Aguanta, aguanta

Hay que ser amables con nosotros mismos en la supervivencia, pues no hay otra forma de comenzar a disipar la culpa de haber tenido suerte.
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Queridas barequeras, queridos barequeros:

Aguanta, aguanta, le decía al edificio. Tuteándolo, en susurros, con la confianza de que en esos muros sobrevivía un saber centenario que nos había hecho imposible clavar las puntillas. “Cada piso en realidad y última instancia no es más que un espacio vacío”, es lo que quizás le susurraba Fernando Vallejo a su apartamento en Ciudad de México, poco antes del terremoto de 1985. Lo cuenta en Entre fantasmas (1993). “Paredes encerrando viento que es lo que venden a uno estos rateros de la inmobiliaria, un sándwich de viento”. 

En nuestro sánduche de viento, casi en el centro, agarrados a lo que falsamente creemos todavía una columna, aguantábamos, abrazados, el único relleno valioso de este vacío entre piso y techo: Silvana, nuestra perra Amélie y yo. Le susurraba al edificio —aguanta, aguanta—, daba un beso en la cabeza a Silvana y en cada segundo iba sacando algún comentario a esa protesta que arengaban las paredes y las ventanas, como si la opinadera me fuera a sacar también de esta.

En el parque todo era amarillo. Las caras pálidas, el aire mostaza, iluminados por un sol que se ha hecho extenuante aún en las mañanas. Lo más inmediato seguía en pie —aguanta, aguanta—, pero desde la parte alta de la ciudad, desde la avenida, el polvo no se disipaba sino que descendía como niebla de azafrán por una de las calles inclinadas que llegaba hasta nosotros. Esa niebla era conocida, ya varios videos del terremoto en La Guaira nos habían mostrado que era ese el color con el que se nos va al piso la casa. Desde entonces no me ha dejado esta palidez, esta sonsera amarilla, este no saber qué hacer.

Hay una caricatura de Liniers con la que bromeamos entre colegas. Se ve un barco hundirse en altamar. En un primer plano, avanza el bote con sobrevivientes y uno de ellos, con convicción del mejor ciudadano, exclama: “¡No se preocupen, soy abogado!”. Así me agarra la sonsera amarilla. El ciudadano soy yo, solo que no me atrevo a decírselo al bote, por miedo al ridículo de sentirme inútil. Digamos que me he hecho también algo periodista, algo líder social, algo columnista, algo así como el señor que sabe los datos de la ciudad. ¿Pero qué digo entonces para este caso? ¿”No se preocupen, yo soy el de los datos”?

Aguanta, aguanta, me susurro. Hay que ser amables con nosotros mismos en la supervivencia, pues no hay otra forma de comenzar a disipar la culpa de haber tenido suerte. “La primera y más decisiva respuesta al terremoto es de índole moral”, dice Carlos Monsiváis en Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza, al hablar de lo que vio en el terremoto de 1985, en Ciudad de México. ¿De dónde saco tanto libro sobre terremotos? Debe ser que nacer al pie de un volcán es también llevar el riesgo en mente con cierto grado de obsesión. 

Vuelvo a Monsiváis. En la respuesta moral al terremoto, “de manera compulsiva se quiere atenuar la violencia natural, entregarse al ánimo insomne de propios y extraños. El imperativo ético encarna de modos inesperados”. Quizás es el antídoto a la sonsera amarilla: encontrar el modo inesperado de nuestra respuesta moral. Tenemos tan fijas las respuestas que creemos únicas, que no es más que la impaciencia y la falta de creatividad lo que nos viste de impotencia. No todos podemos hacer de rescatistas o de voluntarios de albergue; en eso, lo sabemos, podemos pasar de la impotencia al estorbo. Alguien en el bote tiene que saber hacer otra cosa, quizás haya que echarle una buscada más profunda, sea con un tiempo a solas o con la menor oportunidad entre vecinos, hasta que nos salga el modo inesperado. Aguanta, aguanta.

Saber de datos puede ayudar a verificar y a tejer gente para que se comparta información de calidad a través de las redes, como las de Manizales Cómo Vamos. El líder social, que tiene el talento de los contactos, se puede dedicar con Whatsapp a unir las puntas que se están buscando para ayudar. 

El periodismo, como el de Barequeo, puede volver a la convicción de que informar en la emergencia es un derecho tan importante como el agua. Celebrar que Adriana Villegas Botero tuvo la velocidad de escribir en pocas horas su experiencia con el sismo, al punto de llegar a ser republicada por El País de España. Celebrar que Ana María Mesa tuvo la posibilidad de salir en medios internacionales: ella contó cómo ayudó a medios españoles a informar, en medio de una rutina que quiere volver de las maneras más extrañas. Yo participé en Cadena 3, de Argentina, para también contarles que en nuestros muros sí vive un saber centenario, el de la sismorresistencia, que quizás nos puso más a salvo que en otras regiones.

Finalmente, la tarde del sismo entrevistamos a Gina Villalobos, conocida como Gina Terremoto por sus conocimientos en sismología. Una conversación de este modo inesperado de ayudar: aportar algo de sentido, sobre todo. Este encuentro terminó sintetizado en la ilustración linda que nos dejó Juan Grajales: una Manizales estrechada contra el volcán de El Ruiz, donde ni la tierra podemos darla por sentada, se mueve y aguanta, aguanta. 

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  • Aguanta, aguanta

    Abogado y periodista. Director de Manizales Cómo Vamos. Profesor de periodismo en la Universidad de Manizales. Ganador en una ocasión con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Codirector de Barequeo.

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Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas y Camilo Vallejo Giraldo.