«¿Por qué no me invitan a jugar?» Una entrevista con David Toscana

5 de mayo de 2026

Concibo la novela como una sinfonía. Y la sinfonía ya sabemos que tiene pasajes muy distintos, tiene un movimiento que es más suave y hasta sentimental, a veces. La novela debe combinar todo esto.
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En la cálida mañana del 25 de abril, mientras esperaba en el aeropuerto Matecaña el momento de abordar el vuelo con rumbo a Bogotá, la portada de una novela me corroboró el entusiasmo por la Filbo Tanto así que le hice una foto para que se viera algo del edificio y de la pista, el título y una parte de la portada: David Toscana, El peso de vivir en la tierra.

La oportunidad de hablar con el novelista mexicano bien propiciaba la ocasión de elevarse, una vez más, en cuerpo y alma, en un avión, con un libro, dejando el testimonio mudo de unas cuantas instantáneas más. El libro junto la ventanilla con nubes de fondo. David firmando los ejemplares de su obra y, claro está, David en esta conversación.

David, empecemos por un apunte biográfico ¿cómo llegaste a la literatura?

Después de ser muchos años lector. Y lo digo porque yo llegué tarde. Cerca de los 30 años me vino la tentación, la vocación de escribir, después de una relectura del Quijote. Por supuesto, ya no era el adolescente que lo había leído la primera vez.  Encontré tantas cosas maravillosas en la literatura que dije: «¿Por qué no me invitan a jugar a mí también?». Desde entonces comencé a escribir, casi siempre algo emparentado con el Quijote. En El peso de vivir sobre la tierra se ve muy claramente lo quijotesco. En otras novelas hay algo por aquí, por allá, aparece en lo que este personaje, o estos personajes, tienen de desquiciados. A partir de la locura o la borrachera, el cerebro ve el mundo no de la manera ordinaria, sino de otra manera. Lo que entonces da mucha libertad para tratar con la palabra, sin que esté apretada por la razón. La primera novela se quedó perdida en un cajón y la segunda la publiqué, pero la desconocí. Encontré mi voz hasta la que sería mi tercera novela. A partir de ahí siento que hallé lo toscaneano y he seguido una ruta tratando de afinarla, ya con voz propia.

Un cementerio de circos, una mesa en el fondo de una cantina para entrenarse a un viaje especial, el regreso de 15.000 ciegos… ¿Cómo encuentras los argumentos de tus obras?

No sé, aparecen por cualquier lado. No siempre hay un lugar. La última novela [El ejército ciego, Premio Alfaguara 2026], por supuesto, nació leyendo sobre historia medieval. Allí me encuentro lo que les pasó a estos búlgaros que pierden la guerra y son obligados a regresar sin sus ojos. La idea de Santa María del Circo fue todavía más peregrina: tomando cerveza con unos amigos. Alguien dice «no hay novela de circo en México» y respondo yo «ah, pues yo la escribo». Pero no fue así de fácil y tuve que esperar hasta que se me ocurrió esa idea cuando pasaba por un pueblo abandonado: «¿qué pasa si llega el circo a este lugar». Otra novela, El último lector, también surgió de otra visita a un pueblo —que no estaba abandonado, pero era bastante modesto— y dije «¿qué pasaría si hubiera una biblioteca aquí?».

De esos pequeños detalles aparece lo que siempre he llamado la semilla. Detrás de esta idea, de esta anécdota, de este hecho, me preguntó cuál es la novela que está ahí. Esa es la parte que quiero descubrir.

El peso de vivir sobre la tierra nos revela a un David que ha estudiado la literatura rusa. Qué estuvo primero: ¿la anécdota, la historia o el lector?

Solamente haría una ligera edición con la palabra «estudio». Yo la he leído y la he disfrutado mucho, pero no la he estudiado. Lo primero que hice fue ser un amoroso lector de literatura rusa. La leí desde siempre. Los dos primeros libros que llegaron a casa fueron el Quijote y Crimen y castigo. Han sido mis amores durante mucho tiempo. Con Cervantes prácticamente me quedé en el Quijote. En cambio, a partir de Crimen y castigo me fui metiendo en las obras completas de Dostoievski y después en todos los clásicos rusos.

Leer y releer. Me dio mucho entusiasmo escribir esta novela porque estaba releyendo todo lo que me gustaba. Como escritor, necesitaba tener toda esta energía, pues era un proyecto al que le iba a dedicar tres años al menos. Entonces, si me aburro yo, pues ¿cómo se aburrirá el lector? Primero vino ser lector y luego bastaba casar un poco la idea del Quijote leyendo novela de caballería con este otro personaje leyendo novela rusa.

