¿Dónde están las estrellas?

Las instalaciones en las que los empleados se hospedan son sacadas de un documental de las cárceles colombianas. Para llegar a las habitaciones hay que pasar por pasillos oscuros, rotos.
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Escribo este texto en primera persona por respeto a mis compañeros quienes me han manifestado su temor por exponer de manera general la situación agresiva y violenta por la que atravesamos en este trabajo.

Es verano. Entré a trabajar al Hotel Gran Fornells ubicado en Palma de Mallorca el 22 de junio de este año. Un lugar calificado —no tengo idea por quién— con CINCO ESTRELLAS. Aunque mi aterrizaje fue el domingo 21 en la madrugada, oficialmente inicié mis funciones laborales el 22. Este domingo 5 de julio presenté mi renuncia a lo que ha sido una de las experiencias más denigrantes por las que he pasado. Si antes me jactaba de perder mi “dignidad” con el alcohol de la noche, hoy aseguro que hay maneras mucho peores de sentirse indigno.

Es común que en Europa se aproveche el verano para hacer la famosa “temporada”, que consiste en irse a trabajar a las Islas o lugares donde el Sol inclemente va directo porque es el espacio en el que la gente vacaciona y también se enciende la luz para tener oportunidades laborales que resultan ser muy bien remuneradas. Dentro de las ofertas para estas fechas están las que hacen varios hoteles: te pagamos un sueldo considerable, muy por encima del salario mínimo, te damos vivienda y comida, a cambio de que trabajes para nosotros. Mejor dicho, la idea que creé en mi cabeza es que tengo cuatro meses para trabajar y que me quede el sueldo tal cual lo recibo, porque los gastos son mínimos, una oportunidad buenísima para ahorrar, pagar deudas o hacer un buen colchón. Sobre todo los jóvenes aprovechan para volar y hacer la temporada, reunir dinero y luego llegar a costearse sus estudios, por ejemplo.

Ventana con reja
Ventana de la habitación del personal de servicio

Hablo de la hostelería, sobre todo, porque por obvias razones es la industria que más se mueve entre junio y octubre. Se abren puestos de trabajo como camareros, cocineros, recepcionistas, personal de aseo de las habitaciones, mejor dicho, todo un ejército de personas puestas para sostener el imperio.

Yo fui uno de esos soldados que con ilusión llegó a poner su entera disposición como camarero. Pero pasadas dos semanas, rendido mientras lloro escribiendo esto en un andén, digo a fiera voz que soy un soldado muerto en combate, que esta guerra que aún no entiendo me sobrepasó.

La cárcel

Las instalaciones en las que los empleados se hospedan son sacadas de un documental de las cárceles colombianas. Para llegar a las habitaciones hay que pasar por pasillos oscuros, rotos, como si entrar a una mina se tratara, el calor es agobiante. Varias de mis compañeras se detuvieron a enviar su ubicación a familiares o amigos cuando se toparon con la primera realidad porque creyeron que se trataba de algún tráfico de personas que no les permitiría salir de nuevo después de atravesar esos pasillos.

Hay dos pisos, uno destinado a las mujeres y el otro para los hombres, en cada habitación acomodan, casi que una sobre otra, a 4 personas, el polvo asfixia sobremanera y los olores solo se pueden explicar con los vómitos que despertaron más de una vez no solo en mí, sino en varios de mis compis.

Cuando llegué, me comentaron que apenas hacía dos semanas tenían aire acondicionado, aire que no funciona, es como si lo hubieran puesto porque la ley los obliga pero no conocen el botón de encendido, los hombres debemos darnos por bien servidos porque tenemos baño en la habitación, las chicas tienen solo un baño descubierto para todas —aproximadamente unas 15 mujeres o más—.

Los techos de las habitaciones están llenos de rotos tapados con botellas que cada tanto se llenan de un líquido amarillento, los baños no funcionan, el olor a mierda es insoportable y solo se cuenta con dos pequeñas ventanas que no nos permiten abrir y tienen rejas. Las puertas no tienen llaves y los colchones están llenos de ácaros.

Los soldados

Los empleados somos su vergüenza, está totalmente prohibido pisar las instalaciones del hotel, los clientes no nos pueden ver caminar por los pasillos, debemos escondernos, agachar la mirada y trabajar muchas veces hasta 12 horas de pie, bajo el Sol -no olvidemos que es verano y que las temperaturas suben hasta a 40 grados o más-. ni pensar que un cliente nos vea tomando agua para hidratarnos y si estamos cansados, debemos buscar un espacio para reposar que esté lejos de la mirada de las cámaras, los jefes o los huéspedes.
Los soldados no se pueden agotar, no está permitido desmayarse.

