Lo que la muerte dejó

La casa de la abuela en la que tantos crecimos parecía que no soportaría la historia de una bisnieta que aún faltaba por escribirse. Las paredes traqueaban, las tejas se sacudían; la casa, toda, bailaba la danza final.
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Lo que la muerte dejó

De un momento a otro y sin saber cómo, una vida de veintinueve años se aferraba al ocaso de una existencia de ochenta y cinco octubres en un abrazo tan profundo que la muerte, que llegaba por todos, no podría llevarse a uno primero que al otro. Para la muerte era una promoción, para mí, tal vez, el único y último gesto de amor con mi abuela. Siempre pensé que de manera natural son los viejos los que siguen en la cola, pero no, es una realidad porqué así lo atestiguo hoy, cuando toca, toca. El ángel de la visita final, que nos pasó tan cerca que hasta logramos develar su esencia, decidió, simplemente y por ahora, que no éramos nosotros. Pero pudimos serlo.

Su visita miedosa y estrepitosa. La casa, la casa de la abuela en la que tantos crecimos parecía que no soportaría la historia de una bisnieta que aún faltaba por escribirse. Las paredes traqueaban, las tejas se sacudían; la casa, toda, bailaba la danza final de su perentorio y anunciado colapso, clarividencia cruel que no todo baile es por alegría.

Los lindos recuerdos, tan volátiles en una memoria que empieza a olvidar, guardados como el tesoro más preciado al ver crecer a sus nietos en estos mismos ladrillos, no servían de nada; no tenían la fuerza y entidad suficiente para mantenerlos en su lugar, alineados como desde un principio. Mientras que la abrazaba yo esperaba el desplome total; ella, mi abuela, mientras era testigo de cómo su memoria volvía en un instante a la plena lucidez, con su voz tranquila solo espetó: aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor; por tu corona de espinas ¡misericordia Señor! Ella clamaba al cielo, yo simplemente seguía en el abrazo pensando que ni las oraciones servían. Cuando es la naturaleza la que habla y en su sentencia dictamina a su mensajero que venga por nosotros nada se puede hacer para postergar el viaje. Pero en esta ocasión, Caronte, tuvo que esperar, al menos por nosotros, para cruzarnos al otro lado.  

Una y otra vez, en un instante que parecían dos eternidades, aquella vieja, columna, viga y soporte de varias generaciones, repitió hasta que simplemente ella —la muerte– decidió irse, la misma jaculatoria: “aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor…” mientras que quien escribe seguro estaba de que la hora había llegado. No había remedio. Nos tocó y nos toca ya, ahora, sin posibilidad siquiera de arrepentimiento. Tranquila, abuela, tranquila, le decía, pero el intranquilo era yo.

Contra todo pronostico y desafiando las inquebrantables líneas escritas del destino, los recuerdos de sus nietos desde pequeños, hoy ya todos entrados en los años, junto con la repetida oración que salió de su corazón, logró conservar cada ladrillo en su lugar, en la misma posición en la que han estado desde el tiempo pasado en que se pusieron. Con cada ladrillo sin moverse y en su lugar, se conservó su octogenaria vida y la mía; sólo por amor.

En una de sus alcobas, que antes fue habitada por uno de sus hijos y hoy solo es espacio para las visitas, la muerte dejó trazada una línea de pared a pared con la que selló su visita y recuerdo perenne para los que aquí habitamos. Una constancia de que cualquier día volverá. Por eso esa línea, esa firma, la respetaremos, allí, tal cual fue trazada; cosa que cuando sea observada, nosotros, de manera cruda, sepamos que respiramos y que pude escribir estas líneas de puro milagro. Es un recordatorio de la visita de la muerte y como ella, simplemente, decidió que no era el momento, pero que algún día sí lo será. Y ese día, ojalá que cuando llegue, mirando a la nada, porque ella no se ve personificada, le pueda decir:

No te veía desde aquel 10 de agosto.


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Lo que la muerte dejó

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    Pereira. Abogado de la Universidad de Caldas y especialista de la misma Alma Mater. Magíster de la Universidad Libre de Bogotá. Sobreviviente del terremoto del 10 de agosto en Pereira. 
     

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