Quienes comentan tu obra destacan el trabajo con el humor. Si bien se refieren a un humor negro, yo siento que también hay una propuesta con mucha ternura.

Concibo la novela como una sinfonía. Y la sinfonía ya sabemos que tiene pasajes muy distintos, tiene un movimiento que es más suave y hasta sentimental, a veces. La novela debe combinar todo esto. En El ejército ciego la tragedia no tiene que ser tragedia, puede ser otra cosa.

La ternura que sale es porque me llego a encariñar mucho con los personajes. Uno convive con ellos, les tratas de dar humanidad. No es que seas ningún demiurgo, pero llegas a tener una relación con ellos. Yo leo el Quijote, para seguir citando en la misma línea, y me causa una ternura tremenda. Me parece que, aun siendo un personaje, lo quiero más de lo que quiero mucha gente de carne y hueso. Le debo más. Al crear personajes también convivo con ellos. Como escritor no me corresponde ser cínico ni cruel y al final sí ocurre lo que tú dices, que hay algo de ternura.

En El ejército ciego, el tono de la parábola, de la fábula, me recordaban un acento de Las mil y una noches, un tinte oriental que no sabría definir.

Sí, yo tampoco lo sabría definir, pero si lo ves seguramente está ahí porque parte de mis relecturas para esta novela fueron Las mil y una noches. La tuve muy presente por esta forma que tienen de contar las cuestiones sobrenaturales. En la novela no aparece la magia, no aparecen los genios encerrados, la gente no se convierte en perro por un hechizo, pero sí hay una forma de narrar donde, sin entrar en muchos detalles, te metes en una realidad. Entonces si se me filtró algo de ahí y si tú lo viste, te voy a decir que sí está. Pero de que yo estuviera consciente, no.

En El ejército ciego, la Iglesia griega está presente con unos debates muy interesantes entre los que también está la escritura a través del escriba que es Kózaro.

Me estoy ubicando en una Bulgaria donde el cristianismo todavía es joven y se toma en serio. Y tomar en serio algo es cuestionarte algunas cosas. En el siglo IV se hace el concilio de Nicea. Hay que saber en qué vamos a creer y sale un credo. Y ese credo dice cosas en las que no creemos o que la mayoría de la gente no entiende. Cuando en el credo se reza «engendrado, no creado», yo le pregunto a la gente que lo reza: ¿y cuál es la diferencia? No sé, no sé cuál es la diferencia entre engendrado y no creado. Pues no andes diciendo que crees en algo que no sabes ni qué es. ¿Y esperas la resurrección de los muertos? ¿De veras esperas que los muertos van a salir de las tumbas? Pues no. ¿Entonces por qué dices que crees?

Entonces por eso salen ciertas ideas que parecen curiosas, como decir que si Cristo murió entonces tuvo que bajar al infierno como hombre. Aquí solamente dicen «bueno, y bajó y se trajo unas almas de allá». ¡Espérame! Estuvo tres días allá. ¿Qué pasó? ¿Y cómo era? Entonces era como si apenas te contaran una historia por primera vez y por eso estás lleno de dudas y los mismos religiosos decían: «Ay, pues me están haciendo preguntas que no sé cómo contestar».

Kózaro el escriba, es un hombre religioso. La única forma de tener educación, saber leer y escribir era estar en un monasterio. Y cuando a los búlgaros les dan el alfabeto, fue porque se convirtieron al cristianismo. El cristianismo es una religión de un libro sagrado. «No tenemos el libro, ni siquiera tenemos alfabeto. ¿Cómo vamos a tener una religión?». Esto fue muy natural cuestionárselo. «Vamos a traernos a Cirilo y Metodio que nos diseñen un alfabeto, que nos den un léxico de un montón de palabras que no conocemos porque somos paganos, no sabemos nada del cielo, del infierno, ni siquiera tenemos estas ideas, estas palabras, jamás nos ha pasado por la cabeza que existe el pecado original y no tenemos un vocabulario para hablar de esto». Entonces no solo fue darles el alfabeto, fue darles un léxico y empezar a aprender de qué se trataba esta religión. Y pues no entró como cuchillo en mantequilla. De hecho, hubo intentos para volver al paganismo. Hubo rebeliones y decían «No, ¿para qué queremos este Dios y este Cristo y la bondad y no sé qué, si estamos siempre en guerra? Queremos nuestros ídolos paganos, queremos…». De hecho, buena parte de la creencia de los búlgaros fue filtrándose de una manera que se terminó llamando la de los cátaros. Pero ya esto es una historia compleja que no te voy a contar ahora.

