Justo hace 90 años, en junio de 1936, empezó a circular en Manizales Una mujer, la primera novela escrita por una autora del Eje Cafetero. Natalia Ocampo de Sánchez fue una señora católica ultraconservadora y eso se refleja en cada una de las 200 páginas de su libro: una novela escrita con la intención de que las lectoras comprendieran que los sacrificios del matrimonio (el marido borracho y golpeador, los cachos, la pobreza, la muerte de los hijos, etc.) eran regalos que Dios enviaba para allanar el camino al cielo.
Pues bien, en esa novela tan goda, escrita por una autora ídem, aparece un personaje gay. Al comienzo de la novela Leticia, la protagonista, organiza un paseo de Manizales hasta La Linda y la escritora describe al grupo de amigos que la acompañan, entre quienes nombra a “Paquito Vélez (el afeminado)”.
—Si yo fuera mujer —dice Paquito— y tuviera novio, reñiría con él a cada rato.
—¿Por qué ese gusto tan raro, Paquito?
—¿Eh?, pues porque es muy bueno que lo contenten y lo consientan a uno. Además los novios regalan cosas muy bonitas; perfumes, bibelots, pañuelos de seda… Tantas cosas. A mí me gusta todo lo de arte, lo chic, lo elegante. Hoy están todas ustedes muy bien vestidas; vean cómo viene de elegante Lucía Garcés, qué bien le sienta el adorno negro a ese vestido color rosa.
—¿Y usted por qué se fija tanto en todo lo que visten las mujeres?
—Porque las admiro mucho y hasta quisiera ser una de ellas.
—¿Sí? Móntese en una punta del arco iris y resbalará hasta la otra convertido en una mujer; dicen que este es el remedio a quienes se les trocó el sexo.
—¿De veras? Voy a hacer eso. Ja, ja… Qué divertido será ese salto mortal. Y cuando yo sea como una de ustedes eclipsaré a las demás por la belleza de mis vestidos, lo mismo que por los adornos de mi tocador…
Paquito Vélez no tiene mayor figuración en el resto de la obra, pero que se incluya a un “afeminado”, como lo denomina la escritora, en una novela manizaleña de hace 90 años evidencia un hecho inobjetable: las personas lesbianas, gais, bisexuales, transexuales y queer no surgieron con el “rayo homosexualizador”, ni son fruto de la llamada cultura woke. En todas las familias, en todos los colegios y en todos los barrios ayer, hoy y siempre ha habido personas LGBTIQ+ y así se refleja en las artes. Lo nuevo no son las personas gais, sino las persecuciones que sufren. En Memorias de Adriano Margarite Yourcenar escribió con belleza y maestría sobre el amor entre el emperador romano Adriano y el jovencísimo Antínoo, en el siglo II d.C., un amor intenso y pasional, que no tenía que esconderse porque no era ni más ni menos pecaminoso que cualquier amor heterosexual.

Uno de los primeros poetas colombianos abiertamente homosexual fue Porfirio Barba Jacob (1883-1942). En el cuento El hombre que parecía un caballo (1914) el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez escribe sobre el deseo del narrador por un personaje que luego Barba Jacob indicó que se trataba de él. Barba Jacob no desarrolló en sus obras la cuestión homosexual de manera explícita, pero tampoco ocultó sus preferencias y con esa ambigüedad logró ganarse el reconocimiento y el afecto de los círculos literarios del Eje Cafetero. En los años 20 y 30 fue amigo cercano de Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza de Jaramillo Meza, los poetas más conocidos de su tiempo en Manizales.
¿Quiénes fueron los escritores pioneros de los asuntos LGBTIQ+ en el Eje Cafetero? A continuación un repaso, que no pretende ser exhaustivo: faltan datos de varios municipios, y falta, sobre todo, mucha más investigación hemerográfica.
Max Grillo: el dandy viajero

