Cuando, una mañana, Roy Barreras se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso. Tenía un duro caparazón que le permitía resistir todo tipo de críticas y de embustes. Al alzar un poco la cabeza, vio una convexa barriga parecida a las de los gamonales, surcada por rígidos arcos como escamas, en cuya cima apenas se sostenía el edredón a punto de escurrirse por completo. Innumerables patas, lastimosamente flacas en comparación con el contorno usual de sus piernas, se movían ágiles tanto a la izquierda como a la derecha, y se agitaban sin control ante sus ojos.
A juzgar por la nueva novela de Roy Barreras y por algunas declaraciones en los numerosos pódcasts en los que ha participado como panelista, este podría ser el mayor sueño de su vida: ser el protagonista de una ficción kafkiana, una novela que mostrara que no es aquel político del que siempre se habla cuando se menciona el apelativo “lagarto”, sino un médico de clase media, como cualquier otro, al que se le apareció la política después de viejo. Con tal de no ser un lagarto, preferiría ser un bicho kafkiano.
Aunque, pensándolo bien, ese sería uno de sus mayores sueños, claro está, después de ser presidente, como colombiano que se respete.
Nadie ha vuelto a Roy un personaje literario; solo ha sido un protagonista de numerosas columnas de opinión sobre los entresijos del poder. Tal vez por eso publicó su más reciente novela, Te llamaré Kennedy, en febrero de este año, en la que funge de delirio de múltiples personalidades: está el Roy personaje, está el Roy narrador y está el Roy autor. Roy sin barreras. Hay que decir que se le da bien en la obra eso de camuflarse, a lo mejor por su vocación camaleónica.
Es una historia de autoficción, el género literario narcisista por excelencia, con el sello de Penguin Random House. Pero, más que una novela, además del intento de lavarse la cara, parece más una publicidad de su frustrada campaña, escrita con el propósito de consolidar la idea de que está en su destino ser presidente de Colombia. Solo un dato: el personaje de Roy nació el mismo día en que mataron al presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. En cambio, el Roy Barreras real nació el 27 de noviembre, cinco días después; no es mucho, pero es diferente.
Antes de que esto parezca como el debate del exsenador Jorge Enrique Robledo sobre el supuesto falso lugar de nacimiento del presidente Petro (Robledo ha insistido en que Petro nació en Zipaquirá —Cundinamarca—, no en Ciénaga de Oro —Córdoba—), es decir, que nos quedemos en datos insignificantes, sí me gustaría decir que esta diferencia marca el sentido de la novela: un libro hecho, como ya lo dije, para crear una especie de mitología política de Roy. El Roy autor le tuerce el pescuezo a su pasado para que todo se ajuste con su supuesto sino de ser presidente. Los escritores que escriben autoficción también le tuercen el pescuezo a su pasado para que case con la historia. La diferencia es que todavía los hay que no quieren ser presidentes, o eso quiero creer.
Así le responde la madre del Roy personaje al cura que va a bautizar a su niño. Ella quiere ponerle Kennedy, pero el padre se lo impide, porque Kennedy es apellido, no es nombre. Ella le responde:
“—No importa, padre, quiero ponerle Kennedy, como se llamaba el presidente de los Estados Unidos que mataron hace poquito porque quiero que mi bebé crezca con un nombre importante. ¿Me entiende?”.
En ejercicio de su divino derecho al mansplaining, el padre insiste:
“—Vea, señora, no tengo mucho tiempo para explicarle, pero el apellido se impone a los niños que sean hijos del padre que lleva ese apellido”.
Ante la negativa del cura, le pone Roy Leonardo a su hijito, para que fuera famoso o tuviera el humilde destino de un rey (Roy Rogers era conocido como “El rey de los vaqueros”; roy es rey en francés). Mezcla el nombre de Leonard Franlin Slye, un famoso cantante y actor gringo del género western, con el nombre con el que se volvió famoso, Roy Rogers. Ahí tenemos: Roy Leonardo, como algún Brayan Estiven o como algún Yeison o Bairon, nuestra creatividad de ponernos nombres gringos colombianizados.
No digo que esté mal escrita la novela o que sea mala, aunque a veces se repiten escenas y personajes y se tornan demasiado evidente esas ganas de lavarse la cara del Roy autor. Hay frases que tienen un tufillo de obviedad que diría Faryd Mondragón en sus comentarios de fútbol: “Lo que existe es lo que recordamos porque lo que se olvida es lo que desaparece”.
Sí digo que es una novela más con ganas de ser panfleto que con ganas de ser literatura, aunque podría ser lo uno y lo otro. La ideología que defiende no es un ideario político, sino que la del Roy lagarto o, bueno, perdón, la del Roy bicho kafkiano: el indicado para ser presidente: el médico sacrificado, hijo de campesina, hijo de abuelo liberal muerto en La Violencia, a quien le tocó ser político porque no tuvo de otra.
El juego que propone es cuanto menos inquietante: en un ejercicio de nigromancia revive a Leonard Franklin Slye y lo vuelve uno de los narradores de su historia. Leonard Franklin Slye fue famoso en el mundo bajo el nombre de Roy Rogers, como ya lo dije, y murió el 6 de julio de 1998. De manera que casi 30 años después resucitó solo para contar la humilde historia del Roy colombiano.
