No conozco a Mateo Hidalgo Montoya, el nuevo representante a la Cámara de Caldas por el Centro Democrático. No lo conozco significa que nunca he hablado con él, ni lo he visto “en persona” ni hemos tenido contacto. Sé que su mamá es concejal de Manizales y en consecuencia a este departamento le acaba de nacer otro nuevo delfín (¡qué propensión a ser acuario, esta que tenemos!) y sé también que en las pasadas elecciones ni se me cruzó por la mente la remota posibilidad de votar por él: yo no voto (no voté, no voto, no votaré, y todas las conjugaciones posibles) por aspirantes del Centro Democrático, así se vistan con piel de Oviedo, como escribió Daniel Coronell el pasado domingo.
Mateo Hidalgo se ubica en una esquina distante de la mía en cuestiones políticas, y sin embargo desde hace una semana estoy de acuerdo con algo que dijo, aunque por el nuevo rol que ostenta, quizás no era la persona que debía decirlo. Me explico: el ciudadano anónimo Mateo Hidalgo, que existió hasta hace unas semanas, podía decir lo que quisiera sobre cualquier tema, pero como ya no es un ciudadano del común, sino un líder político, está llamado a proteger la democracia y en consecuencia sus críticas a los periodistas y medios tienen ahora un alcance diferente y pueden contribuir a deteriorar la legitimidad de la prensa y a hacer hostil el entorno para el libre ejercicio periodístico.
Consciente de este riesgo, valoro que en el debate público surja el tema de la corrupción del periodismo local. Mateo Hidalgo habló en El Matutino de UM FM en la mañana del 12 de marzo y sus declaraciones desataron una reacción en cadena, o viral, como se dice en estos tiempos de redes sociales. ¿Qué dijo? Transcribo las palabras exactas de su diálogo con Richard Millán, director de El Matutino: “un reconocimiento, gracias infinitas por abrirme los micrófonos. Es lamentable que en muchas oportunidades varios periodistas me pidieron plata para no herirme o para no hablar mal de mí o para no criticarme. Ustedes por el contrario abrieron los micrófonos, desde el primer momento, fueron imparciales, me consultaron cuando había que hacer la consulta y me criticaron cuando me tenían que criticar”.
Yo le creo.
Copio la frase completa que dijo, con todo y las loas a la emisora de la universidad en la que trabajo, no por lambonería sino para mostrar el contexto: Hidalgo no dijo que todos los periodistas de la ciudad son corruptos, o que todos los periodistas son extorsionistas. Dijo que varios y como no precisó cuántos, pueden ser dos. Dos es un número que al lector le puede parecer bajito, pero yo digo que no: uno solo basta para tirarse la reputación de alguien. El representante dijo que le pidieron plata para no atacarlo. Dijo que hay personas que aprovechan el poder de los medios para presionar. Y yo lo creo porque no es el primer caso que conozco. De los extorsionistas del micrófono se habla hace décadas: existieron, existen y existirán, lamentablemente. De hecho ahora, con el declive de la radio, creo que podemos empezar a hablar de los extorsionistas del clic.
Tan conocido es eso de cobrar a cambio de silencio, que hace apenas un mes Alejandro Samper escribió acá en Barequeo una columna de humor titulada «Mis tarifas como bodeguero para este 2026«. El texto es un chiste, pero ya se sabe que la risa sirve para decir las verdades duras: su tarifario de sátira prevé que el servicio más caro es el que se cobra por «no joder al candidato».
Mateo nació en 1990, un año antes de que yo me graduara de bachillerato y me dedicara al periodismo. Le llevo entonces muchos años de ventaja y por eso afirmo que lo que él refiere para 2026 es un vicio antiguo, que tiene múltiples variables: desde camuflar un sobre con dinero entre un libro, una revista, o simplemente entregarlo a la mano del interesado, de frente o a través de algún intermediario, para que “se maneje bien” durante una campaña o para que “haga un favor”, hasta atacar al funcionario que se niega a darle pauta publicitaria a un medio en particular (que es lo mismo que hacen los funcionarios cuando castigan quitándole pauta a los medios que publican denuncias que los afectan).
La práctica es tan antigua que incluso en la radio musical tiene un nombre conocido: payola. La payola es el pago que las disqueras o los cantantes hacen al programador de la emisora, bajo cuerda, para que suene una canción específica. “Yo solo quiero pegar en la radio”, cantaba Bacilos en 2002. Pues bien: en la industria musical saben que para poder pegar en la radio el primer millón va para el que decide quién suena y quién no.
¡Diga nombres! ¡Dé casos concretos! No. No doy nombres ni casos concretos, pero no por eso deja de existir la payola.
