Amanecerá y veremos

La ministra de Cultura anuncia que no habrá premios, ni distinciones, ni becas, ni estímulos porque a ella y a su patria milagro lo único que les interesa es la basílica de Buga, el arte religioso, las reliquias de la restauración neoconservadora.
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Todo parece indicar que el mundo se precipita veloz hacia el desbarrancadero. Las noticias hablan de desastres naturales, el ascenso de la ultraderecha, los peligros de la “inteligencia artificial”, redadas contra los gays en defensa de la familia, recortes al presupuesto de la cultura y las artes, y el uso de técnicas de guerra ilegales por parte del estado genocida de Israel en Palestina; mientras en Barranquilla el supuesto presidente de Colombia celebra con los judíos el año nuevo de un calendario que llega al 5787 y obliga a los oficiales de su cuerpo de seguridad a usar el kipá mientras portan el uniforme, en una nueva violación a la libertad religiosa y de cultos. Parece que ya nos estamos acostumbrando, no entiendo en qué momento nos convertimos en una sociedad tan mediocre, capaz de aceptar a este remedo de idiota como presidente.

Escribo con rabia y con cansancio, apenas si con ganas. No van dos meses de este gobierno y todo es un desastre por donde se mire. Algunos amigos me invitan a no caer en el pesimismo, pero no hay ilusión que le gane a la evidencia. Es tarde y tengo un nudo de ideas en la cabeza. Últimamente la vida se siente así: una carrera desesperada contra el hastío. Un permanente apagar incendios, un cortocircuito de ansiedad y decepciones. Voy a cumplir treintaidós años y la vida me está dando más razones para el escepticismo que esperanzas. Hace semanas que no llueve, en mi pueblo todavía el polvo no termina de asentarse, los ríos están secos como nunca y el ambiente árido, en las noches todo se inunda de un olor a podredumbre y cañerías. Algo pasa con la tierra pero en el afán de todos los días, no queremos detenernos a escucharla.

En Quimbaya no han querido demoler la iglesia por la arrogancia y la vanidad de los curas: supuestamente la van a desmontar ladrillo por ladrillo para “no comprometer su estructura”. Mientras tanto, arriesgan a la gente que camina todos los días por el parque a que la cúpula se le venga encima y la aplaste; entonces los transeúntes prefieren no transitar y el comercio está abandonado a merced de los escombros. No teníamos líderes preparados para esta emergencia: los políticos están ahí por vanidad, por ambición, por estupidez; cualquier cosa menos por vocación de servicio o la búsqueda del interés colectivo. El viernes pasado el monigote estuvo de gira por el Quindío: hubo cierres viales, dos helicópteros sobrevolando el área; todo el espectáculo para que la diva se luciera cantando Un beso y una flor con su voz patética e impostada.

La ministra de Cultura promete plata para reconstruir los templos, presupuesto para restaurar el flamante patrimonio arquitectónico de casas coloniales e iglesias de tapia y bahareque; se conmueve hasta las lágrimas en la manida catedral de Manizales, obsesión eterna de esa comarca rezandera, suspendida entre las nubes. Pero anuncia que no habrá premios, ni distinciones, ni becas, ni estímulos para las artistas y los gestores culturales. Porque a ella y a su patria milagro lo único que les interesa es la basílica de Buga, el arte religioso, las reliquias de la restauración neoconservadora. Si pudieran, pondrían en la casa de Nariño las momias de Laureano Gómez y de Santander. La veneración del patriarcado, los símbolos vetustos del poder colonial, de la herencia hispánica, de la rancia aristocracia criolla. El emperador de pacotilla se va a gastar en tres meses de viajes en helicóptero lo que el gobierno anterior se gastó en cuatro años, pero a él se le acolita porque es hombre, blanco y atarván.

El panorama me parece oscuro por donde lo miro, excepto por tejer con mis vínculos y mis afectos trincheras de ternura donde resistir a tanta infamia. Sospecho que no serán suficientes. Algunos ya empiezan a pensar en la idea de irse: saltar del barco antes de que naufrague. Al final daremos todas con el mismo océano, tampoco es que haya mucho para dónde escaparse. La respuesta a la crisis económica y ambiental agudizada por el tecnofascismo global es un endurecimiento de las facciones de ultraderecha. El sistema se defiende feroz mientras agoniza, como una bestia herida que lanza sus últimos zarpazos. Mientras no haya un cambio drástico del modelo económico no encontraremos salida al atolladero en el que nos encontramos sumergidos. Los ricos parecen no tener ninguna voluntad de cuestionar sus privilegios, las masas tampoco queremos renunciar al consumo desaforado e inconsciente. Ni siquiera el terremoto ha servido para sensibilizarnos: sin siquiera tiempo de recuperarnos, hemos seguido con nuestras vidas rampantes. Los especuladores inmobiliarios están viendo en el Eje Cafetero la oportunidad de seguir expandiendo sus proyectos urbanísticos que nos están dejando sin agua y sin comida, porque el volteo de tierras sacó a los campesinos, digo a los empresarios del campo de sus fincas.

Por supuesto, nadie pensó en la tragedia como una oportunidad de pausar, de decrecer como tanto detesta el lacayo del vicepresidente, el único pusilánime que se puso por debajo de un tipo probadamente incapaz solo para lavarle la imagen. El mismo que se la pasa diciendo que no hay plata y que el país está endeudado porque obvio no les quiere cobrar impuestos a sus amigos, a sus socios; tal como hemos hecho con PANACA estos 26 años, parece que para esta gente los terremotos son buenas oportunidades para hacer crecer sus negocios. A costa del sufrimiento de la gente, por supuesto. No puedo creer que por el odio y la ignorancia de medio país ahora nos estén haciendo vivir esta pesadilla. Estoy seguro que para finales de este año habrá alzas en el precio de los alimentos y en los servicios públicos, racionamientos de agua y energía, niveles de desempleo disparados. Ese fue el milagro en el que muchos creyeron. La horrible noche apenas comienza.

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  • Amanecerá y veremos

    Quimbaya, Quindío, 1994. Antropólogo y maestro en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, con especialización en Gestión de Proyectos Culturales de la Universidad EAN. Docente, investigador y gestor cultural en instituciones del Eje Cafetero. Autor del libro de relatos La cotidianidad es un cuerpo que agoniza (Sílaba, 2022). Autor y editor de publicaciones académicas y literarias como la revista Conjuro, el magazín Mano Negra y la revista Escarabeo. Algunas de sus columnas pueden leerse en https://cronicasypalabrejas.blogspot.com.

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