La trama inicia en el prólogo de Roy Rogers, quien recibe una carta escrita por la madre del Roy personajes, Nelly Montealegre, en la que dice:
“Tengo en mis brazos un bebé que lleva su nombre. Es una historia de amor y abandono. Espero que herede la valentía, el coraje y todas las cualidades suyas y las de mi padre, quien también fue vaquero, valiente y aventurero, pero en estas tierras lejanas. Usted siempre ha sido de buen corazón. Espero su ayuda para la educación del niño porque quisiera que también fuera actor o alguien importante como usted. Atentamente, Nelly”.
Entonces el resucitado Roy Rogers cuenta la historia del Roy personaje y de los demás, a veces haciéndose pasar por ellos. Por ejemplo, la historia de Henry y Willy, quienes crecieron con Roy en el barrio Las Cruces de Bogotá, pero que el destino los separaría porque terminarían delinquiendo, uno de ellos en la guerrilla, el otro como sicario.
Dice Henry, uno de sus amigos de la infancia, quien era el líder de su combo:
“Cortar vidrios y enmarcar momentos era un buen oficio, pero cortando vidrios no se hacía la revolución y la única manera de acabar con la pobreza, la injusticia y la desigualdad era que el pueblo gobernara, y el pueblo solo podría gobernar con la revolución. (…) No volví al barrio nunca”.
O la historia de la violación de Loló por El Muerto. La cuenta Willy, uno de los amigos del combo de Las Cruces, quien se volvió sicario y luego lo mataron:
“me hubiera podido parar, buscar un garrote, darle con una silla, o con algo, pero no hice nada y vi cómo se perdían detrás de una esquina hacia una calle oscura, el bucito rojo forcejeando y el cabello negro, que fue lo último que vi, y me quedé con su mirada desesperada colgada en el recuerdo y con su voz que todavía oigo, Willy, Willy”.
O la historia de cómo a Nelly, madre del Roy personaje, le tocó presenciar la muerte de su padre en La Violencia. O la historia del Roy personaje entreverada con la del Roy autor, quien estudió medicina por pedido de su madre, porque ella quería que fuera como su padre, el médico que la abandonó: “el eyaculador fugaz a quien nada le debía”. En fin.
También es inevitable ver al Roy autor enmascarado en el Roy personaje haciéndole cunnilingus a su novia Kelly:
“Pasó su lengua de arriba hacia abajo muchas veces, tratando de aprender ese sabor nuevo, y se tropezó con un clítoris altivo, que exigía ser el centro de atención, aquella pequeña colina que debía ser rodeada, lamida, succionada, el ojo del huracán que se formaba en el bajo vientre de una Kelly en ese momento ya enloquecida”.
Y, así, nos enteramos de que el Roy autor es bueno con la lengua, y de su capacidad de mover los hilos —de los personajes en una trama y del poder en la política—.
Por último, el epílogo: el humilde Roy personaje habla con el Nobel de Literatura, el noruego Jon Fosse, en Finlandia, para que tenga el privilegio de terminar de contar su historia, pues Leonard Franklin Slye ya está muerto. El Roy autor hace un juego de malabarista —como los que sabe hacer para aceitar la maquinaria de los partidos— y muestra a un Leonard Franklin Slye consciente de su muerte:
“Pero ¿no somos todos acaso sobrevivientes? ¿Futuros cadáveres ambulantes? Roy quiere que la historia la escriba alguien que entienda que el tiempo está hecho de memoria y que todos los personajes son uno y que en la infancia somos lo que imaginamos y en la vejez somos lo que recordamos, y que el futuro no existe, sino un eterno presente”.
Podría hablarse de una fijación del Roy personaje por los muertos —pues trabajó en una morgue y les inventa personajes a los cadáveres— pero le aterra la suya propia, por lo que prefiere que nadie termine de contar su historia, ni siquiera Fosse. En todo caso, aquí hay unas pinceladas de Roy “bailando con la muerte”:
“Quería escribir sobre la piel del cadáver. Tres de la mañana. Morgue fría. Camas de cemento. Neveras a los lados que guardan cadáveres ya procesados que aún no han reclamado. En lugar de lápiz, lapicero, pluma o marcador: bisturí, pinzas, ganchos. Carlos, le puse, o Bonifacio, no importa, estaba muerto”.
Y luego, con esa capacidad suya de usar la lengua, puede hasta hablar con un muerto:
“Bonifacio: he decidido que vives en cualquiera de los inquilinatos del barrio donde crecí, tienes una madre soltera como la mía que trabaja en lo que puede sacarte adelante, que lava ropas o cose remiendos por encargo o que limpia oficinas, y no tienes padre o tienes uno que es borracho y que ahoga en la cerveza sus propias angustias (…), Bonifacio, gordito, mensajero del barrio, vecino de la cuadra donde viven los otros como yo, como todos”.
Sin embargo, volvemos al inicio: la mayor obsesión de Roy es él mismo. Hasta la muerte le sirve al Roy personaje para hablar del Roy autor y para crear esa otra ficción de que él es “como tú y como yo”, un hombre de clase media “hecho a pulso”, un médico que trabajó en urgencias y en la morque, que “salvó muchas vidas”, y que empezó su carrera política en las huestes del galanismo, cuando Galán no era una marca aprovechada por sus hijos. Un hombre que, por fin, ha decidido, por el bien de los colombianos, lanzarse a la Presidencia.
El problema es que la que parece muerta es su candidatura, y le tocará conformarse, según las encuestas, con escribir una novela de cómo se sentiría ser presidente.