El 28 de abril del 2021, mientras cientos de miles salían a la calle con tapabocas y banderas para la jornada de un día del Paro Nacional, le prometí a mi madre quedarme en casa recuperándome del COVID. En ese momento, el virus era la principal preocupación: estábamos en la peor oleada, los hospitales estaban colapsados y cada semana nos llegaba la noticia del fallecimiento de algún conocido. Nadie de nuestra familia, por fortuna, pero en una pandemia es siempre cuestión de tiempo, y lo más sensato es cuidarse lo máximo posible mientras esperamos el turno de vacunación. Mi infección se dio por pura irresponsabilidad, por ir a tomarme un café con un conocido, y al mismo tiempo era increíble que un encuentro tan inocuo fuera más peligroso que mi actitud aún más irresponsable de los meses anteriores: me había ido un mes de mochilero por la costa, asistía a fiestas clandestinas —en donde, que quede constancia, yo era el único pendejo con tapabocas— y hasta había acudido a la multitudinaria manifestación en septiembre del 2020, cuando recién levantaron el toque de queda y el país entero protestaba por la muerte de Javier Ordóñez a manos de la policía en Bogotá.
De cierta forma, también protestábamos por Dilan Cruz, asesinado durante el Paro Nacional del 2019, cuyas brasas siguieron ardiendo tímidamente bajo el cataclismo de cuarentenas, pico y cédula y distanciamiento social. Por esos días, recuerdo, la policía arremetió contra los manifestantes con una violencia desmedida incluso en Manizales. En la Universidad de Caldas llevábamos protestando —y despelucando el calendario académico— de forma intermitente desde el 2018. Acampábamos en los corredores, hacíamos barricadas de pupitres en la portería y hasta bloqueábamos la vía Panamericana durante una tarde entera. Luego nos devolvíamos en un desfile de pancartas, tambores y arengas de regreso al campus de Palogrande: nuestro santuario.
Recuerdo protestar también durante el gobierno de Santos. Recuerdo exigir un presupuesto decente para las universidades públicas. Recuerdo también marchar por el SÍ a la paz y el dolor de ver ganar al NO con una estrategia de mentiras que, por una década de impunidad, siguió indeleble en el modus operandi del Centro Democrático.
Recuerdo también que en enero del 2016, recién graduado del colegio y creyéndome más adulto de lo que nunca fui, me sumé a las iniciativas por un Paro Nacional programado para el 24 de enero (E-24), en protesta contra alguna reforma tributaria de las tantas que hemos tenido. Todo se organizó desde un grupo de Facebook en el que participaba, y yo mismo tomé la iniciativa de convocarlo en Manizales. Mentí al decir que tenía 18 años, y no 17, por lo que ni siquiera pude solicitarle un permiso a la alcaldía para que nos dejaran marchar esa mañana de domingo por el carril derecho de la Avenida Santander, donde lo único que acabamos paralizando fue la ciclovía. Alguien más pidió el permiso, alguien más diseñó la convocatoria, y yo fui incluso a escondidas de mis padres para que no tomaran el evento como un episodio más de rebeldía, si acaso no de locura.
Asistimos pocos, a diferencia de Bogotá o Cali, y fue todo tan desordenado y confuso que unos gritaban “¡No a la falsa paz!” y otros andaban con camisetas de Tirofijo. Seis años atrás, una semana después de mudarme a La Sultana, presencié el horror del envenenamiento de dos perros, y fue tanta la indignación de los niños de la cuadra que coloreamos pancartas en octavos de cartulina y fuimos a protestar frente a la casa de la vecina que —sin ninguna otra evidencia que un chisme— creíamos culpable del perricidio. Por episodios así terminé por ganarme la fama de revoltoso en el barrio, buscapleitos en la mesa familiar y destrozador de sartenes y cucharas de palo durante los cacerolazos de los paros sucesivos que nos llevaron al Paro Grande.
Por eso también entendía que, cuando el 28 de abril del 2021 mi madre me hizo prometerle que no saldría a protestar, no lo decía tanto por el coronavirus —del que ya me recuperaba— sino por el otro virus que me tenía peleado con buena parte de la familia. Le hice caso. No salí el 28 de abril, sino que vi en las transmisiones en vivo cómo una protesta de pinta cotidiana se impregnaba del horror que habíamos visto en septiembre del año anterior. Tampoco salí el 29 de abril, cuando los manifestantes indignados por la cifra de muertos se lanzaron a la calle por iniciativa propia. No salí en los días siguientes, cuando más y más personas se sumaron. Apenas salí el 3 de mayo, luego de ver cómo a amigos, compañeros de clase y conocidos los había vapuleado el ESMAD antes de meterlos a un camión como recuas de ganado. A partir de ahí, como muchos, seguí protestando todos los días.
Cinco años después, ante el horror de un presidente con promesas de dictador, siento en el pecho un ardor que ya no es tanto de indignación como de miedo. Puro miedo. Veo, otra vez, a mis amigos —ya no estudiantes, sino biólogos, fisioterapeutas, ingenieros, médicos, periodistas, psicólogos y abogados— alistando sus banderas, armando sus pancartas, preparándose para lo que sea que venga. Veo a los periodistas, a los medios de comunicación independientes —y a los dependientes—, a los animalistas, a los defensores de derechos humanos, a los jueces, a la gente del común que, cuando se amarra una bandera o pinta una pancarta, deja de ser ciudadana de bien para convertirse en objetivo militar.
Hablando con mi madre por teléfono, le escucho decir: “Estoy tan feliz de que no estás acá”. Hablando con mi hermano, le escucho decir: “Menos mal que estás bien lejos, porque ya estarías afuera”. Hablando con mis amigos, les escucho decir: “Qué bueno que salieras con nosotros”. Al mismo tiempo, indignado y asustado, recordando el horror del 2021 y contrariando mi propio instinto, quisiera pedirles a ellos que no salieran a protestar, y hasta alegrándome de que mi hermano menor está a punto de graduarse para que no lo agarre el periodo de Abelardo como estudiante de universidad pública. No es la protesta lo que me asusta, sino la violencia que se desata.
Al mismo tiempo, ¿qué haría yo, sino resistirme a las promesas —¿o amenazas?— de Abelardo de la Espriella?
¿Qué hace uno desde afuera?
¿Cómo hacemos todos, en la diáspora o en sus raíces, para no perder la patria?