Aunque tiemble la tierra

Hemos aprendido de nuevo la densidad de palabras tan elementales como refugio, ausencia, búsqueda, herida, vecino, solidaridad. También la fe ha sido sacudida.
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Aunque tiemble la tierra
Duelo, presencia y esperanza después del terremoto
Una lectura bíblica desde Pereira

Pereira, Colombia, 12 de agosto de 2026

Cuando la tierra deja de ser suelo firme

El lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, la tierra dejó de ser durante unos instantes aquello que siempre habíamos supuesto: suelo firme. El Servicio Geológico Colombiano registró un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad de 103 kilómetros. Su explicación pertenece al conocimiento geológico: en la región del Pacífico colombiano, la placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana y en esa interacción se libera energía. La ciencia describe con rigor ese proceso y advierte, además, que todavía no existe un método capaz de predecir la ocurrencia de un sismo[1]. La teología no debe competir con esa explicación ni reemplazarla por una causalidad religiosa.

En Pereira sin embargo, no temblaron solamente los edificios. Temblaron las casas, los afectos, las memorias y esa confianza silenciosa con la que cada mañana comenzamos el día. Durante las horas posteriores hemos aprendido de nuevo la densidad de palabras tan elementales como refugio, ausencia, búsqueda, herida, vecino, solidaridad. También la fe ha sido sacudida. No necesariamente porque haya perdido su fundamento, sino porque debe desligarse de respuestas fáciles y aprender otra vez a escuchar: escuchar el clamor de quienes buscan a los suyos, el silencio de quienes ya no encuentran palabras, el miedo que persiste después del movimiento telúrico y las preguntas que ningún balance estadístico puede contener.

La Escritura no ofrece una explicación secreta del terremoto. No revela una intención escondida detrás de las placas tectónicas ni autoriza a convertir la tragedia en un mensaje cifrado de Dios. Ofrece algo más humilde y acaso más necesario: una gramática para lamentar, acompañar, discernir, y esperar. El terremoto no es Palabra de Dios; pero la Palabra de Dios puede enseñarnos a vivir, a acompañarnos y a esperar después del terremoto. Puede impedir que confundamos la fuerza destructora con la voluntad divina; puede liberar a las víctimas de toda sospecha moral (es decir, de la acusación de haber merecido su desgracia); puede convertir al lector de la Escritura en prójimo y la esperanza en responsabilidad histórica.

1. “Aunque tiemble la tierra”: una fe que no silencia el duelo

El Salmo 46 (45) comienza con una confesión que adquiere una resonancia nueva cuando se lee en una ciudad herida:

«Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar» (Sal 46,2-3).

El salmo, perteneciente a los cantos de Sión, no describe periodísticamente un terremoto. Construye una escena de desestabilización cósmica: la tierra se altera, los montes pierden su sitio, las aguas braman. En la imaginación bíblica, aquello que parecía más estable se hunde en el ámbito del caos. Frente a esa conmoción, la primera palabra del poema no es una teoría acerca del mal, sino una relación: “Dios es nuestro refugio…”. El sustantivo maḥăseh (מַחֲֶסֶה), refugio, designa un lugar de amparo; ʿōz (ֹעֹז), fuerza, señala la fortaleza que sostiene; y peligro pertenece al campo de ṣārâ (צָָרָה), la estrechez que cerca la vida y parece dejarla sin salida. Dios es reconocido como defensor encontrado en medio de esa estrechez, no como garantía de que nunca acontecerá[2].

Esta diferencia es esencial. La fe bíblica no consiste en asegurar que la tierra jamás temblará, que las edificaciones de los creyentes permanecerán intactas o que ninguna persona piadosa morirá. Prometerlo sería convertir la confianza en superstición y cargar sobre las víctimas una culpa adicional: la sospecha de no haber creído lo suficiente. El salmo no niega que el mundo pueda estremecerse; confiesa que, incluso cuando se desordenan nuestras seguridades, la vida no tiene que quedar abandonada a la intemperie.

