Madre de un niño-rana
Inspirado en El abrazo de amor del universo (1949) de Frida Kahlo.
¿Dónde diablos habrá dejado el de punta más fina?
Por un momento refunfuña, imaginando que los objetos se extravían por burla de los duendes o por efecto de los opiáceos, y enseguida suelta una ráfaga de carcajadas que resuenan en todo el taller. Escarba entre uno de los jarros donde guarda los pinceles.
Arropada por su rebozo marrón claro y sentada frente al caballete, oye un par de ladridos del señor Xó-lotl que provienen del patio central. Corrobora que la compañía de un ser así es irremplazable: la inocencia de un solo animal supera, por mucho, el odio del mundo entero. Sonríe de gusto al advertir la intrepidez con que la luz del mediodía atraviesa las ventanas. Nada ni nadie más resuelto que el sol, que el sol mexicano.
No puede continuar así o enloquecerá. ¡Maldito desorden! Tras arrojar sin misericordia al bote de basura unos cuantos pinceles con la punta seca y el mango desastillado, encuentra el que busca. Con un gesto marcado todavía por el enfado, lo desliza por la paleta en el área del amarillo quemado y, en el lado inferior derecho del lienzo, traza su firma, así como el año correspondiente. ¿Por qué no desea que su nombre ocupe demasiado espacio? ¿Ha sido medrosa con esto? ¿Es demasiado tarde para cambiar?
Su mente da traspiés, y para remediarlo abre una botella, bebe del pico, quiere quemarse la garganta y flotar. ¡Ah, suspenderse en el aire como un pétalo de cempasúchil! Goza delineando letras con bordes angulosos, disfruta del efecto lento del secado. En este lienzo de setenta centímetros de ancho por sesenta de alto ha representado a sus grandes amores: Diego, México y la naturaleza.
La emoción no puede ser más intensa: complacencia mezclada con júbilo y extenuación. ¿Cómo demonios ha podido culminar una obra con tal riqueza de detalles? Parece imposible que, con la precariedad de su salud, haya logrado acabar una pintura que ha exigido tanto de sí misma. Es el latido del arte; así como su bravía, que no la abandonan, lo que le ha permitido llegar a este punto.
¿Cómo es posible que pase casi media hora examinándose la palma de la mano izquierda, con la boca entreabierta, siguiendo el curso de cada línea y sus ramificaciones como una científica concentrada en el visor de un microscopio? Quizás busca en su propia piel la clave de algún misterio.
El señor Xólotl da vueltas y vueltas por el patio central siguiendo una simpática geometría y, por fortuna, no apaga su ladrido firme. Frida desliza su dedo índice por la línea del corazón de la mano izquierda, sigue con la de la cabeza y, finalmente, con la de la vida, que se le antoja corta.
¿Quiere ser vieja? Vieja ya es, pero viejita… jamás.
Nadie sensato en su condición querría vivir más de cincuenta años. Mejor sería irse ya al mismo lugar donde vagan las almas en pena que convertirse en un ser decrépito. ¿Es heroísmo? No. Más bien flojera.
****
Regina, aquella amiga de Diego, la de los ojazos verdes, aretes de calendario maya y un matorral de pelo negro trenzado, le había dicho la noche anterior a Frida, en medio de la fiesta, que su mano era del tipo sensible, es decir, con palma y dedos alargados. Frida pensó que no solo sus manos, sino también su tronco, extremidades y cabeza eran del tipo sensible, pero no dijo nada para no interrumpir su concentración brujeril.
Regina sostuvo la mano derecha de Frida, con la respiración un poco agitada y el ceño encogido, y afirmó que quienes poseen esa forma de mano son personas con imaginación fértil, espíritu maternal y carácter volátil. ¿Se consideraba a sí misma una mujer brillante, mística y voluntariosa como afirmaban sus amigos?
Frida le preguntó a Regina si era posible saber qué pasaría con su obra artística, dicho de otro modo, cómo la trataría el tiempo. Antes de contestar, Regina se llevó la mano a la nariz varias veces, como si solo a través de ese acto obtuviera la respuesta.