Maximiliano Grillo Jaramillo nació en Marmato en 1868 en una familia liberal y culta: su papá fue uno de los primeros médicos graduados de la Universidad Nacional y su hermana mayor, Rosario Grillo de Salgado, una reconocida escritora. La familia se trasladó a la recién fundada Manizales, en donde vivieron varios años, pero luego Max se fue a estudiar Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Bogotá, aunque desde la capital mantuvo estrechos vínculos con Manizales. Participó en la Guerra de los Mil Días, fundó publicaciones como Revista Gris (1892-1896), El Vigía, El Autonomista y Contemporánea, fue diplomático en Brasil, viajó por varios países y publicó columnas, críticas literarias, reseñas y ensayos en Renacimiento, La Patria y otros diarios de comienzos del siglo XX en Manizales. Fue amigo cercano de Baldomero Sanín Cano y del crítico Victor Manuel Londoño, con quien convivió un tiempo.
Es el autor de los libros Emociones de Guerra (1903), Raza vencida (1905) Vida nueva (1908) Alma dispersa (1911), Los Ignorados (1912), Ensayos y comentarios (1927), y Granada Entreabierta (1946), además de una biografía crítica sobre Santander y dos poemarios. Pese a esta abultada obra literaria, su trabajo aún no ha sido estudiado a profundidad y en consecuencia no son claras las huellas de su homosexualidad en su obra. Pese a que buena parte de su obra se desarrolló durante la Hegemonía Conservadora, su condición sexual no fue secreta y se menciona en varias de sus referencias biográficas. En una época en la que la homosexualidad era fuertemente reprimida Max Grillo vivió más o menos por fuera del clóset y sus contemporáneos veían sus preferencias sexuales como parte de sus excentricidades refinadas, sus intereses por otras culturas y su vida de dandy cosmopolita. Valdría la pena estudiar sus textos desde este ángulo, porque sus escritos están llenos de reflexiones que conectan con su biografía. A manera de ejemplo está este párrafo de Granada entreabierta, que habla de otros, pero también de él.
Los muchachos de estas poblaciones de provincias sueñan con la llegada del día en que el consejo de revisión los llamará a prestar el servicio militar. Cuando son llamados se regocijan (…) El llamamiento a filas es la liberación de la vida provinciana, de la existencia tranquila pero descolorida (…) La aldea, desde que hay periódicos que hablan de las grandes capitales: desde que existen ferrocarriles, cinematógrafos y tarjetas postales, es desastrosamente atediante. Y se van los mozos para no volver: o para regresar muy tarde a su pueblo, cuando ya tienen los cabellos blancos y la nostalgia del suelo nativo los conduce a sus mayores. Al salir de las filas del ejército se quedan en las ciudades populosas, en donde el dolor humano, con ser tanto, es preferible al dolor provinciano.
Bernardo Arias Trujillo: la primera novela queer

En distintas referencias se indica que «Por los caminos de Sodoma: confesiones íntimas de un homosexual” (1932), es una novela fundacional de la literatura queer en América Latina. La obra narra la historia de David, un joven que sufre el rechazo de la sociedad por su condición homosexual y viaja a Buenos Aires. Bernardo Arias Trujillo nació en Manzanares en 1903 y murió en Manizales en 1938, por una sobredosis, al parecer accidental, de morfina. El escritor ocupó un cargo diplomático como agregado cultural en Buenos Aires, en donde conoció al poeta español Federico García Lorca, y fue por esa época que publicó Por los caminos de Sodoma, con el seudónimo de Sir Edgar Dixon.
Posiblemente, a muchos, a una gran mayoría, esta novela parecerá inmoral. Yo no lo creo así. La escuché narrar del propio David, un muchacho que andaba […] escondido de sus compatriotas que lo perseguían, porque en vez de sacrificar rosas mustias en los altares de Venus Afrodita, dejaba de vez en cuando, unos frescos jacintos en el pedestal de Adonis.
Bernardo Arias Trujillo escribió de manera explícita sobre el deseo homoerótico pero a la sociedad colombiana le faltaban aún décadas para admitir un libro así. La novela se mantuvo fuera de circulación durante muchos años y solo en 1990 el profesor de la Universidad de Caldas Roberto Vélez Correa explicó por qué concluía que Sir Edgar Dixon era un seudónimo de Bernardo Arias Trujillo. Ese año Lucio Michaelis, heredero de los derechos de autor de Bernardo Arias, publicó nuevamente la novela, que desde entonces ha sido ampliamente estudiada.
En una entrevista publicada recientemente por la revista Gaceta con Pedro Felipe Hinestrosa y Halim Badawi, investigadores y fundadores del Archivo Arkhé, sobre memoria queer, se indica que además de «Por los caminos de Sodoma”, hay otra obra de Bernardo Arias Trujillo que también puede leerse en clave homoerótica: «Otra novela suya, Risaralda. Película de negritud y vaquería (1935), no suele verse como una obra de temática gay —trata sobre las costumbres de comunidades negras provenientes del Cauca—, sin embargo, en el Archivo Arkhé adquirimos recientemente los manuscritos originales de Risaralda, y entre sus tachones y enmiendas se leen claras alusiones homoeróticas. Son detalles que a simple vista pasarían inadvertidos, y que no podríamos demostrar si no tuviéramos acceso a esos manuscritos fechados entre 1934 y 1935″.
Carmelina Soto Valencia: ir sin miedo entre la tempestad

