El enjambre sísmico de la memoria: 1979, 1999, 2026

El verdadero mapa emocional de un terremoto nunca coincidirá completamente con la cartografía geológica del desastre, pues cada sobreviviente lleva su propio epicentro adentro y, aunque haya marcadas diferencias en su memoria, por extraño que nos parezca, si vuelve a temblar (no importa cuándo) todos retornaremos allí.
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El enjambre sísmico de la memoria: 1979, 1999, 2026

La memoria es el diario que todos llevamos con nosotros.

Oscar Wilde.

Hay tres años que, puestos uno debajo del otro, parecen no decir demasiado: 1979, 1999, 2026. Sin embargo, aluden a tres generaciones y a tres Colombia diferentes.

En 1979 no existían WhatsApp ni teléfonos celulares. En la mayoría de las casas el televisor era un lujo imposible de comprar. Así que, quienes tenían la caja negra como objeto esotérico en la sala de sus hogares, se reunían alrededor de ella, soportando la presencia incómoda de forasteros que se apoltronaban en la ventana para ver las imágenes proyectadas en la pantalla.

En 1999 la aparición de internet nos desvelaba mundos inimaginados y conexiones que antes pensamos imposibles. Para entonces, escuchábamos música en casetes o en CD y las fotografías todavía se revelaban al margen de su digitalización. Muchos teléfonos se colgaban como cuernos amarrados a una pared.

En 2026, la generación del futuro carga el mundo entero dentro de un aparato que cabe, sin problemas, en cualquier bolsillo. Patentar la tecnología lo cambió todo, absolutamente todo; incluso hasta la manera de ser y habitar el planeta. Pero, ante estas transformaciones revolucionarias, hay algo que sigue exactamente en el mismo lugar: la tierra y su capacidad de plantar una memoria colectiva en nosotros para siempre.

Los terremotos, por supuesto, culminan cuando dejan de moverse las placas tectónicas; no obstante, hay terremotos que siguen sacudiéndose a lo largo de los años en un territorio mucho más difícil de medir: la memoria.

El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, una severa convulsión de 7,4 sacudió con violencia gran parte del Eje Cafetero. Para la sismología fue un fenómeno físico natural: energía liberada en las profundidades de la tierra, ondas propagándose a través de las rocas, edificios resquebrajándose con el movimiento desaforado.

Aunque haya sido así, para nosotros (los pereiranos) ocurrió simultáneamente otro fenómeno. Mientras se movían y derrumbaban decenas de casas y edificaciones, también empezaron a agitarse los recuerdos en cientos de personas. Entonces, algunos como yo rememoramos una fecha: 1999 y la nube de polvo que se expandió hacia el infinito después de una explosión en el laboratorio de Químicos Pereira; otros, como mi madre o mis hermanos mayores, fueron un poco más atrás y por sus mentes atemorizadas vieron la agitación, como si fuera ayer, del terremoto de 1979. No faltó el parcero que me dijo, asombrado todavía, que jamás olvidará cómo, en ese entonces, se abrió la calle ante sus ojos, cuando apenas era un chico de 7 años.

Sólo basta un movimiento brutal en las profundidades para traer a la memoria colectiva aquellas historias angustiantes de tiempos pasados. Quizá, por ello, los terremotos patentan réplicas en lo más hondo de nuestro ser sin que ningún sismógrafo pueda registrarlas.

A las réplicas invisibles, Carl Gustav Jung las llamó inconsciente colectivo porque allí, en una dimensión subterránea de la psique humana, se almacenan imágenes y estructuras simbólicas que, al compartirse desde la experiencia, trascienden lo netamente individual para anclarse en un recuerdo social.

Esta premisa me permite formular una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando una experiencia traumática deja de pertenecer a quienes la vivieron y luego forma parte de la memoria de toda una comunidad, incluso de generaciones posteriores?

El terremoto de 1979 ofrece una respuesta. Muchos niños nacidos después de aquel diciembre no vivieron ese cimbronazo brutal con una magnitud de 8,1 Mw. Aun así, han escuchado, de viva voz por parte de sus padres y abuelos, la devastación producida por la furia del colapso. En este sentido, dicho suceso geológico pasó de los sobrevivientes a sus hijos y de los hijos a los nietos; o sea: del miedo individual al relato familiar.

La conmoción de aquella época dejó de existir únicamente debajo de la tierra; sin embargo, echó raíces, a partir de las palabras, en la memoria colectiva del pueblo pereirano. De hecho, allí ha estado y todavía nos habita como una evocación anterior, primigenia.

La memoria colectiva de la que hablo (los terremotos de 1979, 1999 y 2026) me permite decir que estos temblores feroces caben dentro de una misma vida, pero también puedo afirmar que han trastocado a tres generaciones consecutivas (la del televisor, la de internet y la de la era digital).

Me explico: una mujer que tenía 10 años en 1979 contaba con 30 en 1999 y, justo ahora, en 2026, con 57. Durante el primer terremoto pudo buscar, desesperada, a sus padres. Al experimentar el segundo remezón abrigó, seguramente, a sus hijos; y, tal vez, hace unos días, se preocupó por sus nietos.

Lo que pretendo demostrar es sencillo: en todos estos sucesos la tierra se comportó de la misma manera; no obstante, ninguna persona que haya vivido la debacle será igual a su anterior yo. Y, si cambiamos un poco o tal vez mucho después de semejantes eventos, aquí viene lo paradójico: la memoria colectiva siempre nos traerá a colación aquellas imágenes horrorosas y brutales que, al rememorarlas, nos marcarán hasta el último de nuestros días.

