El arte como acontecimiento: Rosalía en Bogotá

Rosalía recupera imágenes, sonidos, símbolos y rituales con una larguísima historia dentro de la tradición iconográfica cristiana para resignificarlos desde el lenguaje contemporáneo, entre el reguetón, la electrónica y la energía colectiva del rave.
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Emocionante y conmovedor es el álbum Lux. Pero el concierto lo es aún más. Rosalía no presenta simplemente un concierto. Construye un acontecimiento en el que el escenario, la música, las imágenes, el cuerpo, la luz y el propio público se convierten en un espacio de creación, comunión, riesgo y verdad. Durante poco más de dos horas asistimos al momento en que el arte sucede. No me interesa detenerme aquí en la identificación de las múltiples referencias visuales y musicales que atraviesan Lux, un ejercicio que muchos han realizado con detalle. Me interesa, más bien, pensar qué ocurre cuando todas esas tradiciones dejan de ser simples citas para cobrar una nueva vida en escena.

El concierto es, ante todo, un tributo a dos de las grandes tradiciones rituales de Occidente: el templo y el museo. Aunque resulte evidente, conviene recordarlo: Rosalía ha dicho en numerosas ocasiones que la fe forma parte de su experiencia vital y que Lux nació de una investigación sobre las mujeres místicas en la larga historia del cristianismo. Sin embargo, la mística remite a una posibilidad mucho más amplia de comprender la experiencia humana. Puede entenderse también como esos momentos en los que una obra de arte, un paisaje o una experiencia producen una sensación de totalidad, de asombro o de trascendencia. No implica necesariamente una creencia religiosa. El arte logra con frecuencia encender precisamente esa llama de profundidad y comprensión que puede ser sagrada o profana, o ambas al mismo tiempo.

Lo que resulta especialmente potente es que Rosalía recupera imágenes, sonidos, símbolos y rituales con una larguísima historia dentro de la tradición iconográfica cristiana para resignificarlos desde el lenguaje contemporáneo, entre el reguetón, la electrónica y la energía colectiva del rave. Se trata de imágenes y sonidos profundamente sedimentados en nuestra memoria cultural occidental. Creamos o no, asistamos o no a una iglesia, esos gestos, esas cadencias, esos silencios y esas ceremonias siguen habitando nuestro imaginario. Rosalía no los cita simplemente para provocar una nostalgia religiosa. Los reactiva para producir una resonancia afectiva extraordinaria, capaz de interpelar incluso a quienes se sitúan completamente fuera de la experiencia de la fe.

El arte como acontecimiento: Rosalía en Bogotá
 
Rosalía, Lux Tour, concierto en el Movistar Arena, Bogotá, 18 de julio de 2026. Fotografía: Andrés Parra.

Lo interesante es que esta operación no tiene nada de excepcional. Es una de las constantes de la historia del arte. El arte es esencialmente anacrónico y transhistórico. Los artistas vuelven una y otra vez sobre las imágenes del pasado para hacerlas hablar desde las preguntas de su propio tiempo. Incluso quienes protagonizan las rupturas más radicales recurren con frecuencia a tradiciones iconográficas antiguas. Alejandro Obregón, por ejemplo, hizo de la iconografía cristiana uno de los lenguajes desde los cuales pensar problemas profundamente contemporáneos, como la relación entre el cuerpo, el sacrificio y la violencia en Colombia. Nadie podría sostener que Obregón fue un artista conservador por acudir a esos repertorios visuales. Del mismo modo, reducir las referencias de Rosalía a las mujeres místicas a un supuesto conservadurismo supone desconocer la enorme complejidad histórica de esas figuras. Para muchas de ellas, la experiencia religiosa constituyó precisamente un espacio de conquista de libertad, de producción intelectual y de afirmación afectiva en sociedades que restringían de manera drástica las posibilidades de las mujeres.

Lo mismo que pasa con las imágenes ocurre con la música. Así como las imágenes provienen de estratos muy diversos de la historia cultural, las sonoridades también recorren tiempos, geografías e idiomas distintos. El canto litúrgico, las resonancias corales, las arias italianas, la tradición flamenca, la música electrónica, el reguetón, las atmósferas orquestales, los ritmos urbanos y las texturas digitales no aparecen yuxtapuestos como simples citas. Se funden en un mismo tejido sonoro, produciendo la sensación de estar atravesando múltiples memorias musicales al mismo tiempo. Cada capa conserva el eco de su propia historia, pero adquiere una nueva potencia al entrar en diálogo con las demás. La música se convierte así en un espacio de circulación entre tiempos, tradiciones y sensibilidades que el presente vuelve a activar.

