En la vida diaria los rumores pueden ser más importantes que la realidad; o mejor dicho, la realidad nos la representamos inicialmente con rumores, prejuicios, temores, suposiciones, o incluso hipótesis. Trabajamos o vivimos a partir de todas esas posibilidades, hasta que se demuestre lo contrario; e incluso pueden convertirse en realidad —o afectar “la” realidad— a fuerza de su repetición y de la convicción que tengamos de que son verdaderos. Entre otras razones, porque son adaptativas, pueden hacer que sobrevivamos, nos permiten adelantarnos a lo que nos pueda suceder y, en consecuencia, evitarlo o contrarrestarlo.
Los rumores cunden cuando hay falta de información, exceso de temor, falta de credibilidad, descreimiento o desconfianza en las instituciones. En la actualidad la mayor fuente de rumores y desinformación son las omnipresentes e invasivas redes sociales, que parecen revestidas de una especie de infalibilidad que se les da porque nos llegan con audio y video a través de las vías digitales, y el que hayan reemplazado en gran parte las fuentes de información tradicionales.
Un ejemplo de ello es cómo después del reciente terremoto se ha difundido la sospecha (el rumor) de que los arriendos estaban subiendo de precio de manera impresionante, como consecuencia de la mayor demanda de vivienda que generó la emergencia; al punto que es común escuchar aún que los subieron al doble del precio que estaban. Es decir, que habría un descarado aprovechamiento de la repentina alta demanda de vivienda, basándose en el bien aprendido principio de poca oferta frente a alta demanda, que casi siempre conduce a la especulación. Sin embargo, en esto parece haber más de pesimismo, profecía de autorrealización y algo de aquél dicho de “piensa lo peor y acepta lo real”.
Un análisis hecho por Sebastián Herrera y difundido por la red X, tomó datos de los precios de viviendas ofrecidas en arrendamiento que se publicaron en el portal fincaraiz.com.co, antes del sismo (mitad de julio) y ocho días después del mismo. Comparó los anuncios de ofertas en las dos fechas, para verificar si su precio cambió después del terremoto, y encontró que sí hubo un pequeño ajuste en los cánones de los arrendamientos en Cali después del evento; pero que el alza fue de apenas el 4.3%, en promedio. Y para los datos de las ciudades de Manizales y Pereira. fueron muy pocos los anuncios que se actualizaron en ese portal una semana después del sismo, con lo cual los datos no demostraban nada aún.
Después del sismo que afectó a Manizales, Pereira y Cali, en redes empezó a circular la sospecha de que los arriendos estaban subiendo de precio a raíz de la emergencia.
— Sebastián Herrera (@herrerajuans) August 20, 2026
Para no quedarme con el rumor, bajé datos de arriendo de casa y apartamento publicados en… pic.twitter.com/CrS0TyPv6F
Pero los mensajes de las redes siguen insistiendo en que se está presentando mucho esa especulación, y los titulares de los periódicos y noticieros de radio y televisión siguieron difundiendo esa idea, basada principalmente en opiniones y comentarios de las personas en las calles, afectadas y no afectadas por la pérdida de su vivienda. Opiniones que, a su vez, estas personas se habían formado a partir de lo que oyeron decir a otros, o vieron en sus redes o en los noticieros —que se supone tienen mayor credibilidad. Desde alcaldes hasta la federación que agremia las empresas de arrendamientos han repetido lo que algunos ciudadanos dijeron, sin mayores especificaciones y aprovechando la oportunidad para hacer llamados y prometer sanciones.
Seguramente ha habido algunos casos de descaro o aprovechamiento de la necesidad de las familias, y es posible que alguna haya pagado ese nuevo precio (“la necesidad tiene cara de perro”); pero no parece ser un fenómeno mayoritario, entre otras razones por la alerta que los rumores acerca de esa posibilidad ha generado. La realidad de estos asuntos no es fácil de dimensionar, pero el rumor sí se difunde y se mantiene, particularmente en los medios digitales.
