El que escruta elige

El objetivo fundamental no es el poder; el objetivo es permanecer y permanecer en democracia. Un partido de izquierdas debe ser también garante de esa creación republicana.
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“El aparato electoral está en manos de la oligarquía y por eso “el que escruta, elige”, el que cuenta los votos determina la victoria. Las elecciones se hacen más en las oficinas del gobierno oligárquico, que en las mesas de votación”.

El jueves 26 de agosto de 1965 apareció en Bogotá el primer número del semanario Frente Unido. Valía $1 y lo dirigía Camilo Torres Restrepo. En la primera  página a cuatro columnas había un título que declaraba POR QUÉ NO VOY A LAS ELECCIONES y en esa proclama Camilo escribió aquella frase, “el que escruta elige”, que se convirtió en un parteaguas programático de la izquierda sesentera colombiana, una mescolanza desamparada de democristianos, comunistas mamertos, anapistas, liberales de izquierda, maoístas, foquistas, trotskistas y anarquistas despistados.

Eran los días en que los jóvenes se dejaban la barba descuidada para imitar al Che; Sartre y Beauvoir iban por las calles de París repartiendo panfletos contra un sistema patriarcal y rancio al que se le iban viendo las tripas; los días en que los Phantom y los B52 vomitaban bomba tras bomba sobre los campos de Vietnam; también eran los días de la operación Marquetalia, del surgimiento de las FARC y los días en que los hermanos Vásquez Castaño buscaban en Santander un campamento para montar su emprendimiento guerrillero, en fin, los días en que los teóricos del marxismo juraban que la revolución estaba a la vuelta de la esquina.

Viendo como estaban las cosas de graves, el Tio Sam decidió aplicar una cura de burro para espantar los malos espíritus del comunismo que se abatía sobre su patio trasero: golpes de estado sanguinolentos, asesinatos selectivos, conspiraciones palaciegas, propaganda barata, infundios y patrañas repetidas mañana, tarde y noche por los púlpitos, por las emisoras, por los periódicos de Latinoamérica hasta convertirlas en verdades de a puño. Con la ayuda de milicos y terratenientes espantados derrocaron a Jacobo Arbenz en Guatemala, a Juan Bosch en República Dominicana, a João Goulart en Brasil, a Juan José Torres en Bolivia, a Arturo Ilía en Argentina  y por ahí derecho instalaron una matriz de propaganda descaradamente anticomunista, mejor dicho, anti reformista, relato que se convirtió en la salmodia de la derecha latinoamericana desde entonces hasta el fin de los tiempos.

De esos días son los inventos de la doctrina de la seguridad nacional, del enemigo interno, del peligro comunista, de la prensa libre pero responsable, de la pureza del sufragio. Lo malo fue que el enemigo interno tuvo el descaro de ganar las elecciones de 1970 en Chile, mismas que permitieron que un médico comunista y masón llegara al poder con las banderas de la Unidad Popular. Las alarmas sonaron en Washington y existe, porque hace poco se develó, un memorándum de Henry Kisinger, secretario de estado de Richard Nixon que enseña lo que pensaba del gobierno de Allende: 

«No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados y dejar que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propia gente».

No sobra recordar que 3 años antes, en Colombia, había ganado las elecciones Gustavo Rojas Pinilla, un militar retirado, godo como el que más pero que se alió con socialistas y liberales renegados para formar la ANAPO, Alianza Nacional Popular. Todo parece indicar que esas elecciones fueron escamoteadas por orden del presidente Carlos Lleras Restrepo a medianoche del 19 de abril de 1970:

“Las emisoras daban por ganador al General Rojas Pinilla, por una diferencia cercana a los 113.000 votos. Fue entonces cuando el Gobierno, en cabeza del ministro Carlos Augusto Noriega, prohibió los boletines radiales y él mismo dio los resultados oficiales hasta ese momento: Rojas aventajaba a Pastrana por algo más de 9.000 votos. Se impuso el riesgo inminente de que los liberales, en cabeza del presidente Carlos Lleras Restrepo, no pudieran cumplir lo pactado doce años atrás. El presidente decretó el toque de queda y a la mañana siguiente la ecuación electoral había cambiado: Pastrana tenía una ventaja de 2.617 votos sobre el General, que con los escrutinios completos llegaron a ser 63.557 de diferencia”

