Nos citó en la finca que administra. Finca le dicen todavía, por costumbre, aunque de finca ya no le queda sino el nombre y el verde vivo de afuera. Para llegar hay que anunciarse en una portería con vidrio polarizado, esperar a que se levante la talanquera y subir por un camino donde antes hubo cafetales y ahora pasto rapado y palmeras exóticas. El monte, el de verdad, quedó del otro lado de la cerca eléctrica: se ve, se oye, no se toca. Nos recibe un hombre junto al ventanal, con el paisaje entero a su espalda como si fuera un fondo creado con IA.
Su guayabera color guayaba agria y la cadena trenzada de oro colgándole del pescuezo hablan por sí solas, como los búnkers con cercas eléctricas y vigilancia privada: de dientes para afuera.
—Acá están todos bienvenidos —dice con la misma voz de un capataz que minutos antes había dicho algo de echarle mano a la presa—. Esta es tierra de negros, indios, raizales… —sostiene el aire y la mirada a través de los ventanales. —Todas esas diversidades…
Y cuando dijo eso seguro pensó en decir “todas esas maricadas”. Seguro lo pensó. Mi compañera ese día decidió no maquillarse, sabía que para hablar con el tipejo había que mantener el perfil bajo. Sacaré mi lado más macho, me confesó minutos antes de la visita. Sí, a esa gente es mejor mantenerla a raya y no darle motivos. Entrarle con cuidado…
No hay mejor dueño que el que no es dueño, qué paradoja.
Y así, de dientes para afuera, vive medio Eje Cafetero. Y con cadenas relucen también los avisos de finca raíz. Habitamos el Paisaje Cultural Cafetero, patrimonio de la humanidad desde 2011. Aunque a la UNESCO nadie le avisó que, junto al paisaje, premiaba piscinas (en las que podrían retozar una familia de hipopótamos) y porterías con torres de control. Antes, la finca con camino vecinal unía los zaguanes de las casas, la puerta se dejaba abierta porque aquel que llegaba siempre era bienvenido y no sospechoso. Eso era oro puro. Pero sobre ese tesoro decidimos levantar moles de cemento.
Las fincas ya no se llaman como las de los abuelos: La Julita, La Esperanza o El Edén. Ahora hay que revisar catálogos bilingües. En Pereira, un edificio sobre la circunvalar se anuncia como Castillos del Loira, como si el valle de los reyes de Francia cupiera en una torre de apartamentos. En Armenia venden calma gringa y por adelantado: Serenity, Sun Suites y Monserrat Luxury Living; porque si suena extranjero se vende mejor. En el Caimo, ocho casas amuralladas se bautizan Reserva de Lindaraja, con el nombre del jardín más íntimo de la Alhambra, un pedacito de Granada en el Quindío. También hay quienes venden su proyecto jurando que es “de Miami”, la misma ciudad de la que media Colombia se siente orgullosa.
Uno no compra un hogar, compra una fachada que mira para otro lado. Y detrás del render, otra vez el miedo empacado de seguridad. Los mismos avisos que prometen paraísos con jardines recortados y pinos de alameda europea enumeran, sin sonrojo, la letra menuda de la fortaleza: portería blindada, cerca perimetral inteligente, cámaras motorizadas. Nadie lo esconde. Se ofrece la octava maravilla y se entrega la jaula, y uno firma contento, porque en el fondo era lo que buscaba: un pedazo de mundo (¿o de aire?) del que queda por fuera todo aquel que no pague cuota de administración o se atreva a poner cortinas de colores felices.
En la finca del abuelo siempre había sopa para el vecino que llegara, y por toda defensa, un perro. La de ahora promete nevecones con filtros antibacteriales, cercas de concertina y reflectores LED con sensores de movimiento.
Y ya que hablamos de verde, hay que ver cómo lo tratan. El jardín del condominio promedio es un corte de pelo militar. Rapado a ras, arbustos recortados en cubo como si a la naturaleza hubiera que enseñarle geometría, palmas alineadas con escuadra. No cae una hoja que nadie recogió, no crece una hierba sin permiso, no se atraviesa un sapo porque lo fumigan. Es un paisaje estático, bonito como el fondo de una pantalla detrás de una vitrina y, como él, incapaz de producir asombro.
Las 141.120 hectáreas de área principal del Paisaje Cultural Cafetero, más otras 207.000 de amortiguamiento, no siempre fueron así. El cafetal de verdad es un desorden que trabaja: el plátano dándole sombra al café, el guamo soltando vaina, la maleza era bueneza, el yarumo blanco libre asomándose en los resquicios de la montaña. Ahí viven la ardilla, la pareja de barranqueros, la culebra que nadie invitó, la araña. Da de comer, se defiende solo, no pide jardinero. El jardín del conjunto residencial, en cambio, no da nada: traga agua, veneno y guadaña para seguir siendo esa postal quieta donde no pasa nada porque está PROHIBIDO PASAR. PROPIEDAD PRIVADA.
Y es que quien poda así el jardín poda así el mundo. Quiere naturaleza, pero sin lo salvaje; verde, pero que no manche; monte, pero que no huela. Quiere sobre el paisaje del Quindío un mirador de concreto reforzado y cemento esculpido. Quiere balcones que tengan la certeza de que ningún bicho, ninguna raíz, ningún vecino inesperado cruce la reja. Es la misma tijera que recorta la silueta del árbol y que mantiene a raya al negro, al indio, al raizal, al marica que seguro pensó el de la guayabera. Naturaleza a raya, gente a raya, todo bajo control. El monte, como el animal, el otro ser humano, solo sirve si se deja podar.
Al monte lo podan, al vecino lo dejan afuera y al animal (qué ironía) lo suben al sofá y le hacen peinados. Ropa, cumpleaños con torta, guardería, terapeuta canino. Lo aman con locura, pero a condición de volverlo gente: un hijo peludo que no contradice, que no muerde, que no trae monte adentro. Domesticar el monte, podar al de afuera, humanizar al animal hasta que quepan en la jaula: tres modos con la misma lógica.
Me acuerdo de Betty. De sus años y su calma, de esa terquedad suya de vivir como cree, sin esperar permiso. Betty no sueña con ecoaldeas: ha participado en una creada con sus propias manos. Recoge agua lluvia, siembra lo que come, le cambia al vecino huevos por tomates y no debe plata. Me parece oírla decirme que ser del todo autónomos es casi imposible, pero casi no es imposible le respondo yo en mi cabeza y sonrío. Aunque sé que del otro lado del mundo, en su país donde también manda la derecha, Betty le apuesta a la libertad.
Tomatito maúlla al otro lado de la ventana que lo separa del guadual. Betty ya abrió su puerta; yo todavía miro la cordillera desde aquí, como él.