«Una estatua en la que se cagan las palomas»

La seguimos cagando como sociedad al no cuidarla, al no superar los miedos, los rencores y los egos, y al no trascender las fracturas políticas e intereses económicos que nos han impedido construir sobre lo construido para calmar el dolor y anteponer la tranquilidad de las regiones.
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La frase original es «La gloria es una estatua en la que se cagan las palomas» y pertenece a Fernando Vallejo en su novela La Virgen de los sicarios (1994). Fue adaptada como «La paz es una estatua (…)» por mi amigo J. C. Portela (Ibagué, 1975-2010) —poeta, historiador, líder cultural, cinéfilo y cofundador del cineclub Ojos de Video Tape— quien, aunque partió prematuramente de este plano, nos dejó su afilada ironía y agudeza intelectual.

Siendo estudiante de la Universidad del Tolima, Portela realizó un clip documental que desarrolla este enunciado —a cuya grabación lo acompañé en la plazoleta Ducuara—, donde planteó una metáfora visual ácida y crítica sobre las dinámicas políticas y los monumentos a la «paz» —y a tantos otros próceres caídos en su nombre— que a lo largo de la historia han sido entregados por instituciones y gobiernos. Símbolos que terminan cubiertos de excremento y olvido, deteriorados e ignorados en las plazas públicas, muy distantes de la realidad social de las comunidades que siguen atemorizadas, enfrentando y resistiendo la violencia.

Las palomas serán siempre seres inocentes a las que, por nuestro desequilibrado modo de vivir, de intervenir en los ciclos de la naturaleza y de domesticar vidas de las que después no queremos hacernos cargo, les hemos endosado la suciedad, el desastre y una estigmatización que no merecen. Han sido nobles y generosas con la humanidad: fueron nuestra primera “red” de comunicaciones gracias a su asombroso sentido de la orientación y su capacidad para recorrer largas distancias, sirviendo como mensajeras eficientes desde el año 2900 a. C. hasta mediados del siglo XX, cumpliendo un papel relevante durante las dos guerras mundiales —un claro ejemplo del refrán «mal paga el “hombre” a quien bien le sirve»—. Como si fuera poco este servicio —por el que deberían gozar de nuestra eterna gratitud—, las palomas tienen un sistema social complejo y solidario, y han contribuido mediante el análisis de su conducta a la ciencia y a la medicina en estudios de agudeza visual, inteligencia y habilidades cognitivas, sin olvidar que su estiércol fue durante siglos un valioso y efectivo fertilizante agrícola.

Resulta escaso el reconocimiento a estas aves que, además y paradójicamente, han representado durante siglos el imaginario de la paz. Un símbolo que proviene de la leyenda bíblica del Arca de Noé, cuando una paloma regresó con una rama de olivo anunciando el fin del diluvio y el retorno de la calma. Este ícono se consolidó a nivel mundial cuando Pablo Picasso la inmortalizó en sus carteles para el Congreso Mundial de la Paz en 1949, convirtiéndola en el emblema universal de la no violencia, la reconciliación y la esperanza.

Las aves no tienen la culpa

Siendo la paloma el frágil soporte de esa idea de paz, resulta necesario revisar qué hemos hecho nosotros con el símbolo y con la realidad. A diez años del plebiscito realizado el 2 de octubre de 2016, vale la pena recordar el momento en que Colombia acudió a las urnas para decidir sobre lo acordado en La Habana, entre el Gobierno nacional y las Farc-Ep, cuando los resultados —por una mínima diferencia— dieron la victoria al NO con 6.431.376 votos (50,21 %), frente a 6.377.482 votos (49,78 %) de quienes elegimos el SÍ. Aunque este no era un paso obligatorio, el Gobierno convocó la consulta con la intención de brindarle mayor respaldo ciudadano al proceso, momento desde el cual se evidenció un país profundamente dividido por heridas no sanadas, desconfianzas históricas y visiones encontradas, lo cual en muchos de nosotros generó un profundo desconsuelo.

Pero como la esperanza, para bien o para mal —«para mal», insistía Nietzsche— es lo último que se pierde, me encontré en redes sociales con una foto en la que luzco una camiseta blanca con una paloma de origami en colores estampada y la palabra «SÍ». Para ese momento vivía en Bogotá, era una mañana lluviosa y salí en mi bicicleta esperando que mi voto sumara a la desmovilización de más de 13.000 combatientes de una de las guerrillas más antiguas del continente, con la ilusión plena de que se abriría la puerta a la verdad, la justicia, la memoria y la reparación para las más de diez millones de víctimas dejadas por el conflicto armado en nuestro país, y que por fin podríamos finalizar casi un siglo de guerras.

Aquel resultado descorazonador no implicó que esa «maldita» dulce esperanza dejara de existir. Sin embargo, a una década de aquel momento, y pese a que el Acuerdo se firmó un mes y medio después, las elecciones de 2026 continúan reflejando un país fracturado y una división similar.

La paz sigue a medio camino en un país al que le cuesta sanar, perdonar y confiar. Si bien los hechos señalan que más del 85 % de los firmantes de este Acuerdo sostienen su compromiso con la legalidad, participan activamente en la vida civil a través de cooperativas y proyectos productivos locales, y continúan vinculados a las rutas de reincorporación de las entidades públicas, esto no ha sido suficiente. La implementación integral de los Acuerdos sigue siendo una deuda pendiente. La justicia transicional no ha avanzado todo lo que debiera en materia de verdad, justicia, reparación y no repetición.

Quienes dejaron las armas son señalados, estigmatizados y perseguidos, al punto de que cientos de excombatientes que han cumplido lo pactado han sido asesinados desde la firma del Acuerdo. No se ha dado respuesta a la reforma rural ni a la sustitución de cultivos. Se han hecho significativos recortes presupuestales para la implementación y la presencia estatal sigue siendo débil en los territorios. Asimismo, entre 2016 y 2019, un 5 % de los excombatientes no se acogieron al Acuerdo o se rearmaron posteriormente, conformando disidencias que se suman a la violencia ejercida por otros actores armados —nuevos y de vieja data— impulsados por economías ilícitas e intereses económicos que dificultan el anhelo de paz que seguimos manteniendo.

A mi amigo Portela —quien ya no está para conversar y no tuvo que sufrir el plebiscito ni otros desastres de la última década— le diría hoy, como cuando teníamos veinte años, tomábamos café, echábamos globos y arreglábamos el mundo —en una charla en la cual yo insistiría en hacerle justicia a las palomas— que la paz ha sido efectivamente una estatua expuesta a excrementos. Pero no por culpa de las aves, sino porque la seguimos cagando como sociedad al no cuidarla, al no superar los miedos, los rencores y los egos, y al no trascender las fracturas políticas e intereses económicos que nos han impedido construir sobre lo construido para calmar el dolor y anteponer la tranquilidad de las regiones. Resulta imperativo que trascendamos esa paz estatua, y que de vuelta a la esperanza —que es lo último que perderemos— este anhelo que mantenemos como una pequeña luz y guía, sea una realidad posible para la naturaleza y para todas las comunidades que merecen mejores condiciones de vida. Un sueño necesario también para este mundo que no se cansa y que, desbordado por intereses globales maniqueos y poderosos, vive cada día a un guiño de una nueva guerra.

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    Manizaleña. Ha residido en Fresno, Ibagué y Bogotá. Comunicadora, magíster en Investigación Social y doctoranda en Comunicación de la Universidad de La Plata. Cuenta con experiencia en el sector público y privado en proyectos sociales. Autora de un blog introspectivo y actualmente trabaja en la creación de su primera novela.

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