«El vértigo horizontal», de Juan Villoro (fragmento)

Publicamos el comienzo de "El vértigo horizontal", en donde Juan Villoro, recordando el terremoto de México de 1985, escribe: "Durante días sin tregua nos improvisamos como rescatistas y la ciudad derruida encontró un nuevo rostro, jodido y cubierto de polvo, pero nuestro. Más de treinta años después, la ciudad todavía existe".
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“Voy a México”, dice alguien que está en México. Todo mundo entiende que se dirige a la capital, que en su voracidad aspira a confundirse con el país entero.

Extrañamente, ese lugar existe.

Entrada al laberinto: el caos no se improvisa

Durante cerca de veinte años he escrito sobre la Ciudad de México, mezclando la crónica con el ensayo y el recuerdo personal. El sincretismo del paisaje –la vulcanizadora frente a la iglesia colonial, el rascacielos corporativo junto a la caseta metálica de un puesto de tacos– me llevó a adoptar un género híbrido, respuesta natural ante un entorno donde el presente se deja afectar por estímulos que vienen del mundo prehispánico, el Virreinato, la cultura moderna y la posmoderna. ¿Cuántos tiempos contiene la Ciudad de México?

El territorio es tan extenso que produce la ilusión de tener distintos husos horarios. A inicios de 2001 estuvimos a punto de que eso ocurriera. El recién nombrado presidente Vicente Fox propuso un horario de verano y el jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, se negó a acatarlo. Como hay avenidas donde una acera está en la Ciudad de México y otra en el área conurbada, que pertenece al Estado de México, se creó la posibilidad de ganar o perder una hora al cruzar la calle. Los políticos mantuvieron con terquedad sus respectivas posturas cronológicas hasta que, por desgracia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación consideró que era absurdo tener dos horarios y perdimos la oportunidad de caminar unos metros para pasar de la hora federal a la hora capitalina.

En este valle de pasiones, el espacio se somete a las mismas vacilaciones que el tiempo, comenzando por la nomenclatura. Durante décadas nos referimos a la “ciudad de México” para hablar de las dieciséis delegaciones que integraban el Distrito Federal y las colonias que se le habían unido desde el Estado de México. La expresión era un apodo, de modo que los académicos aconsejaban escribir ciudad con minúscula. A partir de 2016 el DF se transformó en Ciudad de México y adquirió los poderes que tienen los demás estados de la República, pero su nombre siguió siendo ambiguo, pues no abarca toda la metrópolis (como lo hacía el mote de ciudad de México), sino una parte, lo que antes era el Distrito Federal. ¡Bienvenidos al Valle de Anáhuac, la zona donde el espacio y el tiempo se confunden!

El sincretismo ha sido nuestra más socorrida fórmula para “hacer ciudad”. Esto se aplica a las construcciones, pero también a los recuerdos. Las distintas generaciones de una misma familia convierten la ciudad en un palimpsesto de la memoria, donde la abuela encuentra misterios ocultos para la nieta.

Tomemos de ejemplo la esquina de Eje Central (antes San Juan de Letrán) con Madero, en el corazón de la capital. Mi abuela paterna vivía frente a la Alameda Central y consideraba “moderno” ir al Palacio de Bellas Artes, ese extraño despliegue de mármoles que su generación asociaba con fantasías otomanas y la mía con un casino en Las Vegas. Para mi madre, la modernidad de esa zona era representada por la cafetería Lady Baltimore, de inspiración europea. Para mí, el contundente sello de los tiempos es la Torre Latinoamericana, que se alza en esa esquina y fue edificada el año de mi nacimiento, 1956. Por último, para mi hija, la marca de novedad está frente a la Torre, en la Frikiplaza, centro comercial de tres pisos consagrado al manga, el animé y otros productos de la cultura popular japonesa. En ese rincón de la ciudad coexisten las “modernidades” de cuatro generaciones de mi familia. Más que en un tiempo y un lugar determinados, vivimos en la suma y la intersección de distintos tiempos y lugares, un códice tanto físico como memorioso de los destinos cruzados.

Sin saber que comenzaba un libro, concebí el primero de estos textos en 1993, cuando viajé a Berlín para presentar la traducción al alemán de El disparo de argón. Como mi novela aspiraba a ser un mapa secreto del DF, la editora me recomendó un número de la revista Kursbuch que incluía un ensayo sobre el urbanismo soviético del filósofo ruso-alemán Boris Groys: “El metro como utopía”. Fue un descubrimiento decisivo. De manera sorprendente, el subsuelo soviético tenía un espejo en nuestro Sistema de Transporte Colectivo.