El que escruta elige

Entonces no es sorprendente que la izquierda haya sido tan desconfiada del proceso electoral y que haya asumido la abstención como principio cuando no la vía armada como única posibilidad de acceder al poder como en su momento hicieron Mao, Fidel, el Che, Ho Chi Minh. Se armó la discusión en los grupos de estudio, en las cafeterías donde recalaban los universitarios de barba y mochila, en los cineclubes, en las eternas asambleas estudiantiles. Para puntos de vistas, los había también variopintos: desde aquellos que citaban a Lenin y la tesis del Qué hacer que advertía que si los revolucionarios querían el poder necesitaban contar con un partido de masas capaz de dirigir la clase obrera hacia la conciencia socialista, la toma del poder y la dictadura del proletariado, tesis suscrita por los maoístas del PCCML que apoyaban al ejército Popular de Liberación ( EPL), y también los prorrusos del PCC línea Gilberto Vieira (“Combinando todas las formas de lucha, venceremos”). En la otra orilla siempre estuvo el ELN irrestricto en la doble negativa: no partido, no elecciones. Esta tesis militarista podría explicar por qué ha sido tan difícil una negociación con esta guerrilla ahistórica, disociada de cualquier movimiento de masas que con arrogancia inaudita asume para sí y ante sí el papel de vanguardia popular.

Lentamente la vía armada y el abstencionismo perdieron fulgor y se fueron apagando en la casi todos los países, excepto en Colombia, país de paradojas, por innumerables razones que incluyen la expansión de una democracia más o menos formal, la pérdida de legitimidad de los grupos armados travestidos de bandas terroristas o narcocriminales, el desprecio de los actores armados por el DIH, el reclutamiento forzado, el hostigamiento contra la población civil, el desprecio por las libertades individuales en los países donde subsiste alguna forma de socialismo, la censura, la represión a la disidencia, eventos como Chernóbil, la caída del muro de Berlín, el derrumbe del campo socialista, la quiebra aparatosa del socialismo del siglo XXI, la falta de sintonía de los partidos de izquierda con las minorías sexuales y los grupos ecologistas, la deriva derechista al tenor de la batalla cultural y la corriente tecnofeudal que desde Silicon Valley maneja el algoritmo que a su vez nos maneja a todos, y ya sabemos cómo piensan Musk, Sam Altam y el resto de ellos, y etcétera, etcétera, etc…

Llegados a este punto, es hora de sacar una primera conclusión, a saber: que un colectivo de izquierdas gane unas elecciones en Colombia ya es una anomalía. Veamos por qué: terminada la guerra civil no declarada que desangró al país entre 1930 y 1964, las elites se apoltronaron en el poder y se opusieron con denuedo a cualquier intento de reforma del estado llegando incluso a permitir la proliferación de grupos armados para frenar a la guerrilla que prosperaba justamente allí donde el estado se olvidaba de ejercer el control del territorio y el monopolio de las armas. Sin mover un dedo el país vio caer a 5.733 militantes de la Unión Patriótica y tres candidatos a la presidencia de grupos de izquierda (Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro). En esa espiral de miedo  también cayeron asesinados en un momento u otro de  esta historia de infamias sin cuento Luis Carlos Galán y Alvaro Gómez Hurtado, candidatos del sistema.   

