Hoy se posesionará, en Cali, Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia para el período 2026-2030. Será el tercer mandatario en no posesionarse en el Capitolio nacional y ante el Congreso de la República, y el primero que lo haga por fuera de Bogotá y por razones distintas a un contexto de guerra civil o crisis institucional, pues esos son los antecedentes de ruptura con el poder civil y popular de la dictadura de Tomás Cipriano de Mosquera y de Laureano Gómez, quienes asumieron durante períodos en los cuales se había decretado el cierre del parlamento. Ese es el mensaje antidemocrático y dictatorial que envía el recién estrenado gobernante, en un escenario de creciente confrontación con el poder legislativo y en un claro acto de provocación y retoma del poder en la ciudad que ha sido epicentro de la resistencia civil y las reivindicaciones populares.
Como casi todos los líderes de la derecha neofascista, Espriella muestra veleidades de autócrata y se encapricha con los símbolos, pues entiende que se disputa un orden cultural a nivel mundial. El nuevo presidente pone en riesgo las instituciones, nombra eximputados en cargos de alto perfil y promete eliminar figuras jurídicas indispensables para el mantenimiento del orden constitucional. Pero todo en él es impostado, artificial y postizo; fingirá hasta su propia posesión por fuera del recinto que representa el poder popular, para hacerlo en el auditorio de una universidad privada, no frente al pueblo, sino rodeado de empresarios y gamonales adeptos a su proyecto político. Afortunadamente fracasó su embeleco de asumir el mando en una guarnición militar, como si en efecto se tratara de la entronización de un dictadorzuelo del neogótico tropical.
El pseudopresidente se acompaña siempre de una gran parafernalia. Lo suyo es el show, el espectáculo, el ridículo. Su estética es la del kitsch barranquillero, donde se mandó construir una Casa Blanca de papel para gobernar a sus anchas desde el Caribe, donde se siente mucho más a gusto que en la grisura de la capital. Ha prometido sedes alternas, descentralización, pero en realidad todo lo suyo es improvisado y ordinario. Habrá un enorme desorden administrativo y su gobierno estará marcado por la omnipresencia de la IA, pues no hay ideología política más allá del lucro y la defensa de los intereses de los grandes capitales privados. Será apenas un remedo de administración, una farsa, una pantomima, la parodia de un gabinete ministerial.
El papa León ya nos ha advertido sobre los peligros de una tecnología gestionada sin criterios morales; lo mismo sucede con un poder ejecutivo sin líneas éticas y principios políticos claros. Lo que viene es la destrucción por venganza ideológica, la persecución encarnizada de las disidencias y la imposición del unanimismo sobre la libertad de expresión. Espriella emulará a Trump y a Milei en su vulgaridad ramplona y su megalomanía de pacotilla; intentará, como Bukele, mostrar mano firme, pero será condescendiente con sus amigos corruptos y con los negocios turbios de sus aliados. El libreto es más o menos conocido: espectáculo para ocultar la crisis, gestos grandilocuentes, fastuosidad y despilfarro; show mediático y redes sociales para esconder las masacres, los desplazamientos, la retoma del poder narcoparamilitar.
Espriella gobernará con ínfulas de monarca —o peor aún: con aires de reina—. Se pavoneará energúmeno por su palacio de cartón, intentando gobernar un país que sólo existe en lo más recóndito de sus fantasías. Administrará Colombia como se administra un bufete de abogados: con triquiñuelas, chanchullos, adulación, lambonería y torcidos. Será un gobierno de escándalos, de anuncios rimbombantes y titulares de televisión. Lo grave es que detrás de cámaras harán trizas la paz, la política agraria, la educación pública y la escasa seguridad social y económica de la clase trabajadora. Los altos funcionarios serán todos gente ociosa a la que no le interese lo que suceda con las regiones, más allá de los negocios de sus compinches. Las redes sociales estarán inundadas de anuncios y publicidad del gobierno, Abelardo se hará propaganda de todas las formas posibles, los medios corporativos se mostrarán dóciles y sumisos con el poder omnipresente del nuevo gobierno. Volverán las tácticas de perfilamiento y persecución de líderes opositores, la censura será el pan de cada día y la parodia religiosa el guión ceremonial de las nuevas instituciones. Como dijo la cocinera de un restaurante donde almorcé esta semana: hoy se posesiona zucaritas; el tigre de temu, el abogado ilegítimo del polvo blanco, como lo llamó el New York Times en un artículo. ¡La pesadilla apenas comienza!