Volvería a nacer mil veces en este mundo, en esta existencia que pesa y se convierte en una piedra que cargo en el pecho, solo por el privilegio de haber sido tu hija. Mil veces el dolor. Mil veces la incertidumbre. Mil veces esta forma obstinada de la tristeza. Aceptaría cada pérdida si al final de cada vida pudiera volver a encontrarte.
Daría cualquier cosa por regresar a aquellas tardes en las que te tatuaba la espalda con marcadores de colores y vos fingías llevar mis dibujos torcidos para siempre sobre la piel. Daría cualquier cosa por volver a esos años en los que yo todavía no sabía que la felicidad podía acabarse. Por caminar otra vez a tu lado creyendo que los padres son eternos y que me ibas a enseñar cosas nuevas y raras para siempre.
Hoy encontré una fotografía nuestra, tomada por mamá. La sostuve entre las manos durante varios minutos, como si al mirarla el tiempo pudiera abrir una grieta y devolverte. Te observé. Me observé. Y pensé en todo lo que no alcanzamos a conversar, todas las noticias que nunca te conté, las veces que he necesitado llamarte y me he encontrado, una vez más, hablando con el vacío. Me pregunto qué pensarías de este tiempo extraño. Qué dirías de este país que parece aprender siempre las mismas derrotas ¿Qué argumentos usarías para desmontar mis miedos? ¿Qué harías para convencerme de que el mundo sigue teniendo algún sentido?
Nunca practicaste ninguna religión, pero me enseñaste la única fe que todavía respeto: la de cuidar al otro incluso cuando duele. La de dar sin esperar nada, entender que la bondad es una forma silenciosa de resistencia, y la de no quedarme callada cuando algo me fastidia. No sé si me parezco más a vos o a mamá. Tal vez soy apenas una frontera imperfecta entre ambos. Lo que sí sé es que ser hija de ustedes ha sido el mayor orgullo de mi vida.
Te extraño los viernes por la noche, las conversaciones que parecían no terminar nunca. Extraño que discutieras y pusieras en duda mis ideas hasta que pudiesen sostenerse por sí mismas, extraño tu abrazo. Pero, sobre todo, me hace falta la certeza de saber que estabas ahí. Porque hay una diferencia brutal entre extrañar a alguien y saber que jamás volverá. Lucho todos los días contra la muerte. No contra la mía, sino contra la tuya, contra la manera en que sigue apareciendo en los lugares más inesperados: en un comentario desafortunado, en una fotografía, en una frase que quisiera contarte. Contra ese momento absurdo en el que algo me hace feliz y, por un segundo, pienso en llamarte antes de recordar que ya no estás.
Corazón marinero: me niego a ahogarme. Pero hay días en que el agua me llega hasta el cuello. Y así sigo avanzando, lamiéndome las heridas. Con miedo y este hueco que no aprendió a cerrarse. Porque en esta vida tuve la fortuna inmensa de ser la hija del hombre más bueno, más inteligente y noble que conocí. La fortuna de haberte tenido. La desgracia de extrañarte.