Pero la confesión de confianza no puede pronunciarse contra el duelo. Dentro del Salterio, los himnos de confianza conviven con preguntas como «¿Hasta cuándo, Señor?» (Sal 13,2) y con el grito que Jesús mismo hará suyo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22,2; Mc 15,34). La Biblia no obliga al que sufre a comenzar por la respuesta correcta; le concede lenguaje para gemir. Antes de pedirle a Pereira y a Colombia que se sobrepongan, es necesario reconocer su derecho a llorar, a temer las réplicas, a no comprender y a guardar silencio. Lamentarse ante Dios no es abandonar la fe: es negarse a sufrir fuera de su presencia.

Aunque tiemble la tierra
Iglesia del barrio El Carmen, de Manizales. Crédito: Yon Alex Salazar

2. “En el terremoto no estaba el Señor”: liberar a Dios de nuestras explicaciones

Pocas escenas bíblicas resultan tan necesarias en este momento como el encuentro de Elías con Dios en el Horeb (que, además, fue la primera lectura de la eucaristía del pasado domingo, un día antes de este episodio telúrico:1 Re 19,9a.11-13a). El profeta llega exhausto, amenazado y deseoso de morir. Se refugia en una cueva y espera el paso del Señor. Ante él se suceden un huracán capaz de quebrar las peñas, un terremoto y un fuego. El relato introduce una negación insistente: El Señor no estaba en el huracán, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego. Después sobreviene « » «el susurro de una brisa suave» (qôl dəmāmâ daqqâ (קוֹל דְּמָָמָה דַָקָה), expresión paradójica que puede verterse como «voz de un silencio tenue» o «sonido de un silencio sutil»). Qôl puede significar voz o sonido; dəmāmâ, quietud o silencio; daqqâ, algo fino, leve, apenas perceptible. Más que describir simplemente una brisa agradable, la fórmula obliga a escuchar de otra manera[3].

El sustantivo raʿaš (רַַעַשׁ) puede designar temblor, estremecimiento o terremoto. La afirmación «en el terremoto no estaba el Señor» posee aquí, para nosotros en Colombia, una fuerza teológica liberadora. No significa que Dios se ausente de quienes padecen el desastre. Significa que no debemos identificar la violencia del fenómeno con su voluntad ni atribuir a la destrucción el rango de revelación divina. Dios no estaba en la fuerza que derribó las casas como si esa fuerza fuese su discurso; puede ser reconocido, en cambio, en la presencia que escucha el clamor, en la voz que llama a quien permanece atrapado entre los escombros, en las manos de los que los remueven y en el silencio respetuoso de quien acompaña una pérdida que no sabe explicar.

El relato tampoco concluye en una experiencia intimista. La voz pregunta a Elías: «¿Qué haces aquí?» (1 Re 19,13). Después lo devuelve al camino y le confía una tarea. El silencio en el que Dios se deja reconocer no evade la historia: restituye al profeta su responsabilidad dentro de ella. También hoy la pregunta por la presencia de Dios desemboca inevitablemente en otra: ¿qué hacemos nosotros aquí, junto a quienes han quedado heridos, afectados, evacuados, desplazados, empobrecidos o solos?

El evangelio de Lucas corrige una segunda deformación religiosa (Lc 13,1-5)[4]. A Jesús le hablan de unos galileos asesinados por Pilato. Él añade el recuerdo de dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé y pregunta: «¿Piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?» (Lc 13,4). La respuesta es inequívoca: no. Jesús se niega a convertir la desgracia ajena en prueba de una culpa oculta. No investiga pecados secretos de las víctimas ni ofrece una causa providencial para el derrumbe. Interrumpe la mirada comparativa mediante la cual los sobrevivientes podrían sentirse moralmente superiores.

Quienes murieron no fueron castigados; quienes sobrevivimos no fuimos premiados. La llamada de Jesús a la conversión permanece, pero cambia de dirección: no nos invita a descifrar la culpabilidad de los otros, sino a reconocer nuestra vulnerabilidad común y a transformar nuestra manera de vivir. Convertirse, después de una tragedia, puede significar abandonar la indiferencia, revisar las prioridades, proteger al débil y comprender que ninguna vida se sostiene por sí sola. Por la misma razón, los anuncios de guerras, hambres y terremotos en el discurso escatológico no autorizan el alarmismo: Jesús advierte expresamente que «todo esto ha de suceder, pero no es todavía el final» (Mc 13,7-8). La fe vigilante no calcula fechas sobre los escombros ni convierte el miedo colectivo en instrumento de predicación.

