Este texto es principalmente para hacer una memoria, para dejar un recuerdo y volver a mirar unos días dolorosos y esperanzadores. Para gritar: ¡¡¡Aguante la comunidad!!! Y que no se nos olvide que es ella nuestro último refugio, nuestra primera casa. Porque fue la comunidad, y no la institucionalidad o el Estado, la que respondió primero y la única en llegar a algunos lugares, cuando el 10 de agosto un terremoto sacudió y dejó herida a Manizales y a tantos otros lugares. A todxs ellxs y a lxs que todavía luchan por volver a levantarse y hacer pie en tierra removida: mucha fuerza.
Lo haré como el relato de un viaje, porque así sucedió; un encuentro espontáneo en el que confluyeron años y décadas de trabajo comunitario, a través de las cuales se ha ido construyendo un tejido vivo que mostró su capacidad de respuesta y su potencial para hacer frente a una emergencia de manera orgánica, coordinada y sostenida.
Todo empezó en el barrio el Carmen. Fuego Popular, el colectivo que nació en el paro de 2021 y que ha venido sosteniendo una olla comunitaria, convocó y acudimos. Todavía se sentía la tensión y el desconcierto, y la caída de unos de los techos y paredes en una de las laterales de la iglesia ocultaba unas casas que se habían venido completamente al piso. Entraban y salían lxs voluntarixs que levantaban escombros, llegaban ayudas, mercados y camiones con alimentos.
Al final nos reunimos alrededor de una mesa de ajedrez del parque. Durante la tarde habían llegado otras personas y organizaciones y, sin conversar mucho, decidimos ir al día siguiente al barrio Galán, en San José. Se decía que allá no había gas: qué mejor lugar para llevar la olla. La Comunativa fue la sede para descargar y cargar las cosas, la huerta el espacio de encuentro. De ahí bajamos a la junta de acción comunal del barrio y nos encontramos que la casa de al lado había colapsado. Media junta estaba en el piso y había montones de escombros escaleras abajo. A Galán siempre lo recordamos como la abundancia: llegaron almuerzos, mercados, remesas, equipos de escombros y volquetas. Apenas si conseguíamos organizar y evacuar lo que iba llegando y ya estábamos nuevamente colapsadxs.
Mientras pasaba todo esto, ya estaba rodando una campaña para apoyar familias damnificadas en barrio Bajo Andes y aprovechamos el vínculo con la Fundación Cultura Viva para mover la olla para allá. Los que conocemos el bajo sabemos que es un lugar donde siempre se necesitan manos. Ese día llegaron de Ibagué unos chefs que encontraron la olla por alguna persona conocida, se bajaron de las motos, cocinaron y se volvieron a ir. En algún momento de la tarde empezó a verse el humo a lo lejos, parecía cerca del barrio Fátima, y minutos después empezaron a rodar videos de un incendio en sector del Aguacate; ya sabíamos para donde iba la olla al siguiente día.
Cuando llegamos a la cancha del sector Granjas y Viviendas, que era el lugar propicio para montar la olla, nos dimos cuenta de que el Aguacate estaba distante, entonces se bajaron los alimentos, remesas y ayudas, y se subieron escombros y materiales. Ahí ya sabíamos que esa itinerancia no iba a parar pronto, nos pedían ollas de diferentes lugares, y llegaban personas y organizaciones a hacerse parte y a moverse en ese tejido que mezclaba solidaridades anónimas y afectos lentamente construidos con los años. Al día siguiente fue en Villamaría, luego en la vereda Mateguadua con la Fundación Ideamos Conciencia Participativa en la Caseta Manantial. Luego fuimos al barrio la Avanzada pasando por Comunativa, hasta que llegamos a través de la Coordinadora de Asentamientos Populares y la Asociación de Familias Populares por una Vivienda Digna a los asentamientos del Guamo y Samaria.
En todos esos lugares habitamos un tejido comunitario y organizativo ya existente, y compartimos con voluntarixs que se juntaron sin preguntar. Cada conversación empezaba con la pregunta ¿qué hago?, y se resolvía en acciones que concretaban una voluntad de sostener y abrazar en medio del dolor y la desesperanza. Las siguientes semanas volvimos a algunos barrios con jornadas reconstructivas y otras ollas.
Fueron tantas las personas que se juntaron que no me arriesgo a nombrarlas. Casi igual que las veces que me dijeron “mi dios lo bendiga”, perdí la cuenta. Dejo un texto para homenajearlos que acompaña el cartel que es la portada de esta publicación:
Antes de que el mundo nos revuelva otra vez, como cucharón escarbando en sancocho caliente, y lo olvidemos, dejar esta memoria para recordar, que fue la comunidad la que hizo, la que llegó, la que compartió, la que abrazó, la que se dolió, la que aguantó y aguanta. Aguante la comunidad, aguante la olla, aguanten lxs que colaboran, lxs que ayudan, lxs que se suman. Gracias a la comunidad por este abrazo que nos damos. Aguante la olla, el fuego y el alimento.