
Como últimamente ocurre, me levanté tarde aferrado a seguir durmiendo, a pesar de que ya me había puesto la meta de volver al gimnasio, después de más de dos meses de ausencia y poca, casi nula, actividad física.
Tenía la alarma a las 6:15 a. m. para madrugar. No a las 6:00 a. m., como para tener 15 minutos de gracia para sentir que dormí al menos un poco más. Sonó, pero la quité y volví a dormir. Esperé y me despertó mi alarma de las 7:00 a. m., que es el límite que me pongo para activarme.
Era lunes y, a pesar de no tener clase, iría a la universidad, para aprovechar su gimnasio. Peor sería dejarme tragar por mi cama, pensaba en mi cabeza. Peor sería nada, repetía. Tomé acción y, mientras mi familia dormía, me hice un desayuno express y fit: un par de huevos tibios con una exótica combinación de maní, almendras y unos frutos secos que todavía no sé identificar, regalo de un hermano de mi abuela que había venido de Estados Unidos. ¿Y de sobremesa? agua, para ser saludable. Lo importante era comer algo ligero. Algo que me dotara de energía para la rutina que aún no sabía qué haría, pero tenía certeza de que acabaría conmigo. Me tiraría a matar, como siempre, a pesar de faltar dos meses.
Cuando estaba terminando mi desayuno en la cocina, bajó mi mamá con mi perro, a saludar y decirme que me había sentido hacía rato haciendo bulla. Por las mismas escaleras de madera que habían bajado hace unos 15 segundos sentí que bajó un batallón de elefantes que iba a tumbar las escalas. ¿Cómo cuánta gente durmió arriba?, pensaba. ¿De dónde viene semejante ruido?
Con un extraño sentido arácnido, digno de Spiderman, me doy la vuelta al instante y me fijo en las tejas del patio. Hay ruidos semejantes en las casas del lado. Siento un temblor.
—Está temblando —le digo a mi mamá.
—¿Qué? —me contesta ella.
—¡ESTÁ TEMBLANDO! —le grito, porque era bastante fuerte.
Ella toma a mi perro y me lo entrega como una canasta para que lo cargue. Me abre la puerta de la casa y espera que salga.
—Devuélvase por la abuela —le digo gritando.

Mientras bajo las escaleras de la puerta de la casa, grito que está temblando, como avisando a toda la cuadra. Veo a un voleo de gente afuera; no sabía que tenía tantos vecinos. Un taxi frena en mitad de la calle y el taxista se baja. Miro atrás y ya salían mi abuela con mi tío.
Esperamos en la mitad de la calle, mientras se escuchaba cómo la tierra rugía y las casas se movían cual gelatinas. Los árboles y los postes de luz se zarandeaban como bailando salsa. Llega un punto en el que todo el mundo cree que ya estuvo bueno, que ya va a parar. Por el contrario, se estremece todavía más fuerte. La gente grita, otros lloran. No sabía dónde meterme. De solo pensar ese momento me da pánico. Buscaba un sitio donde no nos cayera algo a mí y a mi perro y pensaba: Puta, la tierra se va a abrir.
Situación desesperante la que sentimos. Una vecina lloraba y contaba que en esos días le había pedido perdón a Dios porque no cuidábamos la naturaleza; sollozaba por cómo Él nos castigaba por ser malos con ella. Sentía absurdas esas palabras mientras tomaba mi celular y trataba de contactar a mi tía por WhatsApp, para saber de ella y de mis primitos. La muy desgraciada no contestaba y más preocupado no podía estar, al punto de ponerme furioso.

