Aunque creo que soy una persona empática no había considerado nunca a profundidad lo que puede significar para una persona estar enclosetada. A raíz de la malsana obsesión que desarrollé alrededor de la serie Heated Rivalry (sobre la que también escribí aquí hace unos meses) llegué a los demás libros de Rachel Reid: la saga Game Changers.
Ella es una autora canadiense que se describe a sí misma como poseedora de dos títulos poco importantes y dos hijos interesantes, tiene un diagnóstico de Parkinson para el que pudo conseguir un tratamiento gracias al éxito internacional de la serie, y los libros son seis tomos de historias de romance alrededor de jugadores de hockey homosexuales. Si sigue por ese camino, en sus manos no va a quedar un solo jugador heterosexual, o feo, en el universo que ha construido.
Pero leerla ha sido mucho más que recibir el confort de una serie rosa. Ella es chistosa y reflexiva, y sus personajes están muy bien construidos. Casi todos son jugadores de hockey profesionales, pero cada uno tiene una personalidad característica que uno puede reconocer fácilmente. Además, presenta de una manera muy convincente los diferentes inconvenientes que pueden tener dos personas que se aman sin que los demás puedan, deban, quieran saberlo.
Creo que lo más triste de las narraciones de Reid es la soledad y los peligros que deben afrontar las personas que no pueden vivir su identidad sexual frente a todos por temor a ser rechazados, irrespetados o excluidos. Estas personas muchas veces quedan expuestas a situaciones que pueden poner en riesgo su vida. Piense por ejemplo usted, persona heterosexual, en las ocasiones en que ha quedado de verse con alguien a quien conoció hace poco. Por lo general, alguien más en su vida sabe que usted va para una cita. A veces una cita a ciegas. Si algo sale mal usted puede tomar el teléfono y pedir ayuda. Si esa persona se convierte en un problema, usted tiene una red de apoyo que conoce su historia.
Pienso en un familiar lejano de mi mamá que tomó la decisión de autoexcluirse de su familia. Se fue a vivir lejos de todos, seguramente tratando de poner distancia para poder vivir una vida algo más plena. Cuando murió nos enteramos de que estaba enfermo, que nunca le contó a nadie qué tenía y por tanto no recibió tratamiento. Tenía vergüenza de contar que era homosexual y eso lo mató, literalmente.
Enamorarse debe ser una de las emociones más excitantes que vivimos los seres humanos. Cuando uno ama a alguien quiere proclamarlo, contárselo a todo el mundo, publicarlo en todas las redes sociales. Deben ser pocos los motores con tanta propulsión como el enamoramiento. Piense en lo que debe costar reprimir todo eso. Piense en el cansancio de disimular que no siente lo que siente, todos los días, a toda hora, delante de todo el mundo. Piense en la injusticia de impedirle a la gente que viva eso a plenitud.
Los personajes de Rachel Reid permanecen llenos de conflictos, pensando mal de sí mismos, creyendo que no merecen el amor, que son cobardes, enfermos de depresión y de autocompasión. Y no es su culpa.