Al año siguiente pasé un semestre en la Universidad de Yale. Guiado por el texto de Groys y una antología preparada por Klaus R. Scherpe, Die Unwirklichkeit der Städte (La irrealidad de las ciudades), que encontré en el laberinto de la Biblioteca Sterling y que buscaba entender la ciudad como un discurso unitario, escribí un ensayo sobre el metro mexicano. Fue el inicio de un proyecto que a lo largo de los años y sus mudanzas crecería tanto como su tema, sin un plan que contuviera su expansión. Ante la proliferación de cuartillas, en algún momento pensé que no necesitaba un corrector de estilo sino un urbanista.

El vértigo horizontal incorpora diversos recursos testimoniales. Es el libro donde más géneros he mezclado y en cierta forma está constituido por varios libros. Su estructura obedece a un criterio de zapping. Los episodios no avanzan de manera lineal, sino conforme al zigzag de la memoria o los rodeos que provoca el tráfico urbano.

El lector puede seguirlo de principio a fin o elegir, al modo de un paseante o un viajero del metro, las rutas que más le interesen: los personajes, los lugares, los sobresaltos, las ceremonias, las travesías, las historias personales (todas lo son, pero los pasajes ordenados bajo el rubro “Vivir en la ciudad” insisten más en este aspecto).

Una ciudad de casas bajas

Michael Ondaatje se refiere en un ensayo a uno de los muchos episodios en los que Jean Valjean es perseguido en Los miserables. Victor Hugo describe con el más estricto realismo las calles de París por las que el fugitivo huye de la policía hasta que se sabe acorralado. ¿Qué hacer para salvarlo? El escritor inventa una calle para que escape por ahí.

Ignoro si Ondaatje acierta en un sentido topográfico al afirmar que el personaje huye por una vía inexistente, pero acierta en un sentido literario: la ficción abre un hueco para el héroe.

No ocurre lo mismo en este libro. Aunque en numerosos embotellamientos he querido agregarles una salida imaginaria a las copiosas calles de la ciudad, he optado por el testimonio y lo que mi memoria me presenta como verdadero.

¿Qué tan cierto es lo que cuento? Tan cierto o tan falso como la imagen que podemos tener de una ciudad que se vive de millones de modos diferentes. Sería incongruente interpretar de manera rígida una metrópolis que desafía las señas de orientación. ¿Hay un concepto que la defina?

Cuando Pierre Eugène Drieu La Rochelle llegó con sus muchos nombres a Argentina, quiso conocer la pampa. El viajero francés definió esos pastizales sin fin con insólita puntería. Dijo estar ante un “vértigo horizontal”.

Juan José Saer observa al respecto:

Hay un resabio postsimbolista en esa expresión, que a mi juicio gana mucho cuando es proferida lentamente y entrecerrando levemente los ojos, tal vez haciendo un largo ademán mesurado, ligeramente ondulatorio, con la mano derecha elevada ante sí mismo, como si el borde inferior de la palma remara en el aire, el brazo levemente estirado. El efecto causado por esa expresión será sin duda intenso, pero la expresión es falsa.

Este irónico pasaje de El río sin orillas ajusta cuentas con el extranjero que dejó la más célebre definición de la pampa. Saer descubre suficientes relieves y obstáculos en la llanura para juzgar que la frase de Drieu es “una figura poética afortunada, pero un error de percepción”.

La Ciudad de México se ha extendido en forma avasallante. En setenta años su territorio se ha vuelto setecientas veces mayor. ¿Cómo atrapar esta desmesura? Me sirvo de la expresión de Drieu La Rochelle por una causa similar a la que provoca la ironía de Saer: la frase define nuestro entorno, pero está dejando de ser cierta. Mis primeros recuerdos de la capital provienen de 1960, cuando tenía cuatro años. Durante el siguiente medio siglo, la urbe tuvo una expansión claramente horizontal, una marea de casas bajas. La Torre Latinoamericana se mantenía como la solitaria afirmación de que la verticalidad era posible, aunque poco aconsejable para un territorio sísmico, a 2 200 metros de altura, al que el agua llega por bombeo. “Crecer” significaba “extenderse”.

El novelista Carlos Gamerro argumenta a propósito de Buenos Aires: “Para una ciudad que en más de cuatrocientos años no ha conseguido sobreponerse a la opresiva horizontalidad de pampa y río, cualquier elevación considerable adquiere un carácter un poco sagrado, un punto de apoyo contra la gravedad aplastante de las dos llanuras interminables y el cielo enorme que pesa sobre ellas”.