“Hijueputa, no hay luz”, decía mientras trataba de conectar el radio de mi casa. Obvio, se cayó toda la red. Las llamadas de minutos deben funcionar. Le marqué a una hermana de mi abuela, que también es muy cercana. No contestaba. Llamé a mis amigos cercanos, tampoco contestaban. Entonces volví a los mensajes de texto: “Hola, cómo estás?” Le escribía a todos, preocupado.
Me enteré por la radio del celular de mi tío de que no había contacto con Armenia, ni Pereira, ni Cali. No sabíamos nada, más allá de que hubo un terremoto y que habían caído edificios en el centro de la ciudad. Ahí la preocupación se incrementó.
La gente corría por la calle y los carros pasaban a 100 para llegar a los colegios. A una cuadra de mi casa está el Semenor (Colegio Seminario Menor de Nuestra Señora del Rosario), y vi la angustia de los padres al recoger a sus hijos.
Después de un rato empezaron a contestar mis allegados; mis amigos más cercanos y personas en quienes pensé de inmediato. Llamó una sobrina de mi abuela que vive en Villamaría, Caldas. No se le entendía mucho por su voz agitada y llorosa: recojan a la niña que está en el colegio. Les informaron que había que ir por ellos, pero la salida de Villamaría estaba imposible. Iban a ir mi abuela y mi mamá, pero me mandaron a mí con mi mamá. ¿Por qué? Por joven. Además, mi abuela seguía muy nerviosa. Yo igual, pero tenía que estar en calma.

Salimos a la Avenida Santander, por el sector del Triángulo, a un costado de la Iglesia de la Santísima Trinidad. Mientras iba en el carro, lo primero que vi fue un reel de Instagram de Manizales en Vivo donde mostraban la Catedral Basílica de Manizales: la torre del reloj se había caído. Me acongojé.
Compartí el video en historias y le comenté a mi mamá, atrapados en el tráfico que había hasta el Teatro Fundadores. Ya no atravesábamos un trancón, cruzábamos una ciudad que había dejado de ser la misma.
Veíamos gente en las calles, en pijama, llorando y abrazándose. Veíamos edificaciones caídas y otras muy afectadas, como fue el caso de Plaza 51, el edificio La Calleja y aquel que se estaba construyendo al lado de la Clínica La Presentación, que también resultó agrietada, y otros edificios que quedaron prácticamente reducidos a ladrillos. A la Iglesia de Cristo Rey le faltaba medio vitral, una pared entera y su famosa cruz colgante ya no estaba. Cada cuadra parecía tener una historia que contar.

El colegio LANS estaba lleno de movimiento, de profesores, niños y familias intentando encontrar a los suyos, a pesar de que tenía media esquina desplomada; la que daba hacia la Carrera 20 y hacia el sector del Parque Caldas.
Busqué dónde estaban los niños de quinto. Pregunté a profesores y afortunadamente, esa niña me reconoció y me abrazó. De otro modo, no sé qué tan fácil el docente me la hubiera entregado. Qué peligro, pensaba. Llega cualquier extraño a reclamar un niño y qué tal se lo lleve. Mi prima me dio esperanza con ese abrazo y asumo que el profesor confió en mí por ese mero acto sincero y de mínima humanidad. Ella estaba asustada, preocupada por el resto de su familia.
Mientras volvíamos a mi casa, tratando de esquivar el trancón que se incrementaba, oíamos la radio. En Manizales iban cuatro muertos confirmados. Aún no había número de casas afectadas y solo el dato de que el sismo había durado un minuto y medio, que para mí fueron como tres, y que había sido de 7,4. “poco”, pensé. No sabía una mierda. Eso es fortísimo en la escala de magnitud de momento, la escala que se usa para expresar la magnitud de los grandes terremotos.
Avanzábamos por esa ciudad rota, tratando de llegar por mi prima. Pensaba: Mi grupo apocalíptico es mi mamá y una niña de 12 años. Me encogía en mí tratando de no romper en lágrimas. Oía cómo cada vez era peor la tragedia; pensé en escribirle a mi ex. La única. ¿Cómo voy a hacer eso?, decía. Pero, ¿cómo no lo hago si está viviendo sola porque su familia está en el extranjero? Ah, pero ha de estar con su novio. ¿Pero y si no? No sé, ¿no necesitaría todas las ayudas posibles en caso de?