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Iglesia de Chipre, en Manizales. Crédito: Juan David Rivera @riverajuanda

3. La creación gime: vulnerabilidad, esperanza y justicia

Pablo ofrece en Rom 8,18-25 un horizonte capaz de acoger el sufrimiento sin atribuirlo a un sistema mecánico de premios y castigos. La creación fue sometida a la caducidad y aguarda ser liberada de la corrupción. El apóstol resume esta condición con dos verbos: systenázei (συστενάζει), gime conjuntamente, y synōdínei (συνωδίνει), sufre conjuntamente dolores de parto. La preposición syn- subraya una experiencia compartida: no gime una criatura aislada, sino la creación entera. También nosotros gemimos interiormente y, unos versículos después, el Espíritu intercede con gemidos inefables. Creación, humanidad y Espíritu componen así una profunda comunión del gemido[5].

«Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.» (Rom 8,22).

La imagen de los dolores de parto no debe utilizarse para disminuir la muerte ni para afirmar que cada desgracia produce automáticamente un bien mayor. Pablo no explica por qué una persona concreta quedó bajo los escombros y otra consiguió salir. Afirma algo distinto: la creación no se encuentra todavía en la plenitud para la cual ha sido llamada. La esperanza no borra el sufrimiento presente; impide que ese sufrimiento sea toda la realidad y tenga la última palabra. Por eso «una esperanza que se ve, no es esperanza» y esperar exige perseverancia (Rom 8,24-25). No se trata de un simple optimismo, sino de una persistencia confiada dentro de lo que aún no podemos resolver.

Reconocer la vulnerabilidad de la creación no debe conducir al fatalismo. El sismo es un fenómeno natural, pero una catástrofe nunca afecta a todos del mismo modo. La calidad de las construcciones, la pobreza, la densidad de los barrios, las posibilidades de evacuación, la capacidad hospitalaria y la fortaleza de las instituciones condicionan profundamente sus consecuencias. La tierra tiembla sin seleccionar a sus víctimas; las desigualdades sociales, en cambio, distribuyen de manera desigual la posibilidad de protegerse y recuperarse.

Una lectura bíblica responsable, que pretenda iluminar la realidad con la luz de la Palabra de Dios, no puede contentarse con consolar interiormente (siendo esto necesario y urgente). Debe preguntar también por las edificaciones seguras, la atención transparente a los damnificados, la protección de niños, ancianos y personas con discapacidad, la continuidad del acompañamiento psicológico y espiritual, y la reconstrucción de viviendas dignas. La esperanza pierde su verdad cuando sirve para tolerar aquello que puede y debe transformarse. La creación espera su liberación, y esa espera compromete la libertad de quienes podemos reducir riesgos, reparar injusticias y cuidar la vida.

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4. El Dios de todo consuelo: hacerse prójimo entre las ruinas

La pregunta más honesta después del terremoto no es “¿por qué lo envió Dios?”, sino “¿dónde podemos reconocer su presencia?”. Pablo llama al Padre «Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Cor 1,3-4). 

El término paráklēsis (παράκλησις) reúne los sentidos de consuelo, aliento, exhortación y fortaleza. No designa una frase que clausura el dolor, sino una presencia capaz de sostenerlo. Además, el texto contiene un movimiento: el consuelo recibido no termina en quien lo recibe; lo capacita para acompañar a otros.

Esta circulación del consuelo posee una dimensión profundamente pragmática. La Palabra no se limita a declarar que Dios acompaña: configura una comunidad acompañante. La paráklēsis toma cuerpo en la búsqueda, el rescate, la atención médica, la comida compartida, la casa que se abre a la hospitalidad fraterna, la donación solidaria, la escucha que no invade y la compañía que permanece cuando disminuye la atención pública. Ninguna de estas acciones agota la presencia de Dios ni permite apropiarnos de ella; pueden, sin embargo, convertirse en signos históricos de una misericordia que se acerca.

