Sonoro, digno aunque algo patriotero, el lema principal de la revolución cubana ha sido “Patria o muerte». Y la presión y bloqueos de los Estados Unidos de América sobre la isla le han dado más valor a esa consigna, que podría servir para cualquier país y en casi cualquier tipo de gobierno, así fuera la anterior dictadura de Fulgencio Batista que gobernó a Cuba antes del régimen de Fidel Castro. Ahora, el presidente Donald Trump con su estilo de gran garrote y mandamás de pueblo ha dicho estar dispuesto a terminar con el modelo actual de gobierno de la isla caribeña. Allí impera no exactamente la dictadura “de los Castro” —los dos hermanos ya no están vigentes y sus descendiente son solo unos más al lado de “los históricos”— pero sí un modelo operado por los seguidores del castrismo.
Se trata de un régimen de partido único (Partido Comunista), con un sistema económico centralizado. Su presidente —actualmente Miguel Díaz-Canel— también es el primer secretario del partido y gobierna con la Asamblea Nacional del Poder Popular. Obviamente, el modelo económico es de estatización, con todos los problemas de eficiencia que ha demostrado tener la falta de iniciativa individual-individualista, que es la motivación de la economía en los países capitalistas en general.
Así, Cuba es la única república que se declara socialista en América, excepto por el caso venezolano que ha intentado recorrer un camino similar en los recientes veinte años y cuya situación hoy es de estancamiento y expectativa ante la intervención de Estados Unidos. Y esa isla está ubicada a sólo unos 145 kilómetros de Estados Unidos, distancia similar a la de Manizales y Honda por carretera, o a la que hay entre Manizales y Medellín en línea recta. Por eso, Cuba ha sido una irritación permanente para los gringos durante estos 65 años. Se trata pues de una historia de al menos tres generaciones, que convierte a Cuba en una especie de antigualla, un pequeño altar a los ideales del socialismo y comunismo, que priorizaban lo colectivo sobre lo individual, pero que no pudieron mostrar el impacto sobre un mejor nivel de vida y la satisfacción de sus pobladores.
El apoyo inicial de la URSS fue clave, y luego se fue convirtiendo en dependencia. El auxilio posterior de Rusia ayudó a pasar algunas etapas, pero se han ido terminando. Y en años recientes, la gran ayuda que en petróleo le daba Venezuela se acabó ahora, con la presión del gobierno Trump. Así, la escasez de combustibles es gravísima en la isla, a pesar de que los cubanos ya han sobrevivido a varios períodos de grandes restricciones (“especiales”) en épocas en las que había razones para esperar un mejor futuro sin hacer mayores cambios.
Varios sobrinos, otros sobrinos-nietos de Fidel Castro y algunos hijos de Raúl están en cargos altos del gobierno, pero no parecen tener muchas posibilidades de heredar el mando, al menos en las condiciones de operación del modelo actual. Aunque algunas voces plantean ahora la posibilidad de que el sobrino-nieto de los Castro, Oscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, pudiera ser quien asumiera la presidencia de Cuba, si se diera en el corto plazo un gobierno de transición, con la clara o disimulada aceptación del gobierno estadounidense. Pero por ahora son especulaciones.
Con su estilo autoritario, Trump presiona con el argumento de la necesidad y deseabilidad de una democracia liberal, razonamiento casi imposible de controvertir contemporáneamente. Mientras que la lógica de una “dictadura del proletariado” que impulsaría unos ideales en pro de un igualitarismo, para beneficiar a los desposeídos, no se sostiene en estas décadas en Occidente. Defender a ultranza la situación económica y la calidad de vida de Cuba es por lo menos ingenuo, así se aceptaran sus ideales iniciales de propiedad colectiva de los medios de producción. Ahora bien, la responsabilidad de que esto esté sucediendo no es solo del régimen cubano. Establecer un bloqueo económico, dificultar las negociaciones, los créditos y los acuerdos comerciales de Cuba con el resto de países occidentales llevó a arrinconarla, para que solo pueda tener algunos negocios con pocos países —lejanos por cierto—, como China, Corea del Norte e Irán, o —hasta hace poco— con Venezuela. Eso, y seguramente limitaciones del modelo mismo y errores de ejecución, la han ido convirtiendo en un estado no viable, que ni puede actualizar su tecnología, ni recibir inversiones para facilitar su industrialización. Los bloqueos son un castigo que impone un país económicamente fuerte a uno débil; una medida cruel y poco efectiva, a menos que provoque golpes de estado como el de Chile en los años setentas. Ni siquiera el bloqueo parcial que los países occidentales aplicaron sobre la economía de Rusia fue efectivo, para parar su intervención en Ucrania.
Ahora, Cuba super debilitada y empobrecida después de seis décadas de bloqueo o “embargo” de los Estados Unidos, enfrenta el agravamiento de las limitaciones en la vida diaria, ante la amenaza de que ese gobierno impondría aranceles a los países que le suministraran petróleo, comprado o regalado. Este fin de semana se espere el arribo a Cuba de un primer buque petrolero con diesel de origen ruso y en una semana más podría arribar otro de mayor capacidad con crudo. Pero aún está por verse si la reacción del gobierno Trump es de abierto enfrentamiento a que estas embarcaciones arriben a la isla, o si se abstiene de esa abierta provocación a los rusos. De paso, se especula que éstos se abstendrían de reaccionar agresivamente, dada su guerra vigente con Ucrania.
En todo caso, el ajedrez está complicado: el sheriff Trump parece dispuesto a cambiar el gobierno cubano, cumpliéndoles su promesa a los cubano-americanos y latinos de derechas; varios países (incluido México) consideran injusto e innecesario este nuevo castigo con aranceles, y estos buques ya están cerca de su destino. Mientras tanto, la situación de Cuba es —una vez más— insostenible y en poco tiempo podría haber cambios presionados por el gobierno gringo, sin tener en cuenta la opinión de la “comunidad internacional”. El multilateralismo y la autodeterminación de los pueblos ceden el espacio ante el desafío armado de los más fuertes.