En la Ciudad de México la dimensión simbólica de la naturaleza es la opuesta. No estamos ante un río tan ancho que parece un mar ni ante un llano infinito. Sus fundadores provenían de una gruta y se instalaron en medio de montañas.

De acuerdo con la leyenda, la tribu de Aztlán salió de Nayarit, en la costa pacífica, para dirigirse a la zona central, remontando abruptas serranías. El Valle de Anáhuac se abrió ante ellos como una insólita meseta rodeada de volcanes, donde una laguna proveía agua. El término altiplano, que usamos para nuestra peculiar geografía, se refiere, precisamente, a la horizontalidad de altura.

Si, como afirma Gamerro, los altos edificios representan en Buenos Aires un desafío a la pampa y al Río de la Plata, en México la horizontalidad ha sido entre nosotros una manera de señalar que los edificios no deben competir con las montañas.

Durante el siglo XX, los brotes de verticalidad tuvieron poca fortuna. En los años sesenta, Mario Pani, uno de los principales arquitectos del país, diseñó la Unidad Habitacional Tlatelolco. A diferencia de lo que había hecho en otros conjuntos residenciales, construyó verdaderos rascacielos. El proyecto tenía extraordinaria fuerza simbólica porque se incorporaba a la Plaza de las Tres Culturas, donde conviven los basamentos de una ciudadela prehispánica, una iglesia colonial y la torre que durante años albergó la Secretaría de Relaciones Exteriores, obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, especialista en edificios consagrados a diversas variantes del poder: el Estadio Azteca, el Museo Nacional de Antropología y la nueva Basílica de Guadalupe.

Tlatelolco, zona pionera en edificios altos, adquirió trágica reputación en 1968, cuando la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en la piedra de los sacrificios donde se reprimió el movimiento estudiantil. Diecisiete años después, fue uno de los espacios más castigados por el terremoto. Lugar marcado por el drama, Tlatelolco sugería que la verticalidad acaba mal.

Otros intentos de elevación tuvieron suerte similar. En 1966 el empresario Manuel Suárez y Suárez adquirió el pacífico Parque de la Lama, en la colonia Nápoles, y planeó algo que parecía (y era) delirante: el edificio más alto de América Latina. En 1979 ese mamotreto alcanzó doscientos siete metros, pero no era sino un cascarón. Prometía un albergue que no llegó a existir, el Hotel de México. Durante años, el edificio interrumpió el paisaje como una demostración de que la inmensidad fracasa entre nosotros. En la revista Viceversa, un grupo de jóvenes escritores propuso sembrar enredaderas para convertirlo en un jardín vertical, compensando el parque perdido con el adefesio. Finalmente, en 1992, de acuerdo con las exigencias de la hora, se transformó en el World Trade Center. La historia de este inmueble revela lo difícil que ha sido construir con éxito hacia arriba.

Durante dos décadas, el sismo de 1985 dominó las reflexiones urbanas y produjo una moratoria de edificios altos. Pero el olvido es aliado de la especulación y la ciudad ha comenzado a ganar altura. Incluso la vialidad se define por obras elevadas, como las supervías y el segundo piso del Periférico.

El solitario predominio de la Torre Latinoamericana y el “renacimiento” del Hotel de México como World Trade Center fueron eclipsados en 1996 por la Torre Arcos Bosques, conocida como El Pantalón. En el crepúsculo, la sombra de este edificio, diseñado en Santa Fe por el arquitecto Teodoro González de León, se extiende en forma espectacular sobre una ciudad todavía baja.

Otro alarde de verticalidad llegó en Paseo de la Reforma con la Torre Mayor, que de 2003 a 2010 fue el edificio más alto de América Latina. A su lado, proliferaron otros edificios, que alteraron el paisaje urbano sin alcanzar el gigantismo de Panamá, donde en 2016 se alzaban diecinueve de los veinticinco edificios más altos de América Latina, quince de ellos construidos después de la Torre Mayor.

Sin embargo, la dilatada expansión horizontal tiene los días contados. En la colonia Xoco, cerca de la casa donde escribo estas líneas, se abre un inmenso agujero que pretende servir de base a la edificación más alta de la ciudad: la Torre Mítikah, cuyos sesenta y dos pisos aspiran a alcanzar doscientos sesenta y siete metros de altura. La tierra que se ha extraído de ahí podría llenar el Estadio Azteca. El proyecto, diseñado por el arquitecto argentino César Pelli, autor de las rutilantes torres de Kuala Lumpur, ha sido impugnado por ecologistas, se ha detenido por problemas para cubrir el presupuesto de cien millones de dólares y ahora se encuentra en preventa. Previsiblemente, este portento no sólo traerá congestiones de coches, sino también de helicópteros.

