El derecho al espacio propio cuando todo se derrumba

Pienso en esa casa donde viví por casi una década, un sueño cumplido de mis padres. Abruptamente cuando regreso, en vez de ver almendros veo los escombros.
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El derecho al espacio propio cuando todo se derrumba

Escribo desde una casa ajena, prestada, un lugar de paso que se nos brindó a mi mamá y a mí tras el pasado terremoto del 10 de agosto que, aunque cuenta con todas las comodidades esenciales —un colchón donde descansar, mercado, la privacidad de un baño y un espacio donde albergar las cosas que pude rescatar antes de desalojar completamente—, encuentro en mis letras una contradicción amarga e inquietante: vivir en agradecimiento y duelo.

Incluso pronunciar ciertas palabras que en otros momentos hubieran sido superficiales cuesta, y el estado de conmoción que genera pensar en el lugar que perdí sigue orbitando, hablándome al oído en las noches. Pienso en esa casa donde viví por casi una década, un sueño cumplido de mis padres y un abanico de recuerdos de mi joven adultez que se despliegan abruptamente cuando regreso y, en vez de ver almendros, veo los escombros.

Es imposible no llorar, preguntarse por qué sí y por qué no, qué hubiese sucedido si y los cómo que tampoco deberían ser objeto de mi preocupación porque lo más urgente es continuar, además de encontrar otro lugar para habitar que en algún momento será sagrado como el que se cayó a pedacitos ese lunes a las 7:34 a. m.

Además de escribir —lo cual ha sido una tarea maratónica—, también hablo con otras personas que resultaron afectadas, amistades que me duele ver en esta misma posición y cualquier otro ser, ya sea de Pereira u otro lugar del mundo, que siente suma tristeza cuando piensa en lxs que ya no están, lo que se derrumbó y las heridas que tardarán en cerrarse.

El derecho al espacio propio cuando todo se derrumba

Se siente como si la seguridad y la tranquilidad que alguna vez di por sentadas por tener un refugio estuvieran diluyéndose mientras más las pido de regreso. Entiendo que la vida es lo primero, seguido de la esperanza, pero también preocupa no tener un espacio. No solo pienso en mí, sino en todas las personas que, al igual que yo, perdieron su hogar; pausaron sus vidas ante la más básica necesidad de protección y se enfrentarán (si cuentan con ellos, porque esa sería otra historia) a los tediosos y prolongados procesos de subsidios, seguros y ayudas que, lamentablemente, hasta burocráticos y revictimizantes se vuelven.

¿Cómo luchar contra la avaricia de quienes ven esta tragedia en una oportunidad para ganar más? ¿cómo salir del miedo que se edificó en mí cuando la tierra se sacudió? ¿cómo estar de pie sin perderse en la nostalgia? ¿cómo no sentir culpa por recibir ayuda a pesar de que también perdí? ¿cómo escabullirme entre lo perdido?

Siempre viví en el centro: en la cuarta con treinta y tres, al frente de la Iglesia San Camilo, al lado de un parqueadero en la séptima BIS con treinta y dos y finalmente, para 2017, en el último piso de la torre dos de “un conjunto de viejitos”, una casona apacible y espaciosa para alguien que nunca había tenido un cuarto propio. La primera tarde mientras subían el trasteo, en vez de ayudar a cargar, simplemente caí profunda sobre la cobija tres elefantes de mis papás. No creo recordar un sueño más reparador que ese. De ahí en adelante, la incertidumbre había pasado a un segundo plano en mi vida y la sensación de estabilidad, por fin, había llegado.

El derecho al espacio propio cuando todo se derrumba

A pesar de que me duele saber que no veré de nuevo a los mismos vecinos haciendo el rosario a las 6:00 p.m., los gatos debajo de los carros o a los vigilantes que con sus excentricidades nos hacían reír, agradezco que todxs logramos salir casi que ilesos, nadie nos falta, al menos.

Lo material no es la representación absoluta de lo humano, sin embargo, es el reflejo de lo que somos, así como las ciudades. O quizás nosotros, como dice Bertolt Brecht, llevamos «un ladrillo bajo nuestro brazo para mostrarle al mundo cómo es nuestra casa». No quiero que mi ciudad, de amores y odios, que me vio nacer y crecer y me unió a tantas personas, se vuelva desolada, austera, fría y gris, incluso yerma.

Creo en las personas que, como yo, tenemos sueños y convicción, así como en el empuje que nos caracteriza y la Perla que nos une. Mujeres y hombres de todas las índoles que van más allá del estereotipo, de lo que alguna vez fue una simple villa y lo que paulatinamente se ubicó en el Triángulo del Oro colombiano, una región que pese a sus dificultades no reconoce forasteros.

Tampoco quisiera seguir pensando que la casita que tanto amé, hoy me aterra y es ajena; quiero creer que es una torre que cumplió un ciclo y cedió ante el curso de la inescrutabilidad, pero, cuánto me duele de todas maneras. Supongo que es una despedida, aunque forzada y avasalladora, porque no solo fue un techo que se cayó o una pared que colapsó, sino un refugio de amor, calidez, libertad y esfuerzo representado en todas las dimensiones posibles por cada uno de los que vivíamos un mundo allí. Antes de que mi papá falleciera esperaba que estos ladrillos nos protegieran por mucho tiempo más y aunque cumplieron su función, me siento en la potestad de reclamar, así sea hablándole al cielo o quejándome al mono de la pila, por el derecho a mi espacio.

El derecho al espacio propio cuando todo se derrumba

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