
Doce días después, el sistema nervioso empieza a aquietarse. Ya no fijo la mirada en las cosas con ese miedo primario intentando detectar si se agitan, tratando de confirmar esta sensación de que todo bajo mis pies sigue moviéndose. Poco a poco voy dejando de escuchar cada ruido como el anuncio de algo espantoso, con los ojos abiertos, atentos, aterrados. El cuerpo abandona lentamente ese estado de tensión perpetua, en el que se anticipa al menor movimiento, listo para volver a correr. La mente se apacigua con el paso de los días, y se impone la realidad: lo que el cerebro sigue esperando que pase, ya pasó. Por lo pronto, parece, no volverá a ocurrir.
“Aquí no pasó nada”, le respondí a los amigos extranjeros que me preguntaron cómo estaba justo después del terremoto. “Aquí no pasó nada, por suerte, pero hay otras ciudades muy golpeadas”, me sentía obligada a agregar. Vivo a 160 km en línea recta de San José del Palmar, casi exactamente la misma distancia que hay del epicentro a Cali. Allá se cayeron 45 edificios, y tendrán que demoler otros tantos. Aquí, en Medellín, salvo algunos evacuados por precaución y el desplome de un techo en un barrio del valle, todos los edificios están en pie. Estoy segura de que hay una explicación geológica, pero por ahora ¿cómo llamarle a eso si no suerte? De algún modo, estar bien y estar entera y tener las paredes intactas parecía -parece todavía- un privilegio inmerecido.
Durante un par de años visité Pereira con frecuencia. Un pedazo importante de mi vida ocurrió allí, y ocupa en mi memoria un lugar de gratitud y cariño. Hoy, buena parte de la ciudad que caminé ya no existe. Las imágenes y videos de la ciudad destrozada, de lugares familiares condenados, de personas conocidas esquivando por centímetros la muerte, me han conmovido hasta el llanto. Yo no perdí nada, excepto las coordenadas de algunos recuerdos. Comparada con el peso de las pérdidas brutales de tantos allí, pérdidas que seguramente torcerán vidas para siempre, se siente injusta esta tristeza. Y sin embargo, aquí sigue.
Han pasado doce días. Los libros volvieron a su estante esa misma tarde. La planta que se cayó sigue perdiendo hojas, pero para ser francos, ya se había caído varias veces antes. Estas grietas en las paredes de mi casa ya estaban; yo misma lo he verificado buscando en fotos viejas. Las grietas en la casa de mi mamá quizás sí son nuevas, pero no es nada, solo se craqueló la pintura. Todavía hablamos de eso. Repetimos lo que hicimos, lo que dijimos, volvemos a narrarnos el miedo que tuvimos. Vuelvo a contar a quien no me haya oído que lo único que atiné a gritar en el momento de terror absoluto fue la palabra “mamá”. Aún se me cruzan por la cabeza nombres de amigos y conocidos a quienes no les he preguntado si están bien, si sus familias están completas. Continúa mi inventario mediocre para confirmar que, al menos en este radio inmediato, los daños fueron menores.
Aquí no pasó nada, me repito cada vez que vuelve el mareo. El movimiento total y definitivo, ese con el que mi cuerpo alucina una y otra vez, y que me obliga a aferrarme a las cosas todavía, ya pasó. Ya el mundo se desgajó y ahora hay que volverlo a armar, cada uno desde donde pueda. Mi cuerpo y yo empezamos, por fin, a entenderlo.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com
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