y que una noche, cuando el río estaba negro y el cielo sin luna, oyó un ruido. No era un jaguar. No era un grito. Era una voz que le dijo: “el oro no se lleva, se deja”.
Felicinda no parpadeaba.
—¿Y el hombre qué hizo?
—Nada. Se rio. Siguió sacando oro. Pero desde ese día, cada vez que una moneda le sonaba en el bolsillo, no oía el tintineo de las monedas revolcándose en su saco. Oía la voz. Como si la selva no lo soltara nunca más.
—¿Y todavía lo escucha?
—Sí —dijo Nicolás, con una sonrisa leve—. Cada vez que se sienta a contar cuentos.
Ese era un sueño que volvía al recuerdo de Elizabeth por lo menos una vez al mes. Una noche, después de abrir los ojos a la madrugada y tener en la cabeza la voz aguardientosa de su papá, quiso vivir lo que él pudo haber sentido al sacar oro de un terreno prohibido.
Con cuidado se escurrió de la cama sin que Juan se diera cuenta, se puso las babuchas y bajó a la primera planta de la casa. Haciendo el menor ruido posible, destapó el fondo falso en el que Juan guardaba los ahorros de toda su vida. Sacó los billetes y agarró de la biblioteca un libro de plantas medicinales.
Con un cuchillo vació el libro de su follaje de hojas y metió ahí el dinero que había tomado sin permiso. Cerró el libro y lo devolvió a su sitio, esperando que, como le pasó a su papá, una voz le dijera:
“El dinero de su esposo no se lleva, se deja”.
74
María se ha desmayado en la sala y empieza a vomitar sangre. Fidela y Joaquín la levantan y la llevan a la habitación.
Angustiado por su esposa, Joaquín se agarra el rostro, llora y piensa que nada de eso estaría pasando si Mercedes no se hubiera ido de la casa. Que el conjuro contra todo horror habría sido su hija única, que ahora estaba en un lugar lejos de él y de ese mundo que había creado para ella.
Ahora, mientras solloza a los pies de su esposa, rogando para que deje de vomitar sangre, necesita saber por qué su hija huyó de su lado. Abre los ojos y ve a María delgada, pálida. Se da cuenta de que el tiempo ha pasado mientras él llora a su hija y su esposa enferma cada vez más. En un destello de lucidez, Joaquín logra ver todo con claridad.
María se sienta al borde de la cama. Está encorvada. Siente dolor en su abdomen. Él la abraza y percibe con las palmas de sus manos la montura finita de su esqueleto. No le dice nada, pero ve que ella ha ajustado con alfileres el tamaño de su ropa, que ya le empieza a quedar grande por el adelgazamiento que empezó hace meses.
—Mi viejito, no se afane. No es nada grave. En poquito me pongo chusquita otra vez. No me voy a morir antes de tiempo.
Joaquín la mira a los ojos y recuerda la última tarde que jugó con su hermanito Guillermo antes de que muriera por la peritonitis. María lo acaricia y él se va a ese momento:
Joaquín tenía 19 años.
Estaba jugando con Guillermo a sembrar botones. Guillermo hacía huequitos con una cuchara vieja y Joaquín los cubría con tierra húmeda.
—Cuando seamos grandes vamos a tener una tienda de botones —dijo Guillermo—. Pero solo vendemos los bonitos, los que brillan.
—¿Y si nadie compra?
—Igual los guardamos. Yo quiero vivir en una casa con botones en vez de ventanas.
Joaquín se rio.
Guillermo se dobló de pronto, como si le clavaran algo en el vientre.
Cerró los ojos, apretó la cuchara.
—¿Qué pasó?
—Nada. Me dolió un poquito. Ya se me pasa.
Esa noche no cenó. En la madrugada empezó a vomitar. A las seis ya no podía levantarse. El médico dijo “peritonitis”. Guillermo murió al final del segundo día. Tenía los labios partidos y la cara hundida. Joaquín se acercó antes de que cerraran la caja. Le tocó la frente con la punta de los dedos.
