La ternura del fútbol

Mi padre amó este deporte hasta el último segundo de su vida. Murió un domingo en la mañana, jugando su partido de siempre, en el campeonato de rodillones, esa vez en la cancha del INEM. Tenía 63 años.
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El título parece una contradicción. Y quizá lo sea. Pocas expresiones de la cultura contemporánea contienen tantas paradojas como el fútbol. En él pueden convivir, sin anularse, las formas más brutales del poder y las experiencias más íntimas del afecto.

El fútbol es un deporte rudo, de “contacto”, un territorio históricamente masculino y, muchas veces, de la masculinidad en su versión más tóxica. Sin embargo, cuando pienso en el fútbol, lo primero que aparece no es la violencia, sino la ternura. La ternura de mi padre.

Él fue el mejor hincha del mundo. No porque gritara más fuerte o sufriera más que nadie. Era un hincha sosegado, paciente e incondicional. De la Selección Colombia, por supuesto, pero sobre todo del Once Caldas. Desde muy pequeña me llevaba al Estadio Palogrande. Yo vivía el primer tiempo con la intensidad con la que viven l@s niñ@s. Después, durante el entretiempo, me quedaba dormida sobre sus piernas. Cuando pienso en el fútbol, recuerdo ese cuerpo que me sostenía. Pienso que es muy hermoso recibir de un padre un gusto que, durante toda la vida, seguiría regalándonos emociones compartidas. El fútbol fue una de esas herencias. La otra fue la pasión por los libros. Sospecho que esas dos herencias me enseñaron a mirar el mundo con la misma mezcla de emoción y curiosidad.

Con el tiempo fui descubriendo que el fútbol era mucho más que un deporte. Es un fenómeno cultural extraordinario porque condensa, como pocos, las contradicciones de la condición humana. Todo en él parece sostenerse sobre paradojas.

Empiezo por una paradoja reciente que hemos vivido en Colombia. Muchas personas todavía no logran superar que el candidato de la ultraderecha se apropiara de la camiseta de la Selección Colombia como símbolo de campaña. Resulta llamativo que un proyecto político respaldado principalmente por sectores de élite intentara apropiarse de uno de los pocos símbolos nacionales en los que, durante mucho tiempo, parecía posible encontrarnos e incluso abrazarnos a pesar de las diferencias. Y resulta aún más paradójico porque la Selección encarna, precisamente, aquello que es difícil de cooptar. Allí está condensada la diversidad y la pluralidad de nuestro país: distintas regiones, acentos, historias, colores de piel, formas de bailar y maneras de habitar. Aunque hoy sean figuras del fútbol mundial y multimillonarios, esos cuerpos todavía llevan inscritas las calles, las canchas de barrio y los potreros donde aprendieron a jugar, donde nació esa creatividad que admiramos antes de que el mercado la convirtiera en espectáculo. Quizá por eso hay un reclamo que vuelve una y otra vez, en camisetas, afiches y redes sociales: “EL FÚTBOL ES DEL PUEBLO”.

Otra paradoja es la FIFA. Pocas instituciones deportivas han acumulado tantas denuncias por corrupción, mercantilización extrema del deporte, complicidad con regímenes autoritarios y decisiones éticamente cuestionables. Lo sabemos. Nos indigna. Y, sin embargo, cuando comienza el Mundial volvemos a sentarnos frente al televisor con la emoción intacta. Queremos que nuestro equipo gane. Queremos creer que, durante noventa minutos, una selección puede desafiar en la cancha jerarquías económicas, geopolíticas y deportivas simplemente haciendo un gol. Quizá por eso hay un reclamo que vuelve una y otra vez, en camisetas, afiches y redes sociales: “AMA EL FÚTBOL, ODIA LA FIFA”.

La tercera paradoja es la del feminismo y el fútbol. Durante décadas, una parte importante del pensamiento feminista ha señalado el fútbol como una de las instituciones donde con mayor fuerza se ha construido la masculinidad hegemónica: un espacio en el que se han reproducido jerarquías de género, se ha excluido sistemáticamente a las mujeres y se han exaltado formas de competitividad, nacionalismo y violencia asociadas a ciertos ideales de lo masculino. Esa crítica sigue siendo necesaria. Y, sin embargo, el fútbol se ha convertido también en un escenario de resistencia, disputa y transformación.

Las mujeres no solo han conquistado el derecho a jugar. Han ido cambiando, poco a poco, los significados mismos del fútbol. En Colombia, la selección femenina ha alcanzado logros que parecían impensables. Fuimos subcampeonas del mundo. Aunque todavía reciben mucha menos atención —y salario— que la selección masculina, cada vez resulta más difícil ignorar la fuerza de lo que estas mujeres están construyendo. Basta escuchar a varias de sus jugadoras en entrevistas y declaraciones para descubrir una lucidez política y una conciencia crítica que conmueven tanto como su talento deportivo.