La ciudad que se extendía al modo de un océano asume ahora otra metáfora rectora: la selva. Mientras crece la nueva maleza, el territorio es una suerte de pantano, una marea estancada entre palafitos que ganan altura.

La voracidad vertical anuncia otra ciudad, marcada por la avaricia inmobiliaria y los infiernos corporativos. El agua potable que llega desde trescientos kilómetros de distancia y sube con grandes trabajos hidráulicos al valle aún tendrá que recorrer los sesenta y dos pisos de la Torre Mítikah. En el acaudalado barrio de Santa Fe se han desplomado edificios construidos sobre un terreno arenoso, donde solía haber minas. La Ciudad de México muere de “éxito” inmobiliario. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Los muchos modos de una ciudad

Cuando el escritor venezolano Adriano González León visitó la Ciudad de México se sorprendió al encontrar este letrero: “Materialistas: Prohibido estacionarse en lo absoluto”. El autor de País portátil tardó en entender que había llegado a un sitio donde el materialismo no es una corriente filosófica, sino un trabajo de carga y descarga. La mención al absoluto indicaba que los camiones no debían estacionarse ni un ratito. Aquel letrero era en realidad una profecía del estancamiento urbano: hoy en día los materialistas se han estacionado en lo absoluto.

Después de veinte años de escribir sobre la ciudad, busqué una noción de límite y la encontré en el paisaje. Retrato el último medio siglo de una inmensa ciudad baja. Cada ladrillo que gana altura, reclama el término de este trabajo. Por lo demás, el hecho de que en 2016 haya dejado de ser Distrito Federal para convertirse en Ciudad de México también representa el fin de una era.

Kierkegaard señaló que la vida ocurre hacia delante, pero se entiende hacia atrás. Las explicaciones siempre son retrospectivas. De acuerdo con la mitología prehispánica, los primeros pobladores del Valle de Anáhuac perseguían una imagen profética: el águila devorando una serpiente. Esta conjunción simbólica del aire y la tierra fue avistada a orillas del lago de Texcoco. El sentido visionario de llegar ahí se había cumplido. Sin embargo, como señala el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, lo interesante es que la historia es posterior a la llegada de los peregrinos. Los fundadores de Tenochtitlan se asentaron a orillas del lago, pero les faltaba la explicación que los justificara.

Pueblo advenedizo, el mexica o azteca carecía de una tradición que lo realzara. Para dotarse a sí mismo de una epopeya fundadora, se asignó pasados míticos ajenos, el de los toltecas y el de los teotihuacanos. En el siglo xv, los mexicas inventaron a posteriori la leyenda de su grandeza. Desde entonces, México-Tenochtitlan sólo adquiere lógica hacia atrás. Los planes no son para nosotros; nuestra tarea consiste en descifrar un misterio que ya ocurrió.

El vértigo horizontal se inscribe en esa dilatada tradición, pero depende de un enfoque rigurosamente personal. Martin Scorsese ha elogiado la visión que Woody Allen tiene de Nueva York, entre otras cosas porque es muy distinta a la suya. Propongo una lectura entre millones de lecturas posibles.

Para Carlos Fuentes, “la Ciudad de México es un fenómeno donde caben todas las imaginaciones. Estoy seguro de que la ciudad de Moctezuma vive latente, en conflicto y confusión perpetuos con las ciudades del virrey Mendoza, la emperatriz Carlota, de Porfirio Díaz, de Uruchurtu y del terremoto del 85. ¿A quién puede pedírsele una sola versión, ortodoxa, de este espectro urbano?”

La ciudad varía con la percepción que de ella tiene cada uno de sus habitantes. A lo largo de sesenta años he vivido en unas doce direcciones diferentes. Todas ellas están al sur del Viaducto y esto define mi mirada. He recorrido parcialmente el laberinto.

¿Cómo representar una ciudad que creció alrededor del templo dual de los aztecas y hace unos años sirvió de escenario natural para el apocalipsis futurista de la película Elysium?

En “El inmortal”, Borges describe una urbe desorientadora, que confunde sin un fin preciso: “Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaletas inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo”. Esa edificación demencial se debe al ocio de los inmortales, que desperdician el tiempo e ignoran los propósitos finitos. Por momentos, la Ciudad de México suscita un pasmo similar. Escribir sobre ella significa inventarle explicaciones.