La parábola del samaritano ayuda a precisar esta respuesta. Jesús no concluye preguntando quién pertenecía previamente a la categoría de prójimo, sino quién se hizo prójimo del hombre caído. El samaritano ve, se conmueve, se acerca, venda las heridas, carga al herido, lo conduce a un lugar seguro, asume los gastos y promete regresar (Lc 10,33-35). La compasión bíblica tiene verbos. No contempla la desgracia desde lejos ni reduce la solidaridad a emoción pasajera. Ante el terremoto, la pregunta decisiva no es solamente quiénes son los damnificados, sino quién se está haciendo prójimo de ellos.

Gustavo Gutiérrez mostró, al leer el libro de Job[6], el fracaso de un lenguaje religioso que defiende su sistema a costa del inocente. Los amigos de Job hablan mucho de Dios, pero no escuchan suficientemente el sufrimiento que tienen delante. La verdad teológica no puede separarse de la cercanía gratuita y de la práctica de la justicia. También nosotros podríamos emplear afirmaciones doctrinalmente solemnes y, sin embargo, herir a quienes sufren si les decimos que “todo sucede por algo”, que “Dios sabe por qué hace sus cosas” o que la tragedia era necesaria para despertarnos. Las víctimas no son recursos pedagógicos destinados a mejorar espiritualmente a los sobrevivientes.

La solidaridad tampoco debe ser romantizada. Su primera irrupción es conmovedora, pero la prueba más difícil comienza cuando pasan las noticias urgentes. Hacerse prójimo significa permanecer, vigilar la transparencia de las ayudas, impedir que los más pobres vuelvan a ocupar los lugares más inseguros y preservar los nombres de quienes murieron. El consuelo cristiano no sustituye la justicia: la acompaña, la exige y le concede un rostro.

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Iglesia de Cristo Rey, en Manizales. Crédito: Yon Alex Salazar

5. Esperar con las heridas abiertas

El centro cristológico de esta esperanza aparece con una delicadeza singular en Jn 20. Los discípulos están encerrados por miedo. Jesús resucitado se coloca en medio, les comunica la paz y les muestra las manos y el costado. La resurrección no convierte la pasión en algo que nunca hubiera ocurrido. El Viviente conserva las heridas. Ya no son el lugar de la derrota definitiva, pero tampoco han sido borradas para fabricar una victoria sin memoria.

Esta imagen impide comprender la recuperación como simple regreso a la vida anterior. Sobreponerse no significa olvidar a los muertos, silenciar el miedo ni apresurar los ritmos del duelo. Tampoco significa exigir fortaleza permanente a quien ha quedado sin casa o ha perdido a una persona amada. Significa aprender a vivir sin permitir que la herida absorba toda la identidad y todo el futuro. La Pascua no niega el Viernes Santo; abre dentro de él una posibilidad que la muerte no podía producir por sí misma.

La cruz, además, no ofrece una explicación exterior del sufrimiento. Revela a un Dios que no contempla impasible la aflicción humana, sino que en Jesucristo entra en la condición del rechazado, del herido y del que grita abandono. Como ha insistido Moltmann[7], el Crucificado obliga a pensar a Dios desde su solidaridad con quienes padecen, y la resurrección convierte esa solidaridad en promesa de futuro. Esto no permite afirmar que comprendemos desde fuera el dolor singular de cada víctima. Nos permite confesar que ninguna víctima cae fuera de la cercanía de Dios.

El Apocalipsis lleva esta esperanza hasta su horizonte último. No muestra almas que escapan de la tierra, sino una ciudad nueva que desciende y una voz que anuncia la morada de Dios con la humanidad:

«Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,4).