Primera página del periódico VOZ

Carlos Lemons Simmonds, ministro de Gobierno del presidente Barco, dijo de viva voz en la radio a mediados de marzo de 1990: “el país ya está cansado, y una prueba de ese cansancio es que en estas elecciones votó contra la violencia y derrotó al brazo político de las Farc que es la Unión Patriótica. El PC le respondió: “los atentados que ocurran contra nosotros deben anotarse en la cuenta del señor Lemo Simmonds”. El candidato de la UP, Bernardo Jaramillo se quejó entonces frente a un periodista: «El gobierno nos acaba de colgar una lápida en el cuello». La mañana del jueves 22 de marzo, tres días después de las declaraciones de Lemos Simmonds, un sicario de apenas 15 años, Andrés Arturo Gutiérrez, abrió fuego con una mini Ingram contra Jaramillo Ossa en el  aeropuerto El Dorado, impactando el cuello, el tórax y el abdomen.

“Luego de una corta estancia en La Picota y en La Modelo, Andrés Arturo Gutiérrez Maya, por ser menor de edad, fue trasladado a la escuela de trabajo El Redentor, donde permaneció hasta noviembre de 1991, cuando recobró la libertad. Privilegio del que gozaría muy poco, ya que, dos meses más tarde, el 3 de enero de 1992, aparecería asesinado junto a su padre, Fabio de Jesús Gutiérrez Santamaría, de 48 años, en la maleta de un Mazda 323 rojo, de placas falsas LI 3512, abandonado en la calle 16A sur con diagonal 47A, en el sector Santa María de Los Ángeles, barrio El Poblado”. (Juan Fernando Ramírez Arango: Los niños sicarios, Universo Centro, junio 2025)

A pesar del terror, a pesar del miedo que se extendía cual légamo maligno, dos meses después, el 27 de mayo de 1990, Antonio Navarro Wolf obtuvo 750 000 votos como candidato presidencial de la izquierda  mientras César Gaviria, el ungido por la familia Galán, fue declarado presidente con 2 890 000 votos. En medio de la crisis existencial de esta república invivible, algunos líderes estudiantiles propusieron la llamada séptima papeleta, más precisamente el “voto por una Asamblea Constituyente que reforme la Constitución y determine cambios políticos, sociales y económicos en beneficio del pueblo». Vino entonces la Constitución del 91 que nos puso en el camino de los derechos, del “derecho a tener derechos”, como decía Annah Arendt, de la acción de tutela, de la Corte Constitucional y de la segunda vuelta presidencial. Con el nuevo ordenamiento constitucional la violencia siguió haciendo estragos de arriba abajo y de derecha a izquierda en la geografía nacional. Éramos entonces el país con la democracia más antigua de América Latina pero nos consideraban un estado fallido, teníamos la sede internacional del narcotráfico y los índices de violencia más escalofriantes del continente. Guerrilla, narcotráfico y paramilitarismo protagonizaban otra guerra civil, mejor dicho, la misma guerra de siempre con otros  actores, otros muertos  y el mismo decorado, una “guerra reciclada”, como la llamó María Teresa Ronderos (Guerras Recicladas Aguilar 2014)

El que escruta elige
Álvaro Gómez Hurtado, Antonio Navarro Wolfr y Horacio Serpa Uribe en la promulgación de la Constitución Política de 1991.

Pese a las intentonas autoritarias de Uribe & Co, la izquierda siguió mejorando su rendimiento electoral y su presencia nacional. En el 2006, contra la unanimidad apabullante del sistema, Carlos Gaviria sacó 2 613 000 votos, y en el 2010 Petro, el primerizo, obtuvo 1 331 000 votos. En el 2014 Clara López tuvo 1 958 000 votos y en el 2018 por primera vez la izquierda accedió a la segunda vuelta en la que marcó 8 040 000 papeletas por Gustavo Petro contra 7 616 857 del obtuso Iván Duque.   