Aquí, nosotros, los soldados, lloramos detrás de la cocina, auxiliamos a aquellos compañeros que están teniendo crisis de ansiedad o compramos a escondidas pastillas para poder dormir y descansar algo. Hacemos guardia: si un soldado tiene sed o hambre, entre todos le cubrimos para que se esconda y pueda beber agua. Agustín se llama el director más temido y si él pisa el mismo espacio, debemos correr a atenderlo y sobre todo a aguantar sus malos tratos verbales en los que insinúa todo el tiempo que somos inútiles, son gritos y más gritos detrás de la fachada.

Pienso en ese hombre y tiemblo. Hacía mucho no le tenía tanto miedo a alguien. Lloro.

Los soldados estamos aquí por el dinero, pero nadie sabe la verdadera batalla de nadie. Yo hoy me di el lujo de renunciar, pero compañeros que vienen del Desierto del Sahara, por ejemplo, a quienes las ampollas están consumiendo sus pies y pueden apenas sostenerse, no tienen otra opción a estar aquí porque deben sostener a su familia, librar sus guerras, pagar la educación de sus hijos o enviar dinero para la comida de su hogar.

¿Dónde están las verdaderas estrellas de este hotel?

Aquí hay colombianos, ucranianos, africanos, todos sirvientes de un imperio que se sostiene gracias a nosotros y que saben muy bien de qué se trata la esclavitud. ¿Qué hay de malo en nosotros los inmigrantes de estos lugares marginados que parecemos estar destinados a estos oficios? ¿Por qué nunca he visto a un noruego lavando los baños llenos de mierda de un hotel?

Un compañero se intentó suicidar, comentan en el desayuno, una chica amaneció con la cara torcida por la ansiedad y el estrés y en una esquina, mientras escucho todo esto, le enseño algunas palabras en español a un marroquí que no sabe cómo comunicarse y la pasa muy mal.

Los soldados no podemos pisar la recepción del hotel. Debemos entrar y salir por donde está la basura, mover las grandes canecas de desperdicios para poder pisar de nuevo la calle, y lo mismo para entrar.

Hay diarrea, daño de estómago, y está mal decirlo porque somos nosotros quienes no nos cuidamos, “quién nos manda a comer X cosa…” no son las condiciones, no, somos nosotros, dicen.

Los soldados nos escapamos en las noches, bajamos en grupo a la playa, acabamos con todos los cigarrillos posibles y lloramos, nos sostenemos unos a los otros y sobre todo botamos sin misericordia toda la rabia que nos despiertan los jefes abusadores.

¿Dónde, dónde están las estrellas de este lugar?

Imagen de un pasillo absolutamente oscuro
Pasillo de ingreso a las habitaciones de hombres

Son las 9:45 p.m. y no he parado de escribir este texto en un andén al frente del gran hotel. Lloro, porque creo que traiciono a mis soldados, aunque hayan celebrado la decisión de irme. ¿Qué va a pasar con las estrellas que quedan allí y no saben hablar español, tampoco inglés, quién les va a traducir ahora? Aquella que tiene llagas en sus pies, ¿podrá llegar con ellos así hasta octubre? ¿Agustín, el gran jefe dejará de gritarle al hombre que tiene hongos en sus manos por lavar todo el día platos? ¿Podrá resistir F al calor y encontrará la forma de tomar agua sin necesidad de arrodillarse detrás de una pared para que no la vean? ¿Sabrá la pareja millonaria de la habitación XXXX por lo que pasamos quienes le atendemos?

¿Dónde están las estrellas, aquellas fugaces para pedir deseos?
A veces hay infiernos con estrellas o estrellas sin cielo y presentes que parecen estrellados.

¿Dónde, dónde están las estrellas?

Hombre haciendo pucheros
El autor el pasado domingo, en su último día laboral en el hotel.

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  • ¿Dónde están las estrellas?

    Pácora, 1996. Actor y escritor. Estudió Comunicación Social y Periodismo y como actor se formó en instituciones como el New York Film Academy y el Teatro Nacional. Cursó durante un año el Máster en Artes y Profesiones Artísticas con el Círculo de Bellas Artes de Madrid; obtuvo el grado de Interpretación  y una especialización en Formación Corporal del Actor, ambos con la Escuela para el Arte del Actor de España. Cuenta historias con las letras, en los escenarios o frente a una cámara. Pronto publicará su primera novela 'Quitarse la sangre sin cortarse las venas'. Aparece con su nombre en Substack.

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