Camino a una entrevista de trabajo para ser camarero, rezo a todos los dioses posibles para que no me den ese empleo; regresar a la hostelería representa para mí una incomodidad física, un miedo latente, la frustración dada por el fracaso profesional. Si vuelvo allí es porque las opciones de supervivencia se agotan y no puedo huir del gremio que más personal requiere:
Según Forbes España: “El mercado laboral en la hostelería registró una cifra récord en el cuarto trimestre de 2025 de 1,82 millones de empleados, lo que supone un incremento interanual del 7%, según un informe de Randstad a partir de datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y de la Encuesta de Población Activa (EPA)”.
En septiembre cumplo 4 años viviendo en España, dos de ellos trabajando como camarero y cocinero mientras estudiaba Interpretación, años en los que el gremio de la hostelería ha sacado lo peor de mí, ha puesto frente a mí la rabia y me ha exprimido con un cansancio físico y mental que solo entendemos quienes hemos trabajado allí.
Si lo vemos detalladamente, casi todos los meseros son jóvenes estudiantes que deciden tener un trabajo para ayudar a costear sus carreras o para ayudarse económicamente con ciertas obligaciones o gustos, quizás, pero no conozco a la primera persona que me diga que su sueño es ser mesero, y claro, entras a ese universo y sabes por qué ese deseo no existe.
Entiendes también porqué la mayoría de camareros son jóvenes, porque son las personas que tienen la energía necesaria para correr de un lado a otro cargando platos, soportando gritos de extraños y aguantando, además, el ritmo desenfrenado de la noche. La hostelería toma el cuerpo joven, se apodera de él y lo regresa siendo un harapo.
Algunas de las dinámicas que he visto y manejado dentro de este mundo, porque es un mundo en sí este nudo de platos, vasos, gritos, sudor y pies rendidos, ha sido la droga. La mayoría de los camareros que conozco, compañeros míos, para poder resistir las extensas jornadas, acuden a la cocaína para no bajar la guardia y poder soportar la cantidad de borrachos que hay frente a la barra o a la numerosa familia que quieren todo para YA.
Las condiciones laborales son fatales: salarios que no alcanzan a llegar al mínimo, largas jornadas de 16 horas en las que todo el tiempo estás recibiendo energía, información de un montón de desconocidos a los que debes complacer, atender, sonreír —así tengas un mal día—, y ni hablar del aseo, porque en la mayoría de bares y restaurantes, es el camarero quien debe lavar los baños, y a ese lavado se le suma recoger los condones usados que allí dejaron, botar las bolsas con cocaína o MDMA que olvidaron, recoger la basura, limpiar la mierda o el vómito de aquel borracho que dejó todas las paredes salpicadas, intentar sacar a ese borracho, quien además no te quiere pagar después de ver la cuenta, oír los gritos de los niños que llegan con sus familias y tiran todo, recibir la puteada de las personas a quienes su comida no les llegó a tiempo, o quienes quieren cambiar el vaso rojo por el azul mientras estás atendiendo a otras 70 personas, y sobre todo, soportar jefes, muchos de ellos acosadores, personas a quienes se les nota el descontento y la frustración por continuar en ese lugar, esos que te rozan el culo mientras sirves una cerveza, al personal casi siempre nos toca comer en una esquina de la cocina, escondidos como si fuéramos una rata, y sin embargo, a pesar de todo esto, tener buena cara al público.
Solo dos cosas buenas me ha dejado la hostelería. La primera: grandes amigos. El placer que da fumarse un cigarrillo con tus compis de los bares o restaurantes del lado y poder explotar en emociones porque se abre un código de comunicación que ambos entienden. Y lo segundo: la consciencia cuando soy yo quien va de cliente.
Una noche, mientras una amiga y yo tomábamos un pequeño descanso después de la paliza que nos dejó el Día de la madre, me dijo: si los artistas no existieran, tampoco existiría la hostelería, al final esto está lleno de gente sensible que necesitan convertirse en rocas para poder sobrevivir, o sea, un artista.
A mí me gusta escribir, lo he hecho para algunas marcas, me gusta actuar, lo he hecho para varias series y escenarios; sin embargo eso nunca les va a importar a las 20 personas de la reserva Mesa 4 que acaban de llegar. Espero que si alguno de ellos se atora con la comida, entienda que no es mi culpa y me deje explicarle que me pasa igual: también tengo un nudo en la garganta.