
Dolor que se imagina, hambre que es falta de responsabilidad individual, angustia que es mero pesimismo del débil, rabia que no es más que resentimiento y envidia, explicación de fenómenos sin materia, espíritus que no tienen carne.
El miércoles 14 de octubre de 2026 en Cali fue anunciada la “gerencia de reconstrucción espiritual y emocional” por el gobierno del actual presidente a quien, durante los siguientes párrafos prefiero no nombrar, puesto que su existencia como fenómeno político y mediático es apenas la punta visible de un problema más grande, uno que crea mandatarios que no merecen siquiera ser protagonistas de una historia que evidencia su pequeñez.
¿Cómo se hace gerencia sobre un proceso del espíritu? Honestamente preferiría que mis preguntas sobre la trascendencia, la muerte y el sufrimiento de todos los seres fueran otras más profundas e inspiradoras, sin embargo me encuentro frente a la ardua tarea de hacer un ejercicio “intelectual”, de intentar articular mi enfado y mi indignación como algo más que la reacción esperable de una persona que se sabe espiritual y que ve manoseados los lugares en los que en algún momento ha encontrado la tranquilidad, el alivio y la posibilidad de repensar su posición en un universo de fuerzas imbatibles. Estas palabras son un intento genuino de no caer en el cinismo que produce ser gobernado por quienes detestan la labor de gobernar.
El 10 de agosto el país vivió una tragedia que en primer lugar es indiscutiblemente material. No una tragedia cualquiera, tal vez la más grande de lo que va corrido de este siglo en nuestras latitudes. Lo que se sacudió no fue un intangible, fue la tierra sobre la que reposan nuestros pies, nuestros hogares y nuestras comunidades, lo que se desmoronó no fue una creencia o un mito, fueron edificios habitados por personas, comercios que albergan bienes y servicios que suplen necesidades palpables, lo que lamentamos quienes vivimos la tragedia son pérdidas de nuestra historia, nuestro territorio y nuestro patrimonio, no son simples relatos que habitan en un espacio liminal esperando a ser nombrados. Quienes gerencian y administran el Estado quieren ahora reconstruir espíritus antes que casas, quieren reparar emociones en vez de techos, quieren alimentar almas en vez de estómagos, quieren levantar ánimos en vez de columnas, quieren refugiar a los vulnerables no con paredes sino con oraciones.
Lejos estoy de subestimar o deslegitimar la importancia y la apremiante necesidad de la atención psicosocial que requieren con urgencia quienes fueron damnificados por el terremoto, yo mismo, en mi función como coordinador de orientación psicosocial en el programa Universidad Intergeneracional de la Universidad de Caldas he presenciado de primera mano cómo los llamados de ayuda se han multiplicado, cómo las intervenciones individuales y grupales se han convertido en momentos de catarsis y de contención de quienes aún se sienten confundidos, vulnerables y en duelo. Así mismo, como budista, conozco de primera mano la importancia de una serie de prácticas que permitan lidiar con la incertidumbre, que disipen la angustia, que acompañen en el dolor. Pero el espíritu habita el cuerpo, las lágrimas son líquido palpable, la oración es vibración en el aire, los abrazos activan neuronas que por pequeñas que sean están hechas de la misma materia que los helicópteros presidenciales.
La tarea de reconstruir un espíritu entonces no comienza en el mundo de las ideas, comienza poniéndole un techo a quienes hoy duermen en carpas, comienza aliviando el hambre de quienes se quedaron sin una fuente de ingreso, comienza reconstruyendo los colegios que acogen la niñez, le brindan seguridad, propósito y compañía. Estos son procesos que requieren urgentemente una gerencia, porque a más de dos meses de la tragedia, pareciera que quienes administran el Estado solo tienen para ofrecerle a nuestro territorio las plegarias y los mensajes de quien considera que la espiritualidad no es una cosa de este mundo, funcionarios que creen que las emociones habitan en una metafísica vaga y no en las calles llenas de escombros, para quienes el infierno es una imagen lejana llena de fuego y gritos y no el momento presente en el que los seres queridos ya no están, las paredes se derrumban y la vida se agrieta sin esperanza de ser reparada.
Así se impone el relato de la política sin cuerpo, que produce subjetividades desarticuladas de su existencia material, personas que se explican a sí mismas y a sus experiencias como procesos absolutamente desconectados de las relaciones causales, personas que piensan que su aparato psíquico está enfermo cuando sienten tristeza o angustia frente a la pérdida, cuando en realidad no podría existir señal alguna más evidente de un psiquismo saludable, personas que creen que las tragedias y el subsecuente proceso de reparación son derivas del mérito más que la lucha por garantías de un derecho fundamental. La política sin cuerpo es el espíritu sin carne, es la doctrina de quienes piensan que la dimensión material y espiritual son territorios separados por un enorme puente que solo pueden cruzar quienes tienen las virtudes que se evidencian en la suerte y el privilegio.
No van a reparar la torre de la catedral rezando, la patria no puede ser un milagro, no se puede administrar la rabia que produce el abandono y la negligencia estatal, no van a desencarnar mi dolor ni el de quienes vivimos la tragedia, no van a gerenciar sobre mi espíritu ni el de nuestros territorios. No es un capricho que el verbo se hiciera carne, ni una coincidencia que el nirvana se revelara en el cuerpo de Buda.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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