Hace casi dos semanas ocurrieron las elecciones presidenciales más viciadas en la historia política de Colombia. Inmediatamente se conocieron los resultados —que, naturalmente, y como muchos votantes de Cepeda, en un primer momento me negué a aceptar— decidí tomar distancia de mi familia paterna. Mi bisabuela había muerto dos días antes y, aunque en la familia había serias diferencias políticas, las confrontaciones ideológicas no nos habían separado, quizás porque ninguno pensaba que los de la otra orilla tuvieran posibilidades de ganar. Nunca me imaginé que un personaje como Espriella pudiera ser presidente de mi país, aunque su figura y su discurso hayan encarnado tan astutamente las creencias de millones de colombianos. Creo que a mi papá no le importó —no sé si en el fondo lo creía— que el candidato de extrema derecha hubiera dicho que había que destripar a la izquierda; no sé si piense, como ‘el tigre’, que mi hermana y yo somos terroristas, delincuentes y enemigos de la patria. Su familia, que nos conoce, sabe que no somos guerrilleros y que nunca hemos militado en ningún grupo armado. En cambio entre la parentela sí hubo un alcalde de ingrata recordación y un tío que en los 80 devaneó con el narco; pero eso parece que está bien, o es por lo menos normal.
Peor aún, a mi padre y a mi abuela —a quienes quiero y consideraba buenas personas— poco les importó que la ultraderecha expresara que las personas como yo no tenemos derecho a existir, ni a casarnos y mucho menos a adoptar hijos. Creo que ellos también deben dudar de mi aptitud —por maricón— para ser padre, aunque mi abuelo y mi papá han sido maridos violentos y maltratadores; y aunque mi papá tiene un tío gay que nunca pudo vivir libremente su sexualidad o conformar una familia, que tuvo que cuidar a su madre lisiada durante once años por ser el único solterón y sin descendencia, y al que eso posiblemente le causó heridas emocionales y psicológicas. Quizás ellos piensen, como mucha gente, que los gays debemos ocupar un lugar secundario en la sociedad, permanecer en el closet y sufrir en silencio. Éste será un gobierno terrible para las diversidades sexuales y lxs trabajadorxs de la educación y la cultura, como es mi caso. Eso lo confirma el nombramiento de una cristiana fundamentalista como ministra: el discurso antiderechos se fortalece mientras las libertades retroceden y las vidas de miles de personas son puestas en peligro.
En el gobierno de Petro habían mejorado mis condiciones laborales —al igual que las de millones de trabajadorxs de la clase media—, algo que conseguí con mucho esfuerzo. Creció la financiación de las universidades públicas, un gran avance social para quienes creemos en la educación no como mecanismo de adoctrinamiento, sino como herramienta de progreso y transformación sociocultural. Esto sonará inane, pero gracias a ese trabajo pude juntar la plata para comprarme un carro, lo cual no será muy progresista ni zurdo de mi parte, pero las políticas económicas se materializan en posibilidades que mejoran la calidad de vida de las personas, que amplían sus opciones y su capacidad de decisión. Tal vez lo que a muchos no les gustó es que tuviéramos posibilidades de movilidad social por las vías legales, una de las principales condiciones para terminar con la desigualdad y el conflicto sociopolítico que se prolongará indefinidamente en estos cuatro años. La imposibilidad de ese ascenso es lo que ha alimentado las mafias y el narcotráfico por décadas: algunos muchachos con talento y ambición no han tenido otros caminos que el crimen y la delincuencia para obtener lo que algunos han logrado con el apellido, la corrupción y los negocios turbios.
Parece que a la gente más insensible y embrutecida por las maquinarias de la desinformación le costó tener la empatía para comprender que las reformas sociolaborales iban a despertar la oposición de los grupos económicos porque cuando no lee, ni investiga, ni se documenta; cuando uno no entiende un carajo de historia y economía, termina comprando discursos baratos, repitiendo eslóganes idiotas y defendiendo a las élites que por siglos han desangrado al país. ¡Cuánta memoria y cuánta verdad nos hacen falta para tomar decisiones en pro del bien común! Porque, claro, es más fácil creer en la propaganda y en un marketing político vacío de contenido; es más fácil odiar al prójimo, creer que el que vive y piensa distinto es el enemigo, que la culpa de nuestra infelicidad es del que está en condiciones similares a las mías y no de los que nos explotan y nos oprimen. Y aunque eso no debería hacerme enemigo de mi padre, sí me duele que una persona a la que quiero se ponga del lado más opuesto a lo que soy, a lo que pienso y a lo que quiero. Creo que hay diferencias irreconciliables en la manera como entendemos la vida y la construcción de una sociedad y creo que es importante que esas diferencias se mantengan claras y que mi padre sepa que si algún día soy perseguido, agredido o violentado, él mismo ayudó —con su voto y su estrechez de corazón— a que eso ocurriera.