El debate suscitado alrededor del cubrimiento del proceso electoral ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el papel que desempeñan los medios y las audiencias en la conversación pública, constatando que no hay información políticamente neutra en sentido estricto.
El periodismo cumple un papel esencial en la democracia. De acuerdo con la Corte Constitucional, “el ejercicio de la actividad del periodismo —en sus diferentes denominaciones— está abierto a todas las personas, pues constituye una manifestación de la libertad de expresión” (C-987 de 2004). Esa protección, sin embargo, no supone que el periodismo sea neutral, sino que cumple una función pública indispensable incluso cuando esta puede ser discutida.
La labor del periodista supone la selección de temas, enfoques de abordaje, lenguajes y criterios de relevancia, pues siempre habrá formas de mostrar, maneras de narrar y criterios para decidir qué es central y qué se queda al margen en un asunto. Esa imposibilidad de neutralidad absoluta supone que periodistas y medios asuman responsabilidades por sus elecciones, y que las audiencias también ocupemos activamente un lugar en la experiencia política.
En época electoral suele repetirse la ficción cómoda de que los medios simplemente cubren la contienda, registran hechos, presentan datos o reproducen polémicas para que la ciudadanía forme su propio juicio. Esa descripción es demasiado insuficiente pues los medios no solo informan sino que también definen relevancias, fijan marcos de análisis, dramatizan, ordenan la atención pública y, con ello, ayudan a moldear la forma en que la sociedad siente la política.
Los medios no son entonces un espejo neutral del proceso electoral, ni tendrían porque serlo, pues son actores centrales en la disputa por definir qué se vuelve visible, audible, indignante, deseable o políticamente relevante.
La expresión “reparto de lo sensible”, utilizada por el filósofo Jacques Rancière, me parece útil para explicar esto. Así, la política se juega en la distribución de lo que aparece como importante, autorizado o legítimo frente a lo irrelevante, ruidoso o sospechoso. En esa medida, se trata de definir quién puede aparecer, cómo aparece y bajo qué condiciones su palabra es válida, lo cual distribuye lugares, tiempos y formas de participación en lo común.
Desde esta perspectiva, el periodismo político no solo narra la competencia electoral sino que construye una estética según gestos, escándalos, frases incendiarias, titulares sensacionales o antagonismos simplificados. Así, la discusión pública se organiza según la rentabilidad emocional de lo que se presenta al público y no tanto por la densidad de las propuestas de campaña pues puede importar más lo que escandaliza a la audiencia que lo que se propone a la ciudadanía.
Ahora bien, es fácil culpar a los medios y absolvernos como consumidores, pues el abordaje de la política como entretenimiento se debe a nuestra participación en el deterioro de la democracia al premiar la caricatura, el insulto, la ridiculización y la simplificación de los desacuerdos, así como nuestra aceptación de que la política se nos entregue convertida en espectáculo.
Así como los periodistas y medios toman decisiones, los espectadores también comparamos, interpretamos, seleccionamos y tomamos distancia de los temas. No es posible que por pereza intelectual y emocional asignemos a otros la organización del campo de lo sensible en el contexto electoral. Tampoco es posible que la oposición de ideas siga atravesada por violencias, estigmatizaciones y lenguajes de exclusión que lastimosamente en nuestro país no se quedan en el plano simbólico. La democracia requiere nuestra conciencia frente a los contenidos de odio, los simples clics y la indignación programada.
En esa medida, no es banal que los medios distribuyan lo sensible y tampoco lo es que el público consuma esa asignación sin crítica. El periodismo participa del debate público con investigación, contraste, escrutinio y crítica, pero también deberíamos poder identificar las decisiones editoriales, la hostilidad, el encuadre emocional o el espectáculo. Se trata de mirar los medios con desconfianza democrática para preguntarnos qué emoción organiza el relato, qué se repite hasta volverse obvio, qué se omite, qué se ridiculiza, y quién aparece como razonable o intolerable.
Los medios no son neutrales, los espectadores tampoco lo somos. Mientras sigamos consumiendo la política como circo, competencia de agravios o emociones instantáneas, seguiremos llamando información a lo que muchas veces no es más que una expresión del mercado electoral de lo sensible.