“Siempre he sabido del hombre. Por la evidencia, creo que su sabiduría debe caminar de la mano con su idiotez”. Dr. Zaius, ministro de la Ciencia y defensor de la fe en el Planeta de los Simios.
Como cientos de miles de personas en el mundo, seguí con atención el despegue del cohete Space Launch System que llevó al espacio a los cuatro astronautas de la misión Artemis II de la Nasa. Ellos estarán doce días “allá” —porque el universo es tan inabarcable que es difícil establecer una orientación, pero por esa posición natural de levantar la mirada para ver el cielo decimos “arriba”— y orbitarán la Luna, tras 54 años de no arrimarnos a nuestro satélite natural. Además serán los primeros seres humanos en estar lo más lejos de la Tierra.
No tengo una idea específica de lo que irán a hacer Reid Weiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, y no hace falta. Ya es suficientemente importante volver a creer en que la humanidad puede lograr cosas increíbles, como atreverse a explorar la oscuridad. No es que hayamos dejado de hacerlo: las misiones Voyager 1 y 2 llevan casi 50 años enviándonos imágenes maravillosas del Sistema Solar y las cosas que se encuentran en ese viaje que los tiene a 24 mil millones de kilómetros de distancia; y de 1997 a la fecha tenemos sondas y vehículos de exploración en Marte. Pero el programa Artemis tiene esa aura que tenía la Apolo, de los años 60 y 70 del siglo pasado: es el ser humano yendo más allá de sus límites. Una que se perdió tras la tragedia del Challenger en 1986 y que ni la Estación Espacial Internacional ni las exploraciones chinas a asteroides, Marte y la misma Luna han despertado.
Además, es recuperar el asombro por el universo. Porque pasamos de la carrera espacial de la Guerra Fría, donde los Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética competían por ser quien más lejos iba, quien más exploraba, quien mejor información del espacio registraba… a la frivolidad de megamillonarios como Jeff Bezos y Elon Musk con sus cohetes de turismo espacial. Antes se requería una preparación extrema y una experticia en alguna ingeniería para ser astronauta o cosmonauta, con el fin de cruzar nuestra atmósfera y contemplar la curvatura terrestre. Hoy basta con ser amigo de uno de estos magnates, ser una celebridad o pagar millones de dólares para estar un par de minutos en gravedad cero, hacerse la foto y compartirla en las redes sociales. Mataron la mística y redujeron el universo a una selfie.
En estos días miremos “arriba” y pensemos que “allá” hay cuatro personas buscando llegar lo más lejos posible para traernos nuevas imágenes del lado oscuro de la Luna. Y que ojalá también hagan fotos de la Tierra —como aquella famosa “The Blue Marble”, tomada por la misión Apolo 17 en 1972— para que nos volvamos a percibir en nuestra fragilidad universal. Para que nos entendamos como minúsculos habitantes de un planeta que orbita en el infinito y que estamos a merced de fenómenos que sólo unos pocos entienden. Que este planeta no le pertenece a nadie y, aun así, lo debemos compartir y cuidar como si fuera nuestro.
En las redes sociales se promueve una iniciativa —medio en broma, medio en serio— para que al final de la misión, y una vez la cápsula Orión americe en el Pacífico, al abrir la cápsula sorprendamos a los astronautas con máscaras de la película Planeta de los Simios (1968). Pero sería mejor si esto fuese al contrario: que los tres estadounidenses y el canadiense fueran los que lucieran como Zira, Cornelius, César y el Dr. Zaius, como reflexión de lo mucho que nos falta por evolucionar como especie. Que seguimos siendo monos yendo al espacio porque no hemos perdido la capacidad de sorprendernos con la Luna, como el Moon-Watcher de 2001: Odisea del Espacio. Que todavía se vale soñar con ir más allá de una pantalla de celular y las redes sociales, que es a lo que hemos reducido al universo y nuestra humanidad.