Tres décadas después del terremoto

El 19 de septiembre de 1985 los capitalinos pensamos que la expansión de la ciudad se frenaría de la peor manera. El terremoto destruyó numerosos edificios, la mayoría de ellos públicos. Por un momento, pareció imposible seguir viviendo aquí. Pero el Distrito Federal fue salvado por su gente. Durante días sin tregua nos improvisamos como rescatistas y la ciudad derruida encontró un nuevo rostro, jodido y cubierto de polvo, pero nuestro. Más de treinta años después, la ciudad todavía existe.

Este libro le rinde homenaje y testimonio.

He querido responder por escrito a los miedos, las ilusiones, el hartazgo y los caprichos de vivir en este sitio. También, he procurado que mi libro se acerque a la forma en que he decidido habitar esta ciudad, convencido de que es bueno estar informado, pero de que los datos, muchas veces amargos, no deben mermar las principales formas de la resistencia: el placer y el sentido del humor.

Mi relato ocurre en densidad: escribo rodeado de millones de personas que tienen otra opinión del mismo tema. El desconcierto se vive de diversos modos y no admite una versión definitiva. Escribir de la Ciudad de México es, a fin de cuentas, un desafío tan esquivo como describir el vértigo.

Ciudad de México, 24 de junio de 2018

Vivir en la ciudad: “si ven a Juan…”

Conocí el mundo en la colonia Insurgentes Mixcoac, región de casas pequeñas, construidas en su mayoría en los años treinta del siglo pasado, donde mi abuelo, pastor de ovejas español que llegó al país a “hacer la América”, había levantado un dúplex con muros de una solidez extrema, inspirados en algún baluarte visto en su infancia. Enfrente vivían otros españoles, dueños de la panadería La Veiga, el negocio más popular del barrio junto con la Tintorería Francesa, enorme establecimiento en avenida Insurgentes, revelador de la importancia que entonces se concedía a sacar manchas de la ropa.

La casa de los Fernández, propietarios de La Veiga, tenía la misma cuadrada consistencia que la nuestra. Por lo visto, era el sello de los inmigrantes que prosperaban, pero seguían temiendo que el techo se les viniera encima.

Las calles de la colonia llevaban nombres de ciudades españolas. Vivíamos en Santander esquina con Valencia. Yo pasaba largo rato sentado en la banqueta, esperando que un coche se aproximara como un insólito espectáculo. Cuando jugábamos futbol callejero, usando las coladeras como porterías, nos servíamos de un grito atávico para anunciar la ocasional llegada de un vehículo: “¡aguas!”

En tiempos virreinales, las familias se deshacían de los orines lanzándolos por la ventana al grito de “¡aguas!” Un par de siglos después, ese alarido señalaba entre nosotros la presencia de un auto. La interrupción permitía recuperar aliento y estudiar el modelo en turno. Si una mujer iba a bordo, nos acercábamos a la ventanilla para verle las piernas (comenzaban los tiempos de la minifalda).

Resulta difícil narrar esos años sin asumir un tono nostálgico. La ciudad se ha modificado en tal forma que el solo hecho de describirla parece una crítica del presente. Aclaro, para mitigar la lucha de las edades, que no deseo reencarnarme en el niño que creció en Mixcoac, ‘lugar de serpientes’. Ésa fue la peor época de mi vida.

No idealizo lo que desapareció, pero debo consignar un hecho incuestionable: la ciudad de entonces era tan distinta que casi resulta escandaloso que lleve el mismo nombre.

En el barrio donde crecí bastaba abrir la puerta para socializar. De modo genérico, hablábamos de “amigos de la cuadra”, aunque se tratara de meros conocidos. Todo mundo se dirigía la palabra a la intemperie, no siempre con buenos resultados.

El aislamiento era una condición de los misántropos. Junto a mi casa había una construcción diminuta, agobiada por un jardín convulso, donde las plantas crecían con el mismo desorden que inquietaba la cabellera de su propietario. Rara vez lo veíamos salir de ahí. Además, tenía un telescopio, indicio de que sus turbulencias podían ser astrales. Su mujer contaba con los atributos de melena, vestuario y uñas largas para ser considerada bruja, incluyendo un gato que la seguía con raro magnetismo. Esa pareja sin hijos, aislada en su mínimo bastión, confirmaba que sólo los muy extravagantes se resistían a hablar con los demás.

Sin embargo, la tarea de socializar no era sencilla para alguien de seis años, sin antecedentes en la zona y con padres que vivían ahí, pero rara vez estaban en casa. El niño que salía a conocer a sus congéneres enfrentaba una compleja cultura del agravio, donde se consideraba desafiante “quedársele viendo” a una persona (¿cuántos segundos de insistencia óptica llevaban a esa ofensa?), donde los diminutivos denotaban falta de virilidad y donde la cordialidad dependía menos del afecto que del temor a ser agredido.

