Oda a la novela corta (que no gusta en la Alcaldía)

5 de abril de 2026

Decir que una obra puede concursar únicamente si tiene entre 65.000 y 75.000 palabras es como decir que sólo podemos elegir como alcalde a alguien que mide entre 1,80 y 1,82 cms. de estatura. Una ridiculez.
Compartir publicación en

Había una vez, hace muchísimos años, hace más de un siglo, una costumbre que se repetía a la luz de las velas, a la hora del almuerzo o después de rezar: la de leer novelas muy largas, muchas veces en voz alta porque no todos los miembros de la familia sabían leer.

En una época remota, cuando aún no existían ni las pantallas, ni las redes sociales, ni Whatsapp, ni Internet, ni la televisión, ni la radio, ni el cine, ni la fotografía, ni los aviones, ni los carros, el autor que escribía “París”, por ejemplo, necesitaba explicarle al lector cómo era París. Tenía que describir cómo eran sus calles, su río, sus iglesias, sus gentes, su arquitectura, su comida, sus estaciones, y esa descripción tomaba muchísimas páginas que los lectores agradecían: los libros les permitían viajar a lugares que jamás habían visto ni verían y, además, las muchas páginas justificaban la inversión, porque el costo y la rareza de los libros los hacía casi que objetos de lujo.

La fotografía, el cine y luego los medios audiovisuales transformaron, entre muchas cosas, la forma de escribir literatura. Hoy escribo “París” y aunque el lector nunca haya ido a Europa es posible que imagine la Torre Eiffel. No tengo que describirle cada una de sus 18.038 piezas de hierro, porque el contexto cultural que compartimos le permite formarse una imagen de la ciudad y su torre.

El Quijote, la gran novela de nuestra lengua, se publicó en dos partes entre 1605 y 1615 y tiene alrededor de 380.000 palabras. Un portento, en todos los sentidos. Crimen y castigo, publicada en 1866 por el ruso Fiódor Dostoyevski, es mucho más corta: tiene “apenas” 211.000 palabras. Pocos años después, en 1869, León Tolstoi publicó Guerra y Paz, que tiene casi 590.000 palabras, y en 1878 editó Ana Karenina, que es mucho más breve: 350.000 palabras.

Pero llegó el siglo XX con su tecnología y sus nuevas formas de narrar y todo cambió. Ernest Hemingway propuso la teoría del iceberg, de acuerdo con la cual lo principal de la narración no está en el texto sino en el subtexto y el lector debe aprender entre líneas. Así escribió El viejo y el mar, de apenas 26.531 palabras, casi todas monosílabos. El libro fue publicado en 1952 y dos años después ganó el Premio Nobel de Literatura. Al genio Jorge Luis Borges le bastaron 2.853 palabras para reescribir a Cervantes en Pierre Menard, autor del Quijote (1944), y Juan Rulfo le enseñó a escribir a toda la generación del Boom Latinoamericano con apenas dos libros, El llano en llamas (1953), y Pedro Páramo (1955): 33.000 y 44.000 palabras, respectivamente.

Pienso al azar en obras literarias que he leído o releído en los últimos meses y casi todas son cortas. Las hay largas, también, como La broma infinita, de David Foster Wallace, que es más extensa que Guerra y paz, pero en general los títulos que se me ocurren y que veo en mi biblioteca son libros cortos: Actos Humanos, de Han Kang; El Aleph, de Borges; El visitador, de Martha Patricia Meza, La cuadra, de Gilmer Mesa, Niñapájaroglaciar, de Mariana Matija, Ceniza en la boca, de Brenda Navarro, Grávido río, de Ignacio Piedrahíta Arroyave, Nuestra pandilla, de Phillip Roth, Asombro, de Tomás González, Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, del nuevo premio Nobel László Krasznahorkai… y podría seguir: libros de menos de 200 páginas, lo cual significa, en promedio, libros de entre 35.000 y 45.000 palabras. O menos.

El oído miope, la novela que publiqué con Alfaguara en 2018, tiene 36.000 palabras y 146 páginas.

La Perra, de Pilar Quintana, ganó el premio Biblioteca de Narrativa Colombiana en 2018 y es aún más corta: menos de 30.000 palabras en 108 páginas.

¿Y por qué este interés por el número de palabras?

La verdad es que yo no sé, no se me había ocurrido.

Lo pensé cuando leí las bases que fijó la Alcaldía de Manizales para el Concurso Literario “Manizales del Alma”. Leí la convocatoria porque a diferencia de Risaralda y Quindío, que tienen una larga tradición de convocatorias públicas para editar obras literarias, en Caldas no hay nada que valga la pena. El concurso anual de novela Ciudad de Pereira tiene una tradición de más de 30 años y ha premiado obras de gran calidad, gracias al buen jurado que suelen convocar, y la Biblioteca de Autores Quindianos (hoy en crisis) tiene más de 50 títulos publicados, con un excelente trabajo de curaduría, investigación y edición, en alianza con la Universidad del Quindío.