Muy dentro de la línea de las denominada sabiduría popular —que es más popular que sabia— siempre será mejor parecer adelantado, inteligente o vivo, y poder decir luego “se los dije”, o “eso se sabía”, si se cumple la predicción pesimista que hicimos. Y el mundo de las redes digitales nos ha enseñado que lo más importante es mostrarse célebre, agradable, original; sin importar que lo que se difunda sea cierto o no.
En casos como la tragedia derivada del reciente terremoto, necesitamos hablar, y hablar mal de alguien. Y hacerlo de un anónimo, de un malo imaginado y genérico puede cumplir bien esa función: “el colombiano típico”, “la gente”, “los demás”. Siempre tendremos oportunidades de sentirnos mejores que otros: siempre habrá gente más mala que yo.
Ahora bien, si la búsqueda de alternativas de arrendamiento para los que se quedaron sin vivienda se dificulta, se estaría demostrando —aparentemente— lo que nosotros profetizamos. Lo lógico es que si alguien vivía en apartamento propio, le será difícil conseguir otro en arriendo para pasarse mañana mismo; peor si aún pagaba cuota hipotecaria. La disponibilidad del tipo de vivienda, de la ubicación, las características y el precio del canon que uno busca no está garantizada para ya.
Otras situaciones acerca de las que se ha rumoreado en estos días post-terremoto es que han aparecido muchas familias que se hacen pasar por damnificadas sin serlo, buscando lograr así una vivienda. O frecuentes casos de quienes reciben ayudas en mercado o comidas sin haber sufrido novedades en su cotidianidad. Es posible que los haya, al menos inicialmente; pero tampoco es un hecho altamente frecuente. Y cuando se trata de casos demostrables de “viveza”, ello no equivale a que no exista la cruel realidad de muchos; o que no sean necesarios los actos solidarios: si están regalando algo, aparecerán también quienes quieran aprovechar la ocasión, sin importar su necesidad, pero guiados por una especie de cultura del futuro incierto (algo muy tropical). Cuando están regalando comida en un lugar público, recibirán también quienes tienen disponible en sus viviendas: algo se ahorran, piensan, en especial quienes tienen bajos ingresos. Son los problemas del desorden, la improvisación de soluciones, y la tendencia a aprovechar la oportunidad (el “papayaso”). De paso, debemos resaltar que la sola solidaridad no va a resolver la mayoría de los casos de la falta de vivienda propia que tantos perdieron; eso se arregla en el mediano plazo y con altas inversiones, principalmente públicas.
Otro comportamiento frecuente luego de este tipo de sucesos trágicos es querer observar directamente lo que le ocurrió a los otros y averiguar detalles de lo sucedido. Visitar las escenas brinda una curiosa y paradójica satisfacción: nos impacta y nos conmueve ver los daños que enfrentaron los vecinos, y nos recuerda nuestra propia fragilidad. Es posible pensar que al verlo estemos buscando claves para nuestra protección futura, pero tal explicación es poco probable: esa es tarea de los expertos y no del ciudadano mirón. Esa observación también nos reconcilia con la sensación de que esta vez tuvimos una mejor suerte que la de quienes sí se afectaron. No nos basta con ver la destrucción por televisión o a través de las redes sociales: nada se compara con presenciarla directamente. Eso que observamos no nos sucedió a nosotros, a la mayoría, afortunadamente, por razones naturales o del azar.
Cuando hay incertidumbre, cuando nos sentimos indefensos, cuando nadie puede asegurarnos que no enfrentaremos más afectaciones —como nuevos terremotos desastrosos—, proliferan los rumores como intentos rápidos, aficionados pero susceptibles de explicarnos la realidad, o de agregarle algo más a lo que ya está ocurriendo. En todo caso, cualquier situación por difícil que sea es susceptible de empeorar, afirmaba el Corolario de Murphy. Y los rumores pueden empeorar las cosas.