La vida callejera se regía por un darwinismo primario, una impositiva apropiación del espacio, donde una palabra fuera de lugar podía meterte en problemas. El prestigio territorial se imponía con los puños, el carisma o el dinero. Yo carecía de esas virtudes y necesitaba protección para no convertirme en esclavo de quienes dictaban la ley.

La gran utopía de mi infancia fue tener un hermano mayor. Anhelaba que, por obra de un inexplicable azar, una persona que me llevara dos o tres años se presentara a la puerta de la casa, reclamando los derechos del primogénito que yo aborrecía. Ser el primero de mi estirpe me obligaba a salir a la calle sin instrucciones de uso.

A los seis años no era valiente, carecía de personalidad arrolladora y de dinero para congraciarme con los otros invitándoles refrescos en la miscelánea La Colonial.

Me aceptaron en la pandilla sin convertirme en súbdito de último rango porque mi manera de hablar les hizo gracia. No tenía ingenio ni don para los chistes, pero decía cosas extrañas. Eso venía de mis revueltas influencias culturales. Mi padre había nacido en Barcelona y crecido en Bélgica. Decía peonza en vez de trompo y báculo en vez de bastón. También mi abuelo materno era español. Vivía en la parte baja de nuestro dúplex y casi nunca hablaba, pero cuando lo hacía parecía un sacerdote iracundo salido de una película (en aquel tiempo, todos los sacerdotes del cine mexicano hablaban como españoles, y mi padre había actuado de cura en La sunamita, film de Héctor Mendoza basado en el cuento de Inés Arredondo). Mi abuela era yucateca y contaba historias con un abigarrado popurrí lingüístico. Al festejar algo decía ¡chiquitipollo! en vez de ¡lero, lero! No siempre le entendíamos. Desesperada ante nuestra incomprensión, decía: “¡Mato mi pavo!”, lo que significaba “Me rindo”.

Mi madre estudiaba psicología y pocos años después entraría a trabajar al Hospital Psiquiátrico Infantil. Regresaba a casa cansada de ver niños profundamente afectados, indispuesta para enfrentar a mi hermana Carmen y a mí, niños superficialmente afectados.

Yo estudiaba en el Colegio Alemán Alexander von Humboldt. Por un capricho de la diosa Fortuna, caí en el grupo de los alemanes. A los seis años sabía leer y escribir, pero sólo en alemán.

Todo esto me convirtió en alguien que hablaba raro. No era una gran virtud, pero esa singularidad me salvó de algunas palizas y permitió que los más fuertes me protegieran, como lo hubieran hecho con un loro capaz de pronunciar palabras locas o recitar la alineación del “campeonísimo” Guadalajara.

El barrio tenía dos zonas de misterio: la miscelánea y las casas abandonadas. La tienda olía a chiles en vinagre, papel de estraza y cosas dulces. Aquella cavidad mal iluminada nos ponía en contacto con un universo lejano y abigarrado –decididamente moderno–, el mundo donde se producían las golosinas envueltas en el crujiente prodigio del celofán.

Nuestro destino se medía en centavos: la Coca pequeña costaba treinta y cinco; la grande, cuarenta y cinco, y la familiar, noventa; los polvorones, cincuenta; los chicles Motitas, diez, y los Canguro, cinco centavos. Mi mente nunca ha estado tan atenta a la economía como entonces. Soy incapaz de recordar el precio de lo que ayer compré en un Oxxo, pero no puedo olvidar que el insólito Delaware Punch costaba cuarenta centavos, cinco menos que una Coca mediana.

Nos reuníamos en la miscelánea La Colonial, más que a comprar, a discutir de cualquier tema y codiciar los pastelillos chatarra que comenzaban a dominar el mercado con sus nombres de fábula: Gansitos y Pingüinos (más tarde llegarían los Mamuts). Aquel sitio fue para nosotros el equivalente del ágora en Atenas. El punto para pensar la urbe.

El otro destino de interés eran las casas abandonadas. La vida inmobiliaria parecía sometida a intensas tragedias personales que obligaban a salir de un sitio sin poner un cartel de “Se renta”. Las plantas invadían esos hogares, y ocasionales vagabundos encendían hogueras en los cuartos con restos de algún mueble. Saltábamos las rejas rematadas en puntas de flor de lis para explorar esos museos del abandono y la desgracia. Las casonas vacías solían ser más lujosas que las nuestras, lo cual aumentaba el enigma de que hubieran sido cedidas al salitre y los ratones. ¿Qué catástrofe explicaba la huida? A alguien le tenía que haber ido muy mal para dejar esos cuartos pintados en color palo de rosa a merced de los niños del vecindario.