En una época en la que afirmarse lesbiana generaba el ostracismo social, la poeta quindiana Carmelina Soto Valencia se valió del dominio del lenguaje para nombrar de manera oblicua el deseo femenino hacia otras mujeres.
Carmelina Soto Valencia nació y murió en Armenia (1916-1994). Fue periodista, bibliotecaria, profesora y escritora. Vivió en Armenia, Manizales y en Bogotá, donde ocupó distintos cargos públicos. Publicó varios libros de poemas y dejó otros tantos versos dispersos en periódicos y revistas. Algunos de ellos han sido compilados en antologías póstumas.
Los poemas de Carmelina Soto no usan la palabra “lesbiana” o “homosexual” y sin embargo, al conocer su biografía, se pueden leer desde esa perspectiva. Así, por ejemplo, al final de “Canción del amor fugaz”, del libro De octubre (1953) escribe:
(Alegría… ¡Alegría!
Ya todo lo perdimos.
Podemos ir sin miedo entre la tempestad).
Otro poema suyo publicado en De octubre, titulado “Tierra del hombre”, se lee con pasmosa vigencia 73 años después de su publicación:
Tierras de miedo. Tierras tempestuosas.
Tierras duras… inhóspites… cerradas
Como la misma entraña de las cosas.
Albalucía Ángel: el cuerpo femenino libre


Albalucía Ángel cumplirá 90 años dentro de dos meses. Nació el 7 de septiembre de 1936 en Pereira y su obra es abundante, densa, libre e indispensable. Se fue de Colombia desde muy joven, viajó por distintos países, se casó con un escritor chileno, se divorció, fue cercana a Gabriel García Márquez y a los escritores del Boom Latinoamericano, ganó premios, cantó en bares y aunque en Colombia la trataron como una hippie desvirolada, ella nunca dejó de escribir. Hoy todos los estudios académicos sobre literatura y violencia en Colombia en la segunda mitad del siglo XX incluyen a Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón como una de las obras fundamentales para entender la violencia política y las violencias domésticas (incluyendo las sexuales), y todos los estudios sobre literatura lésbica o bisexual incluyen pasajes de sus novelas Misiá señora (1982), Las andariegas (1984) y Los girasoles en invierno (1970).
A diferencia de otros novelistas varones que usan las escenas lésbicas con ojo pornográfico, Albalucía Ángel se centra en narrar la fuerza del deseo femenino, que puede ser homosexual o heterosexual, y que parte del deleite ante el cuerpo del otro o de la otra. Por ejemplo, en Misiá señora la narradora describe el cuerpo de otra mujer en los siguientes términos:
Yasmina se desviste y ella le ve los pechos duros, puro color canela. Le admira esa manera de quitarse la ropa, como si fuera muy normal, delante de otras niñas, pero es porque ella estudia en un colegio americano, sin monjas repitiendo que hay que tener pudor ni echando cantaleta porque en el baño hay que ponerse siempre alguna cosa… Yasmina tiene las piernas largas, bien formadas, un cutis liso como el de las estrellas… incluso el pubis, que es muy rubio: jamás imaginó que las otras mujeres lo tuvieran así de claro y sedosito.
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A partir de los años 70 del siglo XX la literatura homoerótica se hace más frecuente en el Eje Cafetero. Entre las obras a referenciar están los libros de Néstor Gustavo Díaz Bedoya Los ritos del minotauro (1970) La loba maquillada (1975), La estrella de la noche invertida (1987) A la hora del té aparecen los fantasmas (1987) y La última inocencia (1989). Además hay otros autores como Jorge Gómez, con su novela Uno bajo el signo del escorpión (1977); Silvio Girón Gaviria, con Ángel Sodomita (1978) y Roberto Vélez Correa con La pasión de las gárgolas (1987). Todas estas obras fueron estudiadas a profundidad por Jaiber Ladino Guapacha en su trabajo Crónica de tinieblos: panorámica de los personajes homoeróticos en la narrativa del Eje Cafetero, disponible para consulta en internet.
En el siglo XXI la lista de escritores y escritoras del Eje Cafetero con experiencias de vida homo y heterosexuales que deciden incluir personajes de sectores LGTBIQ+ en sus obras es, por fortuna, extensa, diversa y creciente.