Con el temblor aterrador que sufrimos en agosto 10 de 2026, deseo exponer un argumento fascinante y simbólico a la vez sobre el inconsciente colectivo. A 103 kilómetros de profundidad, debajo de nosotros, ocurrió un suceso que no pudimos detectar. Por eso, en la superficie, la vida seguía su curso con normalidad. Allá, abajo, una enorme placa, invisible para nosotros, descargaba una cantidad enorme de energía. La analogía es inevitable porque situaciones semejantes ocurren con la memoria: consideramos, de forma errada, que ciertos acontecimientos han quedado en el olvido al no discutir ya sobre ellos.

Ahora bien, que algo subsista oculto no significa que desaparezca. Ese algo que nos habita, que nos posee aunque no lo refiramos de manera permanente, como los recuerdos familiares, los duelos o los miedos, nunca dejan de azotarnos cuando menos lo esperamos. Es más: pueden transcurrir años enteros en un silencio absoluto hasta que una señal, cualquier cosa por pequeña que sea, los revive para que regresen a nuestra memoria a sacarnos una sonrisa o a atormentarnos de nuevo.

Quizá, por eso mismo, descubro una correspondencia simbólica entre los terremotos y la memoria colectiva, lo que me permite sugerir un equilibrio de contrarios asombroso: subsuelo/inconsciente, falla/herida, fractura/trauma, réplica/recuerdo, epicentro/origen y, por si fuera poco, profundidad/memoria.

Expongo estas dicotomías no porque la psicología y la geología sean ciencias equivalentes, sino porque ambas me recuerdan algo vital: aquello que no vemos también tiene la fuerza suficiente para destruirnos o para hacernos revivir, lo que ya experimentamos, mucho tiempo después.

El enjambre sísmico de la memoria: 1979, 1999, 2026

Lo ejemplificaré así: 60 segundos después de las 7: 34 de la mañana del pasado 10 de agosto, muchas personas buscaron una salida o el rostro de alguien que les ayudara a escapar de una muerte inminente. Esa acción, la de conservar por instinto la vida, también hace parte del inconsciente colectivo, pues nos confronta repentinamente con esa fragilidad que vibra a toda hora en nuestro ser.

De hecho, vivimos suponiendo que el mundo permanece en la quietud más rotunda. Falso porque, hasta que algo rompe esa ilusión, nos enteramos que la memoria tiene réplicas que nos sacuden mucho más de lo que pensábamos. Por tanto, cuando hoy sentimos un mínimo movimiento en la cama, de inmediato regresamos al horror del terremoto reciente, esperando de nuevo que aquella nube de polvo se materialice para invocar el desastre.

Al dialogar con muchas personas de distintas generaciones sobre lo sucedido advierto que, en ese enjambre sísmico de la memoria (inconsciente colectivo), se encuentra una de las conexiones más profundas y colectivas entre 1979, 1999 y 2026: el relato de una tragedia que nos sacudió a todos de manera particular pero que, a nivel social, jamás podremos erradicar de los recuerdos.

El verdadero mapa emocional de un terremoto nunca coincidirá completamente con la cartografía geológica del desastre, pues cada sobreviviente lleva su propio epicentro adentro y, aunque haya marcadas diferencias en su memoria, por extraño que nos parezca, si vuelve a temblar (no importa cuándo) todos retornaremos allí: a esa profundidad de la memoria colectiva que trae a colación horrendos recuerdos en imágenes que ya vivimos y que nos arrebatarán la paz.

Con esta elucubración sobre la memoria colectiva, es posible sugerir que la ciencia podrá indicarnos dónde ocurrieron, cuánto duraron, qué magnitud alcanzaron y qué procesos geológicos produjeron aquellos sismos; no obstante, hay una pregunta que ningún sismógrafo nos responderá: ¿hasta qué profundidad entra un terremoto en la memoria de una comunidad o un pueblo como el nuestro?

Tal vez ahí radique la verdadera fuerza de estas tres fechas. No están por debajo de nuestros pies sino dentro de nosotros, como el Vesubio que extinguió a Pompeya y a Herculano y hoy, después de miles de años, la humanidad aún recuerda esa tragedia de lava y cenizas que ni siquiera fue nuestra.

Cuando el planeta se remueve en sus profundidades, una comunidad también se agita en lo más hondo de su memoria. Y esa es, tal vez, la réplica más espantosa de todas: la que continúa retumbando en nuestros recuerdos después de que la tierra decidió quedarse quieta durante algún tiempo.

¡Lo que la tierra deja de mover, la memoria colectiva continúa sacudiéndolo para siempre!


¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


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    Pereira. Escritor, docente e investigador. Profesional en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira, magíster en Lingüística. Actualmente adelanta estudios de doctorado en México. Ejerce la docencia en educación básica y universitaria (programas de pregrado y posgrado). Es autor de los libros A la orilla del abismo; Ícaro: simbología y actualización de un mito; Carne para caníbales; Cartografía del mal y Putópolis. Su trayectoria literaria ha recibido importantes reconocimientos: Carne para caníbales obtuvo el Premio de los Lectores de Klepsidra Editores en 2020 y posteriormente fue seleccionada para el Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad del Ministerio de Cultura. Esta obra será expuesta en la Feria Internacional del libro en Fráncfort, Alemania. También ha publicado ensayos y artículos en importantes diarios locales e internacionales (Perfil, Argentina); participó como conferencista invitado por Colombia en temas de literatura y periodismo latinoamericano (La Habana, Cuba).

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