Un minuto después dijo que, para lograrlo, necesitaría atrapar alguna parte de su cuerpo; le pidió que le diera las manos para guardarlas dentro de las suyas.
Regina cerró los ojos, murmuró algo ininteligible en lo que parecía náhuatl y pronunció las siguientes palabras a una velocidad exageradamente lenta:
—Tu obra perdurará. Será vendida en una subasta, esto ocurrirá en una gran ciudad. Será un autorretrato con la imagen de Diego en la frente, y a su vez, un tercer ojo en la frente de Diego.
Regina calló, y Frida sonrió, segura de su pronóstico. Luego liberó las manos de la artista que, llevada por el arrojo del desconcierto, se abrió paso con el bastón entre los invitados hasta la cocina para servirse otro tequila.
*****
¿Qué es lo que su estudio tiene hoy para que no quiera moverse de allí? Su madre a menudo la tildaba de antojadiza, pero ella se ha considerado siempre una mujer de férreas pasiones. La emoción de la obra recién terminada la conforta y, a la vez, le produce una sed insoportable, de modo que busca la jarra de agua de Jamaica, pero la encuentra vacía. Agarra otra vez la botella. ¿Qué tiene que ver el día con la sed? Bebe dos sorbos. El aroma de la trementina mezclado con el del licor la hace suspirar de pura complacencia; quizás sean estos dos sus olores favoritos, junto con el de la piel de Diego.
Una punzada en la espalda logra detenerla por un segundo, pero pierde cuidado y vuelve a beber; el dolor fisico no debe y no puede vencer el placer por la vida y la creación artística.
Horas antes, Frida había decidido, junto con la cocinera, el menú de ese jueves soleado. No piensa bajar al comedor, pide que le lleven al estudio. El tequila le abre el apetito, le calienta la garganta y el pecho, y también enciende algunas luces del alma que creía apagadas. El pensamiento creativo se dispara junto con la lujuria y las ganas de vivir, si es que no son lo mismo. ¡Qué mujer tan antojadiza! Se saborea solo de imaginar las albóndigas de cerdo enchipotladas, las tortitas de papa y los buñuelos con miel de piloncillo.
El mundo es una fiesta permanente y empieza por lo que se echa al estómago.
El cansancio de ninguna manera le impedirá bocetar su nueva obra: Diego y yo, esa que ha estado rondándola por meses y que, según Regina, será vendida por un montón de dólares. Imagina los trazos de su propio rostro, lágrimas blancas escurriendo sobre sus mejillas, mechones de pelo envolviendo su cuello, fondo verde oliva, una rejilla oscura sobre la clavícula.
En su cuerpo quebrado, Frida alberga todavía descaro, osadía y curiosidad. Contempla de nuevo la palma de su mano izquierda, exhala con fuerza y sigue, con idéntica mirada exploradora, el curso de cada línea y sus ramificaciones.

La editorial Jaravela, de Manizales, publicó recientemente Galería de desvaríos, de la escritora bogotana Sonia Ramón, un volumen con nueve cuentos en los que la autora explora la confluencia entre literatura y artes visuales, con una estética que oscila entre lo onírico y lo visceral.
A partir de obras pictóricas de artistas como Remedios Varo, Débora Arango, Edward Hopper, Francisco de Goya, Gustav Klimt, Marc Chagall, Frida Kahlo, Leonora Carrington y Edgar Degas, la autora construye relatos intensos, de atmósfera surreal, en los que las mujeres aparecen como sujetos atravesados por la corporalidad, el deseo y la sensibilidad.
El trabajo de Sonia Ramón ofrece una nueva conexión entre la literatura y la pintura, un ejercicio que ya había propuesto en 2020 Angélica Ávila Forero con Museo Voraz, de Laguna Libros, otra obra en la que el lector encuentra un museo de ficción, abierto al público, con piezas elaboradas por artistas colombianas (solo mujeres) en los últimos 100 años.
Galería de desvaríos
Sonia Ramón
Jaravela Editores. Colección: Nébula
Manizales, Colombia
Abril de 2026
171 páginas
ISBN: 978-628-97473-2-4