Exploré la colonia por mi cuenta, pero encontré mi principal amistad frente a la casa. Una solterona cobró un singular afecto por mí. Vivía en una anticuada casa con duelas de madera. Ahí, el aire olía a genciana y trapos húmedos, cosas buenas y vagamente submarinas. Me invitaba a merendar, me pedía que le contara asuntos de mi escuela, me preguntaba por los gatos callejeros y pedía que los bautizara para ella.

Una tarde me preparó un baño. Me encantó entrar al cuarto de mosaicos blancos y muebles arcaicos –un aguamanil desportillado, un armario con doble espejo, una tina sostenida por cuatro garras de felino–, un baño de la época de la Revolución. Continué la amistad en estado de remojo.

A la distancia, me sorprende la relación con esa mujer cuyo nombre no recuerdo y a quien bauticé como La Señora Amiga. No hubo frotamientos ni indicios de un temprano y confuso trato erótico. No quiso abusar de mí. Sencillamente, era una persona solitaria. Parecía hecha para las casas abandonadas de la colonia. La pasé bien en su discreta compañía, sumido en un tibio nirvana sin obligaciones, hasta que mi madre se enteró del asunto y reaccionó como lo hace cualquier mujer inteligente que estudia psicología; es decir, como una loca. Fue la primera escena de celos que contemplé en mi vida, siendo el involuntario protagonista de la afrenta. Mi madre me acusó de preferir a La Otra.

–¿Si tanto la quieres por qué no te vas con ella? –preguntó al borde del colapso.

Antes de que yo pudiera responder, fue por una maleta, la llevó a mi cuarto y comenzó a empacar mis cosas. Dobló con cuidado las camisas y enrolló los calcetines sin que yo creyera que en verdad me estaba corriendo de la casa. Se trataba de mi madre, la mujer que yo adoraba al punto de creer, con granítica convicción, que su biografía aparecería en una de mis historietas favoritas, Vidas ejemplares, que narraba en forma melodramática los martirios de los santos.

La vi colocar mis pertenencias en la maleta que usábamos para ir a Veracruz, esperando que de un momento a otro suspendiera su absurda tarea. No lo hizo. De pronto, se dirigió a la cocina y regresó con el frasco de hierro. En las mañanas yo tomaba una cucharada de ese denso jarabe que supuestamente ayudaba a crecer. Cuando el frasco entró a la maleta, se produjo un efecto mágico: aquello era cierto. Si mi madre se tomaba el trabajo de empacar algo tan preciso, no podía estar jugando.

Fue la mejor y más dolorosa lección literaria de mi vida. Para que una escena resulte verosímil requiere de algo que no debería estar ahí y, sin embargo, está ahí. La mosca en la sopa. Esa presencia insólita y al mismo tiempo lógica otorga al hecho una singularidad que sólo puede ser creída.

Al ver el frasco en mi equipaje, me arrodillé, pedí perdón, juré no amar nunca a otra mujer. Pude seguir en casa.

Conté esta anécdota en El libro salvaje, como un homenaje a las enseñanzas literarias de mi madre y un tardío afán de superar el trauma de no amarla en exclusiva.

A partir de ese incidente, dejé de salir a la calle. Concebí entonces una fantasía negativa. Imaginaba que me fugaba y mis padres me extrañaban mucho. Durante años vivía en la oquedad de un ahuehuete en Chapultepec. Cuando ellos finalmente daban conmigo, yo era un mendigo balbuceante que había olvidado el español. Al contemplar mis taras lingüísticas, provocadas por el sufrimiento y la miseria –mi esforzado desaprendizaje en Chapultepec–, mis padres sentían una honda lástima por mí, pero, sobre todo, se sentían tremendamente culpables. Con deleitable detalle, imaginaba sus rostros arrepentidos. Mi ideal de vida consistía en arruinarme para hacerlos sufrir.

No tuve oportunidad de ejercer este masoquismo porque ellos alteraron el destino de otro modo. Ambos provenían de tradiciones separatistas: él de Cataluña, ella de Yucatán. No fue extraño que se separaran cuando yo tenía nueve años.