En los medios informativos no se habla de payola sino de sobre. “Le mandaron el sobre”, “fulano recibe sobre de zutano” o “ese [periodista] es de la nómina de tal [político]”. Todo esto, por supuesto, es grave y afecta el derecho de los ciudadanos a recibir una información libre, veraz y de calidad.
Es grave pero no es nuevo. Y mucho menos inverosímil. Está tan normalizado que una vez a mí una fuente me entregó un sobre con dinero. Era 1996. Yo tenía 21 años, estaba recién graduada y llevaba apenas unos meses en la sección económica de El Espectador. Mateo Hidalgo debía ir por kínder o transición. Aún no usábamos internet, ni correo electrónico, ni celulares, así que la información llegaba al periódico a través de teléfonos fijos, fax o comunicados impresos que enviaban por correo a la redacción. Una agencia de comunicaciones envió al periódico información sobre un congreso que organizaba uno de sus clientes y publicamos una breve nota de servicio con los datos principales. Un párrafo de seis o siete líneas. A raíz de eso me llamaron de la agencia y me propusieron que nos reuniéramos para conocernos y charlar. Acudí a la cita y en medio de la conversación me dijeron que me habían llevado un libro de regalo. Me sorprendí y lo tomé, cuando vi que adentro había un sobre. Lo abrí (ingenua pensé que era una boleta de entrada al congreso… o no sé ni qué pensé) y eran $100.000. En ese entonces era mucha plata. Después sentí rabia, pero la sensación inicial fue de miedo: miedo de estar en algo oscuro, o de estar en una mesa con gente torcida. Pregunté: “¿Y esto qué es?” Me dijeron: “estamos muy agradecidos por la publicación y nos gustaría seguir contando contigo”. Respondí: “yo no soy así”. Devolví el libro con su contenido, me despedí, me paré y me fui.
Dije “No soy así”, en vez de “no trabajo así”. Creo que en esos casos uno es o no es. Que hay decisiones que definen la esencia de una persona.
No soy así ni trabajo así, pero hay agencias y periodistas que sí y hay también una proliferación de pseudo portales e influencers que posan de periodistas y cobran por publicar contenidos, sin advertirle a su audiencia que se trata de publirreportajes. ¿Cuáles? ¡diga nombres! Eso fue lo que le dijeron a Mateo Hidalgo con su declaración: denuncie a quienes lo extorsionaron ante la Fiscalía. Yo, como él, pienso que cada cuál sabe cómo actúa. Y agrego: al contrario, ojalá que los conflictos entre políticos y periodistas no lleguen hasta la Fiscalía. Estamos hastiados del acoso judicial, que es claramente una herramienta de censura. El candidato presidencial Abelardo de la Espriella, por ejemplo, inició 109 casos contra periodistas por injuria y calumina entre 2008 y 2019 y casi todos los perdió.
Más allá del chisme, o de los nombres propios, valoro que se ventile un tema que afecta el derecho ciudadano a la información, y que se haga con el matiz necesario que le permita a la audiencia identificar que se habla de algunos casos y no de la generalidad. Es claro que Mateo Hidalgo, por su rol de líder político no era la persona que debía denunciar el tema, pero el caso es que no estamos hablando de eso: ni los periodistas, ni las fuentes ni las audiencias. Y es importante hacerlo sin caer en el extremo de pensar que cualquier crítica a los medios o a los periodistas resulta estigmatizante, injuriosa o calumniosa. La estigmatización y las generalizaciones afectan al periodismo, pero también lo afectan prácticas corruptas, la falta de transparencia con las fuentes y las audiencias, los periodistas que reciben sobres, o regalos costosos, o viajes, o invitaciones comprometedoras, y la publicación de informaciones que no responden al interés público sino al interés de quien paga (o se abstiene de hacerlo, que fue lo que denunció Mateo Hidalgo).
Decir “varios periodistas me pidieron plata para no herirme o para no hablar mal de mí o para no criticarme” es una verdad incómoda, pero verdad. Así lo dijo la periodista Sania Salazar Gómez, quien publicó un video valeinte en el que señala: “en el gremio periodístico de Manizales esas malas prácticas son un secreto a gritos hace mucho”.
Hoy en los medios se habla sobre Inteligencia Artificial Generativa, sobre monetización a través de redes sociales y sobre equidad de género. Todos esos temas son relevantes, pero la reflexión más urgente es la relacionada con la ética periodística. La ética y la capacidad autocrítica. La posibilidad de hablar sobre los males del gremio con la misma transparencia, rigor e independencia que el gremio le exige a otros sectores de la sociedad. Si no se hace cualquier día aparece un político y lo ventila, con el riesgo que ello implica.