Caldas no tiene nada de eso y por eso mismo un concurso literario en Manizales resulta de interés. Pero empecé a leer las bases y pronto me desilusioné. Premian “novela” y “ensayo periodístico o texto reflexivo”, así que no hay posibilidades para los poetas, dramaturgos ni cuentistas, pero por algo se empieza, dirán los organizadores. El premio consiste en $10 millones y edición del libro, aunque no aclara cuántos ejemplares ni por cuánto tiempo se ceden los derechos ni con qué editorial se imprime, ni cuántos ejemplares recibe el autor. Sigamos leyendo: el primer requisito consiste en que solo pueden inscribirse personas que residan en Manizales o hayan nacido en Manizales. Leí y pensé que siquiera los pereiranos piensan distinto, porque de lo contrario Adalberto Agudelo Duque, no habría podido ganar el concurso de novela “Ciudad de Pereira” en 2019. Pero bueno, avancé con mi lectura hasta que encontré una cláusula insalvable: “la extensión de los textos no podrá ser superior a 75.000 palabras, ni inferior a 65.000 palabras”.

¿Eso que significa? sencillo: el concurso de novela “Manizales del Alma” no podrían ganarlo ni Han Kang ni László Krasznahorkai, los dos últimos premios Nobel de literatura, ni Pilar Quintana, ganadora del premio Alfaguara, no solo porque no nacieron en Manizales, sino porque sus libros tienen menos de 65.000 palabras.

¿Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez? Ni riesgos, muy corto. El náufrago aparece muy pronto.

¿Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez? Tampoco, muy largo. Cómo dijo Borges, le sobran 50 años

“El coronel no tiene quién le escriba, de Gabriel García Márquez? No, muy corto. Y además el autor no es manizaleño.

¿Las novelas de Octavio Escobar Giraldo? ninguna, demasiado cortas.

¿La casa rosada, de Orlando Mejía Rivera? no, muy corta.

¿El enfermo de Abisinia, de Orlando Mejía Rivera? tampoco, muy corta.

¿Recordando a Bosé, de Orlando Mejía Rivera? No, demasiado larga.

¿Camposanto, de Marcela Villegas? No, magnífica pero muy breve. No sirve.

¿Jardín en tierra fría, de Fátima Vélez? Tampoco, muy corta.

¿El oráculo térmico, de María Antonia León? otra muy corta.

¿Los dormidos y los muertos, de Gustavo López Ramírez? No, muy larga.

El año pasado Fernando Alonso Ramírez publicó en La Patria el resultado de un sondeo que hizo entre libreros, escritores y amigos para identificar los 25 libros de autores caldenses publicados en los primeros 25 años de este siglo. De la lista de 25 libros más recomendados Ramírez identificó que la gran mayoría no está disponible en la Biblioteca Pública Municipal. A ese déficit ahora le agrego yo que la gran mayoría tampoco podría competir en un concurso literario de la ciudad, porque su extensión no coincide con el estrecho margen de palabras que la Alcaldía decidió que vale la pena premiar.

Decir que una obra puede concursar únicamente si tiene entre 65.000 y 75.000 palabras es como decir que sólo podemos elegir como alcalde a alguien que mide entre 1,80 y 1,82 cms. de estatura. Una ridiculez.

He sido jurado de varios premios, tanto de periodismo como de literatura. He visto todo tipo de requisitos, pero nunca había leído algo relacionado con la extensión de las obras literarias en número de palabras, salvo en el caso de los concursos de minicuentos de máximo 100. Leí este requisito de las 65.000 a 75.000 palabras de la Alcaldía de Manizales y recordé algo que escribió Luis David Acosta Rodríguez hace unos días acá en Barequeo, con relación a la convocatoria de estímulos de la Secretaría de Cultura y Civismo de Manizales, que definió como un dolor de cabeza colectivo: “En esas dos décadas hemos pasado de las señoras encopetadas reunidas con el alcalde asignando el 100% presupuesto, a la elección a dedo por el gerente de turno (sin convocatoria) y de ahí a tener convocatorias defectuosas que asignan una minoría de los recursos”. 

Lo de las convocatorias defectuosas no es nuevo. El año pasado la Alcaldía de Manizales abrió una convocatoria para estímulos en música, teatro, circo, danza, cine y literatura. Uno de los requisitos exigía que la propuesta generara “saldo pedagógico en cultura ciudadana para pluralismo y respeto por la diferencia; prevención de violencias, prevención en siniestralidad de tránsito, prevención al consumo de sustancias y convivencia”. Me imagino a los evaluadores descartando a Pablo Rolando Arango porque Grandes borrachos colombianos se raja en lo del consumo de sustancias, y ni hablar de ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo; o a García Márquez, porque a Crónica de una muerte anunciada le va pésimo en el puntaje de prevención de violencias.

Además, a todos esos libros les faltan palabras: ninguno alcanza el número mágico (y arbitrario) de 65.000.

¿Quién asesora a la Alcaldía en estas convocatorias?

Al parecer nadie. Alguien que no lee libros de menos de 65.000 palabras. Tampoco los de más.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: [email protected]

Donaciones: en la cuenta de ahorros de Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (Nit 902045164-5) o en Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas, Alejandro Samper Arango y Camilo Vallejo Giraldo.