En medio de su extrema crisis, el gobierno cubano acaba de aprobar 176 reformas al funcionamiento de su economía, que la asemejan más a lo que es normal en cualquier país capitalista. Esas medidas de carácter pragmático fueron aprobadas de urgencia por el Comité Central del Partido Comunista y la Asamblea Nacional del Poder Popular, pues no hay decisión del legislativo sin el visto bueno previo del partido único de Cuba.
Las decisiones son del tipo: permitir que los bancos privados operaren en igualdad de condiciones a las de la banca estatal, eliminar las restricciones a los pagos en divisas entre empresas con capital extranjero y las empresas estatales, y normalizar las inversiones de particulares. Esta última estrategia está dirigida a atraer principalmente a los cubanos que viven en Estados Unidos, con el fin de que hagan negocios en la isla; pero todavía no parece tener mucha receptividad en la Florida.
Muchas de las medidas tomadas son simplemente facilitar el normal trámite del comercio internacional, como que el propietario de una empresa privada pueda tener cuentas bancarias en el exterior y mover su dinero entre cuentas. Otras, simplemente abren espacio para que las personas naturales puedan crear negocios pequeños o medianos en la agricultura, actividad que solo se les permitía a las cooperativas. Otro permiso, elemental para nosotros, pero hasta ahora restringido por el ideal de un estado comunitario sin propiedad privada, es reconocer el derecho de usufructo sobre la tierra a las personas jurídicas privadas o naturales. Es decir, permitir la iniciativa privada, el lucro personal y el emprendimiento, características centrales del capitalismo y que en la mayor parte del mundo se consideran necesarios e inevitables.
Para salvar la economía basada en el turismo, que ha sido uno de los renglones clave de Cuba en las últimas décadas, se busca facilitar la entrada de nuevos inversores internacionales, luego de la salida de sus principales socios españoles, ante la presión del gobierno de Estados Unidos. Además se permitirá el desarrollo inmobiliario, suponemos que para que construyan y vendan los extranjeros, pues los ciudadanos cubanos (residentes en Cuba) tienen muy pocas posibilidades de adquirir vivienda o de invertir en el turismo.
Otra decisión que parece imposible de cumplir, mientras el gobierno estadounidense bloquee la venta de combustibles a la isla, es que se autoriza a las cooperativas a importar y comercializar combustibles y realizar así negocios internacionales. Adicionalmente, se restringirán los subsidios del estado a los ciudadanos, lo cual simplemente conduciría a que tengan que comprarlos, en lugar de recibir las cuotas de ciertos alimentos que se le entrega a la mayoría de los cubanos. En paralelo se habla de eliminar las trabas burocráticas comerciales y hacer más eficientes los trámites de tipo empresarial o económico.
En la práctica, el mismo gobierno cubano estaría desmontando gran parte de la esencia del modelo socialista, o al menos el componente central de la propiedad de los medios de producción, y su rechazo a la operación del capitalismo financiero internacional. Contradicciones a la ortodoxia, sí, pero también decisiones concretas para momentos concretos dificilísimos. Todo este paquete muestra el intento in extremis del gobierno de hacer que sobrevivan la economía y el sistema social vigentes, ante la presión intervencionista arrolladora y la acentuación del cerco al comercio internacional que impone los Estados Unidos, y que ya ha dejado a los cubanos simplemente sin combustible para las actividades normales básicas. Sin embargo, es lógico pensar que esa estrategia de salvamento ante la emergencia no podrá tener éxito, pues no hay garantía suficientes o credibilidad internacional suficiente en el corto plazo, como para que florezcan los necesarios negocios que dinamicen la economía. Tampoco van a aplacar al país agresor que -con o sin razón- está dispuesto a mover a Cuba, y obligarla a que cambie de gobernantes, de gobierno y de sistema económico y político.
Mientras tanto, los cubanos de Estados Unidos piden en su mayoría acciones de fuerza para terminar con el régimen actual; y los cubanos en Cuba se dividen entre quienes defienden el régimen “hasta la muerte” y esperan alguna “tabla de salvación” lanzada por los otros países -que no dan muestra alguna de querer involucrarse- y quienes esperan que los gringos presionen alguna transición acelerada del poder. Por ahora, la vida diaria es casi imposible de sobrellevar y lo fundamental, no cambia: el partido único sigue en el poder sin dar señales de debilidad en su decisión de permanencia y supervivencia.
Ya uno no sabe decir si el destino inevitable de la isla es ceder; y si, como les gustaba afirmar a los dirigentes cubanos, estamos en un mundo unipolar en el que este tipo de Cuba no tiene futuro. Si fuera así en el corto plazo, el gobierno Trump volvería a la isla caribeña en una especie de Las Vegas con bellas playas. Y claro que para los cubanos que resistieron en la isla será difícil conseguir visa para USA. Parece que lo que ha sucedido es que el asunto espera turno en la agenda y ocupaciones militares del gobierno Trump, pues está en lista detrás de la guerra de Irán y de que avance la complicada situación de Venezuela.
Es como si estuviera sucediendo el “fin de historia” en América, en cuanto Cuba -que fue la sede, el caso pionero, el ejemplo, el laboratorio, el ejemplo a seguir para los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo, apoyado por la extinta Unión Soviética- fuera finalmente ahorcado (“destripado” diría el futuro presidente ADLE). Sin apoyo de una potencia, ese (¿último?) esfuerzo del gobierno cubano por parecerse a lo que el mundo occidental quiere o supone que es la única y obligada vía para las sociedades, fallará. Vendrá entonces la despertada súbita de ese sueño de un tipo de sociedad muy idealizada. A los empujones.