Diógenes de Sínope, el nombre más comúnmente asociado con el cinismo antiguo, es uno de los filósofos más bacanos. Es el más memorable de los cínicos no por lo que escribió (que nada escribió) sino por cómo vivió. Vivía en un barril en las calles de Atenas, andaba pidiendo limosna (a veces a las estatuas, para acostumbrarse al rechazo), se preciaba de ser llamado «perro», literalmente les ladraba a los sinvergüenzas y buscaba con una lámpara un ser humano auténtico (háblame de causas perdidas). Cuando el político más poderoso del mundo en su momento, Alejandro Magno, fue a ofrecerle lo que quisiera, le pidió el favor de que se moviera tantito, que le estaba tapando el sol. Un señor de principios.
Diógenes era cínico en el sentido antiguo de la palabra, que significa más o menos alguien con principios elevados (sinónimo de virtuoso, humanista, sincero). Ser un cínico hoy en día significa algo distinto: significa algo así como persona comodona que no quiere hablar de cosas serias y prefiere gastar el tiempo haciéndose tratamientos faciales, alineando chakras indómitos o recordándonos que todo es una mierda (sinónimo de insolente, egoísta, descreído).
El cinismo original y el moderno se diferencian en mucho, pero comparten cierta esterilidad política: ninguno está interesado en la bulla de la época electoral, que es la bulla de nuestros días, ni en hacer alianzas, ni en participar votando. Diógenes no hizo coaliciones con políticos, no negoció, no pidió favores del poderoso y no gobernó nada. El cínico de hoy termina más o menos en lo mismo: no vota por nadie porque todos son iguales, no se alía con movimientos porque todos los movimientos tienen cosas malucas, no se mancha.
Claro que tiene mucho de virtuoso no ser un bribón, no traficar influencias y no presionar votos de oficinistas de la alcaldía. Pero eso es distinto de la impureza inevitable de la acción política: si uno vota o participa, uno siempre abandona algunas pretensiones para buscar poder (o representación en el poder) y vota por alguien que tiene cosas malucas y se alía con gente maluca. Esto es simplemente existir en la arena política y actuar en ella. Quien espere la opción impecable que consulte cómo terminó la empresa de Diógenes buscando un ser humano auténtico con una lámpara.
Dentro de los cínicos de hoy en día se cuentan quienes, por pureza moral, se abstienen de pensar y participar en política. Asumen así que hay alguna opción pura, y que esa opción es abstenerse. Suena bacano, pero eso no escapa a los dilemas de la acción política. Uno también se mancha al no participar.
La crítica del cínico antiguo al de hoy en día podría ser esta: que no participar en la bribonería debería ser algo más activo que no participar en nada político. No es abstenerse por pureza, no es evitar mancharse, sino que es hacer algo. Dependiendo de las opciones en una elección, quizás el cínico antiguo sí recomiende abstenerse de votar, pero no por apatía o ilusión de pureza, sino porque participa en política de otro modo.
Una pista puede estar en cómo el cínico ladra y muerde a los sinvergüenzas:
Un día le preguntaron qué había hecho para merecer el apodo ‘el perro’. ‘Adulo a quienes me dan limosna, les ladro si me la niegan, y muerdo a los sinvergüenzas.’