Dejamos la casa en Insurgentes Mixcoac y nos mudamos a un departamento en la colonia Del Valle. La familia quedó reducida a mi madre, mi hermana Carmen, dos años menor que yo, y a mí. Mi padre vivía bastante cerca, en el edificio Aule, en la esquina de Xola e Insurgentes. Él comía en casa dos veces por semana, dormía la siesta, y los domingos nos llevaba al zoológico o al cine, y a mí al futbol. Esta apariencia de normalidad no era suficiente en un entorno donde el divorcio se revestía del halo negro del fracaso y el escándalo. Ninguno de mis compañeros de escuela tenía padres divorciados, y entre los nuevos amigos de la cuadra sólo los Mondragón habían pasado por ese trance. Fue el primer motivo para acercarme a ellos.

Mi vida cambió para siempre al contacto con esa familia. Jorge tenía mi edad y eso facilitó la amistad. El mayor de los varones, Gustavo, era cuatro o cinco años más grande que nosotros, pero disfrutaba enormemente la compañía de los menores. Pasaba las tardes enseñándonos nuevas formas de dominar el balón o descubriéndonos grupos de rock. Entendí que la vida tenía sentido porque existían el futbol y la música. Poco después, los Mondragón me revelaron otro asombro. Estudiaban en el Colegio Tepeyac, en la colonia Lindavista, al norte de la ciudad, y un día me invitaron a un entrenamiento de los Frailes, el equipo de futbol americano. Gracias a esa travesía, entré al laberinto. Atravesamos el DF en camiones y tranvías. De un modo inexpresable pero cierto, sentí que esas calles, plazas, glorietas, avenidas, cines, tiendas, letreros luminosos y parques desconocidos eran míos. Mi familia estaba reducida al mínimo, estudiaba en el Colegio Alemán, donde no dominaba suficientes frases con cláusulas subordinadas para integrarme, y hablaba en forma rara. Estaba fuera de lugar. Sin embargo, la vastedad del territorio me hizo saber que ahí podía tener acomodo. Decidí ser de la ciudad, como si no lo fuera antes. Decidí amarla y despreciarla como sólo se ama y se desprecia lo que te pertenece. Decidí entenderla, con una mezcla de entusiasmo y estupor. Para un desorientado, el laberinto es una casa.

Recién mudado a la colonia Del Valle, pasé cada vez más tiempo en las calles en torno a la cerrada de San Borja, algo que a mi madre le resultaba conveniente, pues llegaba muy tarde del Hospital Psiquiátrico Infantil. A las siete u ocho de la noche, ella volvía a casa y no tenía la menor idea de dónde estaba yo. Eso no la alteraba en lo más mínimo. Al no encontrarme en el departamento, bajaba a la calle y le decía al primer conocido con el que se topaba:

–Si ves a Juan, dile que venga.

No era necesaria otra búsqueda. Más temprano que tarde, el mensajero daba conmigo:

–Que ya vayas a tu casa –decía.

No hacía falta buscar a la gente para encontrarla. Todos estábamos ahí, en un microcosmos contenido. La inseguridad existía en la mente, no en las calles.

Algo me quedó para siempre de esa época. Camino por la ciudad sin rumbo fijo y sin pensar en la hora del regreso, confiando en que algún conocido me avise de pronto que debo volver a casa.


Este fragmento se publica con autorización de Penguin Random House.


"El vértigo horizontal", de Juan Villoro (fragmento)

Ciudad de México es una urbe que ha sido sacudida, transformada y reorganizada a partir de distintos terremotos. El del 19 de septiembre de 1985 causó 3.192 muertos, según las cifras oficiales, aunque hay organizaciones que hablan de alrededor de 20.000. En esa misma fecha, 32 años después, otro terremoto sacudió a la ciudad: el 19 de septiembre de 2017 murieron 319 personas, según cifras oficiales, y otra vez hubo caos, miedo y destrucción.

Con esos dos terremotos como referentes, Juan Villoro publicó en 2018 El vértigo horizontal, un libro a medio camino entre la crónica y el ensayo en el que el autor presenta lugares, personajes y ceremonias de una urbe de más de 20 millones de habitantes, que crece hacia arriba y hacia los bordes, y que sabe que de cuando en cuando las placas tectónicas reorganizan el mapa.

El vértigo horizontal

Juan Villoro

2018

Penguin Random House

408 páginas

ISBN 9780593314241

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  • "El vértigo horizontal", de Juan Villoro (fragmento)

    Ciudad de México, 1956. Estudió sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y fue alumno de talleres literarios con figuras como Augusto Monterroso. Ha escrito novela, cuento, ensayo, literatura infantil y crónica. Sus intereses van desde la filosofía y la historia hasta el fútbol y la cultura popular. Entre sus libros están El testigo (Premio Herralde 2004), Dios es redondo (2006), El vértigo horizontal (2018)La figura del mundo (2023) y No soy un robot: La lectura y la sociedad digital (2024), entre muchos otros.

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