Donde el miedo olvidó su nombre

Donde el miedo olvidó su nombre, publicado recientemente por el Sello Editorial Universidad de Medellín, reúne perfiles, crónicas e historias de vida escritas por los profesores Andrés Puerta Molina, Claudia María Maya Franco y Javier Juárez Rodríguez.
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El niño miedoso que para protegerse de los fantasmas de la noche escondía debajo de la cama un cuchillo, un machete y un zurriago, se convirtió con los años en uno de los fiscales con más cuerpos de personas desaparecidas recuperados en el país. Su conexión con los muertos fue tal que decía que las ánimas le servían de despertador, lo salvaron de la muerte y le ayudaron a encontrar muchos de los cuerpos perdidos en los lugares más recónditos del país.

Gustavo Duque: el lector de huesos es una de las historias del libro Donde el miedo olvidó su nombre, publicado recientemente por el Sello Editorial Universidad de Medellín. Reúne perfiles, crónicas e historias de vida escritas por los profesores Andrés Puerta Molina, Claudia María Maya Franco y Javier Juárez Rodríguez.

De hecho, este perfil escrito por Andrés Puerta (comunicador social-periodista, magíster en Literatura Colombiana y doctor en Lenguajes y Manifestaciones Artísticas y Literarias) fue finalista del Premio Nuevas Plumas. Me interesa, sobre manera, referirme a dos historias del mismo autor: la mirada de sus personajes ahonda en las marcas de la guerra en el cuerpo y las emociones, y debe ser este uno de los asuntos más interesantes para entender los efectos que el conflicto armado sigue ocasionando en una época en la que se celebra la muerte y los cuerpos empacados en bolsas blancas como productos de la industria del odio en Colombia.

Las consecuencias del trabajo del fiscal se manifestaron también en su cuerpo: el insomnio, los dolores punzantes en su estómago y las migrañas constantes acompañadas de las imágenes de las familias buscadoras ancladas en la espera de un tiempo sin fin. La guerra no solo alcanza a combatientes y víctimas, también a quienes buscan personas desaparecidas o trabajan por la paz y la defensa de los Derechos Humanos; se instala en sus cuerpos en forma de dolor y angustia.

Quienes ven la guerra de cerca y comprueban cómo esta se ensaña con los cuerpos, como le sucedió a Gustavo Duque y a tantos equipos forenses de la Fiscalía, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas o la JEP, son testigos de primera mano del lenguaje de los huesos y la capacidad del ser humano, en este caso todos los actores armados, para perfeccionar sus métodos de muerte: las dolencias, las torturas, las heridas, los sufrimientos de las víctimas antes de morir.  

Andrés Puerta dice en el perfil del fiscal que “en Colombia, desde la comodidad de las ciudades muchos ven un conflicto que parece una serie de televisión escrita por el más tétrico de los libretistas, con el agravante de que cada una de estas lúgubres historias es real y le ha ocurrido a algún colombiano o colombiana que ha sufrido todo el rigor de la guerra.”

Y entre tanto terror y drama, es también sorprendente cómo la humanidad y la empatía de una mujer como Pastora Mira florece para hablar de perdón y reconciliación como camino para no continuar reproduciendo la guerra en el país. El perfil Pastora Mira, la mujer que curó a sus verdugos, es una lección para el país. El duelo pesa menos que la culpa, es lo que entendió ella cuando conoció al asesino de su padre en el municipio antioqueño de San Carlos. Hizo múltiples imágenes de ese hombre. La vida la sorprendió al ver a un anciano a medio vestir, enfermo y purulento. Fue tal su compasión que empezó a ayudarle, a curar sus heridas, a llevarles juguetes y comida a los niños de la casa donde vivía y convenció a otras personas del pueblo para que le ayudaran.

De forma bella Andrés Puerta escribió: “Para Pastora fue el mejor maestro que ha tenido en la vida porque le enseñó que la culpa es un ancla, un costal cargado de piedras, un mundo que se debe cargar sobre los hombros con la determinación de un titán, y que ese es un peso mucho más difícil de sobrellevar que el dolor.”

En otra ocasión, Pastora llevó a un muchacho malherido a su casa para curarle las heridas. Lo acostó en una de las habitaciones y le prestó la ropa de su hijo desaparecido. En las fotos de la pared el muchacho reconoció al hijo de Pastora.  Aturdido por la culpa le confesó que recibió la orden de desaparecerlo y asesinarlo. Pastora, la misma mujer que creó un centro de reconciliación y reparación para las víctimas de San Carlos, “nunca ha tenido tiempo para la tristeza porque desde niña le sobrevino una tragedia tras otra. Y la manera que encontró para sobrevivir es darles la mano a otros, escucharlos, un ejemplo de perdón y resiliencia.”

Valga la pena volver sobre Gustavo Duque y Pastora Mira. Colombia necesita más personas como ellos, para cerrar los duelos y heridas del pasado, como la búsqueda de 137.000 desaparecidos; y para mirar al futuro con esperanza, coraje y empatía, necesarias para reconciliar al país. Como dice el título del libro, olvidar el miedo para habitar un lenguaje más cercano al amor y esquivo del odio.

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  • Donde el miedo olvidó su nombre

    Guarne, Antioquia, 1987. Periodista de la Universidad de Antioquia. Especialista en Derechos Humanos y DIH y magíster en Ciencia Política. Autor de La grieta (Sílaba Editores, 2024), finalista del Premio Nacional de Literatura de la Universidad de Antioquia (Colombia); Fin de semana negro (Sílaba Editores, 2019), finalista a libro periodístico del año en Colombia del Premio CPB; Aquitania. Siempre se vuelve al primer amor (Sílaba Editores, 2016); y Con el miedo esculpido en la piel (Hombre Nuevo Editores, 2013). También es coautor de los libros Nueva narrativa latinoamericana sobre drogas (Fundación Gabo, 2021), De ida y vuelta. 85 años de historias. Liga Antioqueña de Fútbol (Universo Centro, 2015) y Sinfonías en cuatro movimientos, lecturas de ida y vuelta (Palabras Rodantes, 2026).

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