Desde entonces, cada vez que Joaquín veía a alguien palidecer de pronto, recordaba ese dolor en espiral que se llevó a su hermano menor. Y ahora, con María sentada al borde de la cama, encorvada, flaquita como un hilo de algodón, le volvió ese miedo que se fundó con la muerte de Guillermito.
75
Enfundada en un vestidito blanco con pepas rojas que terminaba con falda en forma de tutú, Patricia, la hija mayor de Jaime y de Mercedes, acompañaba a su papá al estadio El Campín para ver jugar a Santa Fe. Ir al estadio era un evento monumental para Jaime.
Al llegar a la puerta del estadio, él le compraba a la niña una paleta de mora que terminaba chorreándose sobre el vestido. A ninguno de los dos les importaba. Entraban a la tribuna con el vestido manchado y el partido empezaba.
Se sentaban siempre en oriental general. Patricia se acomodaba sobre los muslos de Jaime. Él la rodeaba con los brazos mientras ella jugaba con la envoltura de la paleta entre las manos. Los jugadores entraban a la cancha y la orquesta del estadio soltaba los primeros acordes.
Jaime gritaba los nombres, le explicaba a su hija quién era el arquero y por qué no había que confiar en los centrales. Patricia no entendía mucho, pero le gustaba cómo vibraba el cuerpo del papá cuando aplaudía. Al minuto 73, Santa Fe cobró un tiro libre. Jaime le dijo al oído:
—Ponga cuidado. Este sí va para adentro.
El zurdo argentino tomó carrera. El disparo fue bajo, rápido, al segundo palo. Gol. El estadio se levantó como una sola ola. Jaime gritó. Se paró con Patricia en brazos. La levantó al aire. Ella estiró los brazos como si volara y él emocionado gritaba: ¡Que viva Santa Fe! ¡Que viva el trapo rojo! ¡Que viva Fidel!
Al salir del estadio, ambos se sentaban en un piqueteadero de enfrente a comer longaniza, papa criolla, rellena y mazorca con cerveza para celebrar que Jaime seguía teniendo razones para creerse el último santafereño de la capital.
76
Destrozado por la muerte de Manuel José, Manuel María ha decidido que —casi obedeciendo de manera literal las dedicatorias finales de las cartas de su hermano— se quedaría con el corazón de Manuel José. Lo introdujo en un relicario de bronce que ayudó a fabricar en Francia pocos días después del fallecimiento.
Durante 15 años Manuel María guardó el corazón de su hermano. Para que el corazón de Manuel José regresara a Bogotá hacía falta todo tipo de relevos burocráticos y permisos de la época. En una república todavía temerosa de sus formas, el traslado del corazón del arzobispo de Bogotá exigía autorización tanto del poder eclesiástico como del civil. Y esos tiempos eran lentos. Además, el país estaba convulso. Durante esos tres lustros hubo guerras civiles y gobiernos que caían. En 1867 hubo incluso un golpe de Estado. Nadie pensaba en corazones encallados al otro lado del mundo.
Y después, cuando por fin fue posible, hubo que preparar todo. No sería un acto privado. Era una ceremonia pública. Se necesitaban obispos, delegaciones, bandas, un cortejo.
Veo a los muertos de mi familia. Esos que hoy revivo en este libro. Creo, por momentos, que no sería insensato guardar en una urna los corazones de nuestros muertos amados.
77
Desempleado y agobiado, Jaime abrió primero una fábrica de ladrillos y luego una de maderas. Ambas quebraron con rapidez y sin mucha gloria. En un acto de desesperación —pero también de fe torcida—recurrió a sus primos Emma y Víctor Cruz, dos hermanos que se dedicaban al espiritismo y que, desde hacía años, juraban tener contacto regular con el más allá.