Le escribí a su mamá, mi exsuegra, para saber si estaba bien. Nervioso por la respuesta, rogaba porque estuviese a salvo. Si bien todo terminó del culo, fue alguien a quien le tuve cariño. Afortunadamente estaba bien.
Ese 10 de agosto, tatuado en la memoria colectiva manizaleña, se me hizo eterno. Los días siguientes no serían mejores, me sentía inútil. Mi sentido de preocupación y de cuidado, que fue respuesta humana de apego, empatía y conducta prosocial (esa que aparece con tanta fuerza cuando vemos a otros en peligro), se volvió imposible de ignorar. Recibí a mi mejor amigo, para su tranquilidad, luego de sentir ese terror en un décimo piso.
Los días después fueron terribles. Yo en mi casa rascándome las pelotas, mientras muchos lo perdieron todo. Me enteré de un grupo de Whatsapp de jóvenes que tenía la intención de ayudar en medio de la emergencia. Me uní en contra de la voluntad de mi mamá, que solo quería tenerme cerca. Pero ¿cómo no voy a ayudar si estoy bien? ¿Cómo ayudo? Estoy en la potestad y la capacidad de ayudar. Pa’ eso voy al gimnasio. Para, en el peor caso posible, ayudar a quien lo necesite.
Después de todo, está en mi espíritu y en mi formación. Soy scout, me decía. Soy joven y sano. De algo debo servir.

El miércoles salí a ayudar con una chica con la que hablaba. Fuimos al Parque Ernesto Gutiérrez a esperar indicaciones. Allí entendí que ayudar también era una forma de dejar de sentirse inútil: había una ciudad que necesitaba manos y yo tenía dos.
Cargué una carretilla amarilla y recogí escombros en el barrio Campoamor. Luego, después de dar severa caminada hasta el barrio El Carmen, que sí terminó muy afectado, me encontré con gente tan agradecida que, a pesar de verse afectada, seguía dando un “fresquito”, una “gaseosita”, para que nosotros tuviéramos algo.
Al día siguiente fui a la vereda Morrogacho, donde a un hombre se le cayó su casa. Estuve de 2:00 p. m. a 6:00 p. m. sacando escombros. El viernes 14 estuve en la Clínica Meintegral, anteriormente Clínica Manizales, para ayudar a recoger escombros. No podía evitar recorrer esos muros pensando que podía morir en el mismo sitio en el que nací hace 20 años. Pero ayudar para darle la oportunidad a más familias de ser atendidas tenía más peso que cualquier sentimiento de temor existencial.
“Quizá ahí está lo que realmente somos”, pensaba, porque antes del terremoto yo pensaba en dormir, en el gimnasio, en comer fit, en mis cosas. Después pensaba en mi mamá, en mi abuela, en mi perro, en mi tía, en mis primitos, en mis amigos, en una persona con la que había terminado mal, en una niña de 12 años que tenía que encontrar y, finalmente, en desconocidos a los que podía ayudar.

Qué curioso que tenga que moverse la tierra para que uno se dé cuenta de quién le importa. Uno llama a quien quiere. Uno pregunta por quien alguna vez quiso. Uno busca a quien necesita y uno termina ayudando a alguien que ni siquiera conoce.
En un país donde muchas veces nos matamos por cualquier cosa, donde somos capaces de pelearnos por una calle, una opinión, un partido de fútbol o cualquier pendejada, bastó que la tierra rugiera durante un minuto y medio para que todo eso dejara de importar. La tragedia nos recordó que no estamos solos, algo que la vida cotidiana nos hace olvidar. La psicología habla muchas veces de conducta prosocial, de empatía, de conexión y de cooperación. Hay evidencia de que los seres humanos tenemos una capacidad prosocial que puede expresarse en ayuda, generosidad y cuidado de otros, aunque puede verse influida por el contexto. Según Penner et al. (2005), está conducta está determinada tanto por factores individuales como contextuales.
Yo no necesité que me explicaran eso. Lo vi. Lo vi en el abrazo de una niña asustada. Lo vi en la gente dando una gaseosa mientras ellos mismos habían perdido parte de lo suyo. Lo vi en los jóvenes que salieron a cargar escombros. Lo vi en mi mamá queriendo tenerme cerca porque tenía miedo. Lo vi en mí, cuando terminé dejando mi orgullo para saber de alguien que alguna vez quise. Y lo vi en una ciudad entera tratando de levantarse mientras todavía temblaba por dentro. Y cuando todo se cayó entendí qué quería sostener. La tierra se movió y nosotros, por un momento, también lo hicimos.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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