En el 2022, en su tercer intento, Gustavo Petro decidió aliarse con figuras de un pasado problemático, por decirlo de manera suave para acceder al gobierno El más notorio, Armando Benedetti, experto en trapisondas y marrullas, uribista cuando tocaba, santista cuando convenía y ahora petrista de jurada lealtad. Es muy posible, que, cansado de remar contra la corriente, Petro decidiera sellar esta alianza y otras non sanctas para juntar los 11 281 013 votos, 700 000 más que su oponente, un outsider de la derecha, que fueron suficientes para llegar a la presidencia y obtener además manejo yespacio para gobernar desde el Congreso pero, como se demostró a posteriori, estas compañías se le volvieron un verdadero pain in the ass para su proyecto político. De escándalo en escándalo, sus detractores minaron la base moral de la izquierda, uno de sus valores fundacionales y magnificaron cada acto de corrupción como si nunca hubiera existido esa palabra antes en el diccionario de la política colombiana. Infortunadamente hubo en el entorno del partido de gobierno hechos y personajes que dieron suficiente munición a los críticos de la otra orilla  para zaherir con harta frecuencia los procederes del gobierno y sus adláteres: Nicolás Petro, Alfredo Saade, Juliana Guerrero, Laura Sarabia, Olmedo López, Hollman Morris, David Racero, en fin, conspicuos representantes de la incoherencia programática y ética de un partido elevado a las más altas dignidades del estado para gobernar en nombre de ese sujeto político que llamaron los nadies, es decir, los ningunos, los ninguneados, los jodidos, los rejodidos.  

Iván Cepeda Castro tomó nota de esta incongruencia y decidió hacer una campaña electoral libre de ataduras y compromisos espurios y montó una campaña muy personal y digna, aunque toda ella de viejo cuño político, muy sesentera, con discursos largos y doctrinarios, vino caliente y Mercedes Sosa y que claro que no alcanzó para mantener a la izquierda en el poder, porque, ya lo dijimos, la izquierda en este país es una anomalía. Y, sin embargo, esas maneras desabridas, esa presencia espartana, esas ropas gastadas le permitieron gritar al final de la campaña aquella frase atribuida a Borges: «La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece».

El que escruta elige

Y aquí va otra probable conclusión a estas notas: el objetivo fundamental no es el poder; el objetivo es permanecer y permanecer en democracia. Un partido de izquierdas debe ser también garante de esa creación republicana que va de tumbo en tumbo en el mundo del tecnofascismo: la democracia.

Petro, que es un personaje caótico e impredecible, un tanto delirante, muy arrogante y bastante enrevesado, mezcla de guerrero lunático y héroe de guiñol, decidió que había que empujar sus huestes por el desfiladero de una desobediencia cerrera de malos presagios y no reconoció la victoria de la derecha alegando un fraude harto difícil de demostrar. Es factible que nadie en el palacio se atreva a llevarle la contraria. Pero, en la campaña, ¿nadie aterrizado y sensato que lo saque de sus desvaríos? Después de proclamado el fraude vino la siguiente movida: nos declaramos en desobediencia civil.  Sobre qué asuntos o sobre qué aspectos del nuevo gobierno, se preguntarán ustedes. En fin, todo como muy reactivo e improvisado. La desobediencia civil es un recurso valioso contra un sistema injusto, pero necesita método, estudio y al menos algún tipo de acuerdos, no solo una decisión tomada en el palacio de gobierno y echada a rodar como rueda suelta. Más sensato sería reconocer que lo que está en juego, más allá del futuro de la izquierda, es el sistema democrático en el que la izquierda se insertó para legitimarse y legitimarlo y amarrar su suerte al destino de la democracia liberal. Hoy sabemos que ese sistema político está en crisis, que es frágil y quisquilloso y necesita para su buen vivir de un intrincado sistema de leyes, contrapesos, instituciones y pilares, entre otros la alternancia en el poder y la transición ordenada entre gobiernos de distinto signo.  Desmantelar ese entramado normativo hace que la democracia se despelleje, se desmorone y por esa vía termine en manos de autócratas y  neofascistas.

¿Es ese el futuro que queremos vivir?

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    Aranzazu, Caldas. médico anestesiólogo, escritor. Ha publicado De cómo Johny el leproso se anticipó a la muerte (2011); Los dormidos y los muertos (2018); La vida que nos merecemos (2025). Actualmente prepara la novela La obtusa marginal.

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