Emma tenía el cabello pintado de rojo vino y lo recogía en un moño altísimo que sostenía con un lápiz mordido. Tenía los párpados siempre cubiertos de escarcha, vestía túnicas negras con símbolos bordados a mano y decía frases como “el umbral se ha abierto” con una seriedad que asustaba más de lo necesario. Era flaca, de codos puntiagudos y uñas larguísimas, que usaba para golpear con parsimonia la mesa cuando los espíritus se demoraban en llegar.
Víctor era calvo, pero llevaba una peluca negra que le quedaba siempre un poco ladeada. Usaba guantes blancos —según él, para no interferir con los campos energéticos—, y olía a una mezcla de incienso y aceite de alcanfor. Tenía una voz aguda, muy aguda, como de flauta asustada, y la utilizaba para hablar en nombre de los muertos. A veces, sin previo aviso, se desmayaba dramáticamente en medio de las sesiones. Después despertaba y murmuraba cosas como “acaba de pasar por mi cuerpo el espíritu de un boticario del siglo XVIII”.
—Ustedes dos me tienen que decir si es cierta la historia del tesoro —dijo Jaime, en una de esas sesiones, rodeado de veladoras y copas de agua.
Ellos afirmaron que sí. Que era totalmente cierta. Que los muertos lo confirmaban.
La historia la conocía desde niño: un soldado de apellido Navarrete, en la época de la Colonia, fue enviado a enamorar a una india, hija de un cacique, para sacarle el secreto del tesoro escondido de su pueblo. Una cueva repleta de oro. El soldado, astuto y paciente, pensó que había ganado su confianza. La mujer lo llevó a la cueva. Él, como loco, llenó los sacos con lingotes, coronas, cálices, piedras. Pero ella, de pie en la entrada, lo miró en silencio.
—Este tesoro no se saca, español —le dijo, antes de gritar con fuerza. La tierra tembló. La cueva se vino abajo. Nadie volvió a verlos.
Desde entonces, en la familia Navarrete se instaló la costumbre de invocar espíritus. Hacían círculos en comedores, encendían velas, rezaban letanías en voz baja, esperando que el soldado apareciera, que rompiera el pacto, que señalara el camino.
A veces aparecían almas en pena: ancianas confundidas, niños llorones, hombres furiosos con cosas que nadie entendía. Las mesas se movían, los platos temblaban. Pero el soldado, ese no. Ese nunca vino. Jaime había ido a varias de esas sesiones y, aun así, insistía en que algún día el soldado Navarrete haría el papelón de presentarse en la mitad del círculo, entre incienso y agua de ruda, con voz solemne, a dictarles el mapa.
—Téngale fe al linaje —decía Emma, con los ojos entrecerrados—. El oro no aparece cuando uno lo desea. Aparece cuando está listo para ser reclamado.
—O cuando se le da la gana —agregaba Víctor, acomodándose la peluca con disimulo.
Jaime no tenía nada que perder. Solo una historia vieja como el polvo y la esperanza de que, en algún rincón de la cueva perdida en una leyenda familiar, todavía lo esperara su destino.

El relojero de la catedral, del periodista y escritor Pablo Navarrete, es una novela que entrelaza la historia familiar de los antepasados del autor con algunos hechos históricos de Bogotá en el siglo XX, como el Bogotazo.
El libro trae una presentación escrita por Daniel Coronell, en la que se lee lo siguiente: «Además de diestro relojero, Joaquín era músico virtuoso. Tocaba con destreza varios instrumentos, podía interpretar desde Tchaikovsky hasta los bambucos de Garzón y Collazos. Él fue el padre de Mercedes Rodríguez Moreno, Mechitas, la abuela enredadora y cruel, pero también dulce y comprensiva; despectiva y cariñosa; víctima y victimaria. Un personaje de pasmosos contrastes a quien Pablo Navarrete dedica este libro. Dice él que trabaja con la esperanza de que “alguien encuentre, entre el cúmulo de letras, el corazón de quien escribe”. Pienso que lo logró de manera brillante».
El relojero de la catedral
Mediapluma Editorial
Bogotá
Marzo de 2026
288 páginas
ISBN: 978-628-97103-5-9