Hace algunos años, cuando yo ya empezaba a llamarme a mí misma feminista, un conocido me escribió para preguntarme si él había tenido conmigo algún comportamiento que me hubiera resultado incómodo. La pregunta me zarandeó, para nada estaba esperando que alguien viniera a consultarme si me había sentido incómoda por lo que en su momento califiqué como una tirada de perros. Sin dar tiempo a pensar le contesté que no, que podía estar tranquilo, que lo que había sucedido, nada en realidad, no me había incomodado. Pero uno lee, aprende, estudia, analiza, y mucho más tarde en la vida sí reconoce mejor las formas del descuido, como antónimo del cuidado.
Todavía creo que eso que pasó hace años con ese conocido, nada en realidad, no constituye un delito, pero sí fue un comportamiento, una conducta, que es posible problematizar, y es posible decir que fue una de esas formas de aproximación de los hombres hacia las mujeres que no nos consideran algo más que un objeto, un fin, un favor a obtener y poco más que eso. Él no tenía un interés real en mí, él quería algo muy concreto, y solo eso, y aunque querer tener sexo no es un problema en sí mismo, desconocer lo que yo quería o no quería, lo que yo hubiera podido sentir, los sentimientos que hubieran podido crecer en mí, ignorar lo que esa historia me hubiera podido ocasionar, sí es una falla en el cuidado que hay que tener con todas las personas con las que nos relacionamos.
Estoy cansada de explicar cuándo se configura el acoso a personas que responden cosas como “si el man es pinta entonces no es acoso”, o “ya uno no le puede pedir un besito a una mujer porque todo es acoso”, pero comprendo que ahí hay un miedo presente: los hombres y las mujeres nos hemos relacionado mal. Las ideas equivocadas y muy difundidas sobre cómo debe operar la seducción —el hombre propone y la mujer dispone, el hombre va hasta donde la mujer lo deja, no hay mujer que no lo dé sino hombre que no lo sabe pedir, el hombre debe insistir y la mujer debe resistir, etc.— han ocasionado que muchas mujeres hayamos pasado por momentos muy incómodos; lo triste es que creíamos que así era, así debía ser, así había sido y así es.
Creo que nos ha faltado insistir en que el acoso es un delito. El delito consiste en la presión o manipulación para obtener algo de alguien. Circulan en redes sociales algunos videos metafóricos que cambian el sexo por una taza de café. Si usted le ofrece un café a alguien y esa persona se niega, y usted le insiste, la está presionando más allá de lo debido para que se tome ese café que esa persona no quiere. No insista. El delito en el código penal colombiano está tipificado como el asedio, la persecusión, el hostigamiento, físico o verbal a otra persona con fines sexuales no consentidos, aprovechándose de una relación de poder, autoridad, superioridad o posición de edad, sexo o economía. Es tan claro que cuando preguntan e insisten en que no reconocen el acoso es muy difícil dejar de pensar que lo que quieren es escurrir el bulto, hacerse los locos. Si un hombre no sabe reconocer la diferencia entre una aproximación respetuosa a una mujer o una que constituya acoso, es mejor que no se relacione con las mujeres para nada.
Hace poco alguien me decía que debería existir algo así como una justicia transicional para la sana convivencia entre hombres y mujeres. Me decía, no sin razón, que las relaciones entre nosotros han estado tan viciadas que es verdad que muchos hombres no sabían que estaban actuando mal y muchas mujeres no reconocíamos tampoco las conductas problemáticas, y a mí me parece que eso es verdad en algún grado. Sí creo que hay cosas tan graves que cualquiera ha debido reconocerlas como ilegales, inmorales y antiéticas en cualquier momento histórico. Pero es cierto que hasta un punto todos teníamos naturalizado el acoso, y el hecho de que hoy sea un delito con penas de entre uno a tres años en la legislación colombiana hace muy difícil esta discusión, este aprendizaje. Si hoy un hombre está arriesgando la reputación y la libertad va a ser muy difícil que cualquiera de ellos esté dispuesto a reconocer sus comportamientos de acoso. Pero eso no va a pasar. Este momento de transición que estamos atravesando, que así lo es, estará marcado por la incomodidad para algunos señores de verse en un espejo y reconocerse como acosadores, violadores, maltratadores, para después enfrentarse a las consecuencias legales de sus actos.
Lo que me cansa, lo que me molesta, lo que me agota, es que esos mismos señores que no quieren atravesar el momento incómodo de revisar sus formas, sus conductas, sigan desconociéndonos, sigan sin pensar, en la incomodidad que por siglos hemos sentido las mujeres. Esa incomodidad que ha significado que las mujeres no usemos la ciudad con libertad, nos retiremos de los trabajos, de los estudios, de la vida, por el miedo a ser acosadas, ese miedo que llevamos siempre a todas partes, que se convierte en pavor si estamos solas en un lugar en el que solamente hay hombres, en los mecanismos de defensa que hemos aprendido y que tantas, tantas veces se han convertido en sexo que no disfrutamos, que no queremos, que no deseamos. Esa incomodidad nuestra no les importa, no sé por qué a las mujeres debería importarnos este mal momento, esta mala pata, que los señores están viviendo. Qué incómodo.