Además, el fútbol femenino está produciendo algo que este país necesita con urgencia: nuevas figuras heroicas. Durante demasiado tiempo nuestro panteón nacional ha estado poblado casi exclusivamente por hombres, y en buena medida por hombres blancos. Hoy empiezan a aparecer otros referentes. Hace poco un tío visitó el Santiago Bernabéu y a su regreso me preguntó cuál creía que era la única camiseta de un futbolista colombiano exhibida allí. Respondí: James. Sonrió y me dijo que no. Era la de Linda Caicedo. Hay algo profundamente simbólico en esa escena. Una joven colombiana, mujer, negra y lesbiana ocupa hoy un lugar que durante décadas estuvo reservado a los grandes ídolos masculinos del fútbol mundial. Quizá por eso hay un reclamo que vuelve una y otra vez, en camisetas, afiches y redes sociales: “JUEGA COMO UNA NIÑA”.

Porque sí, el fútbol es una industria que mueve miles de millones de dólares. Sí, explota cuerpos, reproduce desigualdades y está atravesado por enormes intereses políticos y económicos. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que despierta algunas emociones muy íntimas. Es el lenguaje compartido entre padres e hij@s, entre abuel@s y niet@s, entre amig@s, entre generaciones. Es también la posibilidad de que a una niña se le iluminen los ojos viendo jugar a Linda Caicedo y, por primera vez, sienta que ese cuerpo se parece al suyo y que el centro de la cancha también le pertenece.

Jorge Darío Ramírez Zuluaga celebrando sus triunfos deportivos: a la izquierda, con su equipo de la Colonia de Manzanares (Caldas) en Bogotá, en los ochenta; a la derecha, junto a su familia durante el campeonato de La Rochela a finales de los noventa.

Y entonces vuelvo al principio. Vuelvo a mi padre. Vuelvo a esa niña que se dormía sobre sus piernas o que los domingos iba a verlo jugar a La Rochela.

A esos recuerdos de la infancia se fueron sumando los de la adolescencia y la adultez. Cuando nuestro glorioso Once Caldas quedó campeón de la Copa Libertadores, yo estaba estudiando en Italia, donde tuve que escuchar —óigase bien— escuchar los penaltis, sola y en plena madrugada. No puedo olvidar la conversación telefónica que vino después. Yo gritaba como una loca y mi padre solo se reía, con esa risita nerviosa que le daba siempre que estaba profundamente emocionado.

Y, a pesar de mi adultez, él me seguía protegiendo. Apenas seis meses después —yo seguía fuera del país—, el profe Montoya fue víctima del violento atraco que lo dejó en una silla de ruedas, recordándonos una vez más esa terrible realidad de un país donde la gloria y la violencia han rondado el fútbol desde siempre. Mi papá nunca me contó lo que había ocurrido, incluso le pidió a mi mamá que tampoco lo hiciera. Yo solo me enteré unos seis meses después. Al principio le reclamé. Pero con el tiempo entendí que solo había querido protegerme. No quiso arrebatarme el sabor dulce de aquella victoria. Sabía que ese episodio tan brutal había ensombrecido la alegría de todos los hinchas del Once Caldas y quiso que yo conservara intacta esa felicidad absoluta, esa pureza de la dicha sin atenuantes.

No hay un partido que vea sin pensar en mi papá. Cuando ya vivía lejos, nos llamábamos sin falta en el entretiempo de cada partido importante. Extraño esas conversaciones y todas las que ya no tendremos. Tal vez por eso también escribo estas líneas. Porque hablar de fútbol sigue siendo una forma de conversar con él.

Mi padre amó este deporte hasta el último segundo de su vida. Murió un domingo en la mañana, jugando su partido de siempre, en el campeonato de rodillones, esa vez en la cancha del INEM. Tenía 63 años. Seguía corriendo con la misma entrega de su juventud. Su corazón de 63 no resistió más esa pasión que nunca envejeció y se detuvo allí, donde era más feliz. Esa es, para mí, la última y más íntima paradoja del fútbol. Fue el gran amor de la vida de mi padre y también el lugar donde esa vida terminó. Allí construyó algunos de sus afectos más profundos, encontró amistades entrañables y me heredó una manera de disfrutar el mundo. Por eso sigo creyendo que el fútbol puede ser, al mismo tiempo, una institución profundamente cuestionable y uno de los lugares donde habitan las formas más sencillas de la ternura. Y cuando rueda la pelota me olvido de todo y vuelvo a conectar con ese ser hermoso que fue mi padre.

Jorge Darío Ramírez Zuluaga junto a su hija, Isabel Cristina Ramírez Botero, en el Estadio Palogrande durante un partido del Once Caldas.
Jorge Darío Ramírez Zuluaga e Isabel Cristina Ramírez Botero, en el Estadio Palogrande durante un partido del Once Caldas.
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    (Manizales). Historiadora del arte, curadora e investigadora. Profesora de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. Ganadora del Premio de Investigación Cultural Héctor Rojas Herazo (2012). Es autora de libros como El arte en Cartagena a través de la colección del Banco de la República, Geografías pictóricas. La exploración del espacio en el paisaje de Alejandro Obregón, Fragmentos de modernidad y de la cartilla de apreciación del arte contemporáneo Ojo Pelao.

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