Dios enjuga las lágrimas; no las prohíbe. La visión no autoriza a desatender el dolor presente con la promesa de un más allá. Precisamente porque espera un mundo sin llanto, la comunidad creyente comienza ahora a enjugar lágrimas concretas. Precisamente porque espera una ciudad habitable, trabaja para que la reconstrucción no reproduzca la vulnerabilidad anterior. La escatología se vuelve responsabilidad histórica: vivienda segura, memoria de las víctimas, cuidado de la salud mental, redes comunitarias, vigilancia ciudadana y atención preferente a quienes poseen menos recursos para comenzar de nuevo.

Aquí la Escritura actúa como zikkārôn (זִָכָרוֹן), memorial performativo. No nos hace recordar para quedar aprisionados en el pasado, sino para que el dolor reconocido transforme el presente. Conserva las voces de comunidades que también conocieron destrucción, exilio, miedo y recomienzo; al ser leídas hoy, esas voces nos conceden palabras y, al mismo tiempo, nos preguntan qué clase de lectores estamos dispuestos a ser. La Palabra nombra el duelo, corrige nuestras falsas imágenes de Dios, nos convierte en prójimos y abre delante de nosotros un futuro que debe ser acogido y construido.

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Iglesia de la Inmaculada, en el Parque Caldas de Manizales

La esperanza permanece en pie

La esperanza cristiana no promete que la tierra no volverá a temblar. Tampoco devuelve intacto el mundo existente antes de la tragedia ni responde a todas las preguntas que han quedado abiertas. Nos concede algo distinto: la certeza de que ninguna ruina contiene por sí sola el futuro, de que ninguna ausencia es insignificante para Dios y de que ninguna herida debe atravesarse en soledad.

Pereira, y Colombia entera, necesitará tiempo. Habrá que reconstruir edificaciones, pero también confianzas, hábitos, vínculos y proyectos de vida. Habrá que recordar sin quedar detenidos, llorar sin avergonzarnos y ayudar con respeto por el dolor ajeno. En ese proceso, la fe no será la explicación que resuelve el terremoto, sino la confianza que nos impide abandonar a quien lo padece. No nos ahorrará el duelo; nos enseñará a habitarlo juntos. No reemplazará la ciencia ni la responsabilidad pública; las recibirá como formas indispensables del cuidado de la vida.

Cuando la tierra pierde su firmeza, Dios no aparece como la fuerza que destruye, sino como el refugio que acoge, el silencio que acompaña, la mano que rescata y la comunidad que reconstruye. Esperar no es cerrar los ojos ante los escombros. Es mirarlos con verdad, levantar juntos cuanto pueda ser levantado y negarnos a concederles la última palabra.


[1] Servicio Geológico Colombiano. (2026, 10 de agosto). Servicio Geológico Colombiano actualiza la información sobre el sismo ocurrido en San José del Palmar, Chocó. https://www2.sgc.gov.co/Noticias/Paginas/SGC-actualiza-la-informacion-sobre-el-sismo-ocurrido-en-San-Josedel-Palmar-Choco.aspx

[2] Brueggemann, W.; Bellinger, W. H., Jr. (2014). Psalms. Cambridge University Press.

[3] Zamora García, P. (2011). Reyes I: La fuerza de la narración. Editorial Verbo Divino.

[4] Fitzmyer, J. A. (1987). El Evangelio según Lucas III: Traducción y comentario. Capítulos 8,22–18,14. Ediciones Cristiandad.

[5] Vanni, U. (1995). Le lettere ai Galati e ai Romani: Versione, introduzione, note (9.ª ed.). San Paolo Edizioni

[6] Gutiérrez, G. (1986). Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente: Una reflexión sobre el libro de Job. Sígueme.

[7] Moltmann, J. (2022). El Dios crucificado: La cruz de Cristo como base y crítica de la teología cristiana. Sígueme.


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    Bogotá, 1968. Sacerdote escolapio, biblista, educador del Equipo de Pastoral del Colegio Calasanz de Pereira y profesor de Sagrada Escritura del Seminario Mayor de la Diócesis de Pereira. Profesor e investigador en ciencias bíblicas, exégesis y hermenéutica. Su trabajo busca poner la Escritura en diálogo con la vida concreta de las personas, especialmente allí donde la fe se pregunta por el sentido, el consuelo y la esperanza.

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