Todo este universo ritual no proviene únicamente de la tradición religiosa. También procede del arte mismo. Desde hace varias décadas, historiadores y teóricos han mostrado cómo el museo moderno heredó muchas de las funciones simbólicas del templo. Carol Duncan explicó que el museo funciona como un ritual secular, un lugar donde la sociedad moderna celebra aquello que considera digno de ser preservado, contemplado y venerado. No es casual que tantas veces se haya definido al museo como el templo del mundo burgués.

Rosalía parece comprender profundamente esa genealogía. A las referencias religiosas se suma otra igualmente poderosa: la historia del arte. El telón concebido como un bastidor invertido, las composiciones escénicas que evocan la pintura, el guacal del que emerge la artista, la dirección orquestal, las alusiones a la ópera, la danza y el performance, junto con un paisaje sonoro construido a partir de múltiples tradiciones musicales, convierten el escenario en un museo en movimiento. No un museo de objetos inmóviles, sino un museo vivo, donde imágenes y sonidos dejan de contemplarse o escucharse por separado para volver a suceder como experiencia. Cada escena parece condensar siglos de cultura visual y sonora, pero sin el peso de la erudición. Todo aparece integrado de manera orgánica en un lenguaje absolutamente contemporáneo.

Escenas del concierto Lux Tour de Rosalía, Movistar Arena, Bogotá, 18 de julio de 2026. Fotografías: Pablo Castillo (@pablocaastillo).

Como profesora de Historia del Arte suelo comenzar mis clases con una canción. Es una forma de llevar a mis estudiantes a la atmosfera de un tiempo y de un espacio, pero también de recordarles que las artes nunca han vivido aisladas, que las imágenes, la música, la literatura, el cine y la arquitectura dialogan permanentemente y que la historia del arte es, en realidad, una historia de esas conversaciones. En los últimos años, además, artistas de la industria musical contemporánea, y que ocupan un lugar central en el imaginario de mis estudiantes, como Bad Bunny, Residente o Rosalía, me han dado razones cada vez más poderosas para llevarlos al salón de clase. También me permiten conectar con mis estudiantes desde referentes que les resultan cercanos, y mostrarles que el campo artístico desborda ampliamente las fronteras de la cultura erudita y que los referentes pueden circular por territorios inesperados. Sus obras son una demostración elocuente de que la Historia del Arte no es una asignatura accesoria ni una costura del pensum para quien quiere convertirse en artista. Es una estructura de pensamiento, una sensibilidad y un archivo vivo de imágenes y símbolos desde el cual es posible seguir haciendo arte hoy.

Lux no construye solo un collage de referencias. Construye una arqueología sensible. Cada imagen y cada sonido llegan cargados de historia. En lugar de borrar el pasado, lo hace vibrar nuevamente en el presente. Quizá ahí resida la grandeza de este espectáculo: demuestra que la historia del arte nunca pertenece del todo al pasado. Sigue viva en las imágenes que producimos, en los cuerpos que ponemos en escena y en las emociones que aún somos capaces de compartir. Durante unas horas, el Movistar Arena dejó de ser un recinto para conciertos. Fue, al mismo tiempo, iglesia, teatro, museo y plaza pública. Un espacio donde miles de personas participamos de una experiencia estética colectiva en la que el arte recuperó su capacidad más antigua y más profunda: producir comunidad, conmover y abrir, aunque sea por un instante, la posibilidad de la trascendencia. Eso fue, quizá, lo más extraordinario del concierto de Rosalía: la belleza de ver suceder el arte.

El arte como acontecimiento: Rosalía en Bogotá
Rosalía durante el Lux Tour, Movistar Arena, Bogotá, 18 de julio de 2026. Fotografía: Pablo Castillo (@pablocaastillo).

* Mi agradecimiento a Pablo Castillo por la generosidad de compartir las imágenes que acompañan este texto.

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    (Manizales). Historiadora del arte, curadora e investigadora. Profesora de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. Ganadora del Premio de Investigación Cultural Héctor Rojas Herazo (2012). Es autora de libros como El arte en Cartagena a través de la colección del Banco de la República, Geografías pictóricas. La exploración del espacio en el paisaje de Alejandro Obregón, Fragmentos de modernidad y de la cartilla de apreciación del arte contemporáneo Ojo Pelao.

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