Una novela como El ejército ciego requiere una planeación exhaustiva. ¿Cómo es la dosificación para saber cuál es el momento indicado para que ocurra esto o aquello? Dentro de esa composición orquestal, ¿cómo se determinan los pasajes de dicha sinfonía? ¿cómo es la disciplina de David?

Primero tengo que decir que me encantaría que yo pudiera haber planeado las cosas, pero nunca puedo trabajar así. Todo es intuición, prueba, error. «Esto me salió mal, este personaje no me gustó, vámonos otra vez atrás. Este episodio salió mal, lo borramos. Yo pensé que este personaje iba a ser importante pero no, tenía una situación…” Por ejemplo, la primera vez que concebí la novela tenía mucho más que ver con la Anábasis de Jenofonte, con esta marcha a casa. Y después había tantos episodios que me decía «no, mira, que se quede el del mar, cuando los ciegos se meten al mar; que se quede cuando los cuervos vienen, cuando se tiran por un acantilado algunos». O sea, seleccioné de todo este periplo los que de veras sentía que aportaban a la novela y no que yo quisiera crear una sensación de realidad para contarte cómo llegaron a casa.

La única concesión que tuve —pero también porque me interesaba el tema— era la de cómo llegan los ciegos a casa. Cómo caminan durante más de un mes y quién les da de comer. Entonces me costó mucho trabajo resolver esto hasta que caí en la cuenta de que, si Basilio lo que más deseaba en el mundo era que los ciegos llegaran a casa, entonces él mismo los iba a alimentar y les iba a ir dejando suministros por ahí.

Esto tampoco es descabellado. A los prisioneros de guerra siempre los alimentaron. Cuando caen los judíos, lo cuenta Josefo, cuando son derrotados en Jerusalén, llevan a 97.000 prisioneros para el desfile triunfal en Roma. ¡Vaya de lo que es llevar y alimentar 97.000 personas! Entonces era muy común, los prisioneros se trasladaban grandes distancias y se les daba de comer. No muy sabroso, pero sí se les mantenía vivos.

Y es que muchas veces eran tu botín, los vendías como esclavos, entonces no los querías muertos. Y al final, bueno, me invento una palabra que no existe: buselato. Buselato viene del latín buccellatum. Es que en español se dice «galleta», pero es muy feo decir que les dejaban galletas ahí. Este pan seco se usaba en los viajes de las carabelas de Colón y en todos los viajes antiguos. Necesitaban un pan que no se estropeara, sin levaduras, con poco encanto, el alimento de los ejércitos y de los prisioneros.

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El tiempo se termina. Todo lo que ha sido este viaje no ha dejado de ser una misma celebración de la literatura, de la novela. Dentro de pocas horas, otro vuelo estará regresándome al engranaje del colegio y las tareas compartidas. Para agradecer a Emmanuel la paciencia y la compañía en toda la tarde, lo invito a La Galiet por una malteada de achiras con arequipe y una galleta cheescake de maracuyá. Debió ser cerveza, para brindar. O mejor aún tequila para celebrar al mexicano. Qué digo, tendría que haber sido vodka para seguirle el juego a Toscana, a Nikolai, a Marfa…

«Griboyédov les dio la sorpresa de sacar dos botellas, una de brandy, la otra de whisky. Sin ninguna ceremonia las destaparon y las pasaron de trago en trago. Brindaron por la poesía, por las novelas, por la vida que era poesía y las novelas que eran la vida”.

El peso de vivir en la tierra, David Toscana.

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David Toscana (Monterrey, México, 1961) ha recibido en su carrera literaria reconocimientos literarios como el José María Arguedas (2008), el Xavier Villaurrutia (2017), el Elena Poniatowska (2018), el Bienal de Novela Mario Vargas Llosa (2023) y el Alfaguara (2026), por una obra rica y experimental en la que se encuentran títulos como Los puentes de Königsberg, El último lector, La ciudad que el diablo se llevó, El ejército iluminado, Santa María del Circo, Evangelia, Olegaroy, El peso de vivir en la tierra y El ejército ciego, su obra más reciente.

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  • Licenciado y Magíster en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Docente en la IE Miracampos de Quinchía (Risaralda). Ha cultivado la narrativa en cuentos y novelas, así como la reseña de libros en prensa.

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