Nuestra patria milagro

Debe ser algo como vivir en el pueblito titino del Parque del Café, con su trencito, su teleférico, sus fachadas felices y su enrejado para que no se meta cualquiera sin pagar la entrada.
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El próximo viernes 7 de agosto seremos testigos de un evento histórico: la fundación de la nueva patria. El milagro de la patria nueva que nacerá, claro está, sobre las cenizas de la patria vieja. La patria de hoy.

Lo primero será quitarnos el asfixiante yugo del decoro, ese horroroso lenguaje políticamente correcto que algunos llaman decencia. Como lo hemos visto desde el 2016, es precisamente lo opuesto lo que la gente quiere: adoran y coronan a quienes expresan en voz alta su patanería, desde en la sección de comentarios de un grupo de Facebook hasta en el tarjetón electoral.

En ese renacer veremos resurgir los valores tradicionales, cristianos, o al menos los de la parte de la Biblia en donde no aparecía Cristo, que es la que les gusta a muchos que se precian de cristianos, y que por fin serán encarnados por la cadena perpetua, la extradición extrajudicial y, por supuesto, el castigo al disentimiento político o sexual. Veremos también coronarse a los Nunca, que ojalá nos dieran al menos el susto de ser radicales revolucionarios (de extrema derecha o de extrema izquierda), en vez de ser los mismos de siempre con la camiseta de la selección junto un tigre garabateado con IA.

A esa Patria Milagro, en donde en el mejor de los casos todo cambiará para que nada cambie, también podríamos llamarla La Nueva Colombia, La Restauración, La Gran Depuración Nacional e incluso, ¿por qué no?, Make Colombia Great Again, si alguien se atreve a asumir la tarea titánica de encontrar un periodo de la historia en que fuimos great. Posiblemente cuando rodaban tranvías en Bogotá, cuando llegaban trenes a Manizales o cuando sólo votaban los hombres letrados.

Por lo menos en este escenario ya no tendremos que pelearnos por quién votar, y no porque no nos dejen votar, sino porque quienes puedan postularse y aparecer en el tarjetón vendrán sabiamente escogidos de antemano. Así como en Venezuela el gobierno controla parte de los partidos de oposición, podríamos soñar, dentro de cuatro años (por nuestro orgulloso know-how de la yidispolítica), a Abelardo de la Espriella como candidato del partido de gobierno y a María Fernanda Cabal o a Alex Char como oposición. A fin de cuentas, según la RAE, un milagro es un “hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. A saber: del elegido de Dios.

Para eso habrá que pensar, desde ahora, quiénes son esos ungidos que caben en el milagro.

En esa nueva patria, los abelardistas (a estas alturas todo el establecimiento, desde los caciques de vereda hasta las élites que a última hora se hicieron tigristas) podrán acelerar ellos mismos la heroica depuración. Mientras el Tigre les declara la guerra a los criminales (salvo a los que nombre en su gabinete de ministros) y a los periodistas, en nuestras sucursales de barrio se podrá planear la depuración de quienes no caben, o cabemos, en este proyecto.

Si se me permite especular, me lo imagino en este orden: primero los habitantes de calle, los consumidores de estupefacientes, las trabajadoras sexuales (por etapas: primero las trans y luego las otras, pero no todas, porque al fin de cuentas los hombres siguen siendo hombres, y los tigristas se precian de ser más hombres que los hombres), los migrantes venezolanos, los desviados sexuales (los conocidos y luego los sospechosos), los universitarios revoltosos, los artistas degenerados, los profesores adoctrinadores, los defensores de derechos humanos, los jueces alcahuetas, los columnistas metiches y, por supuesto, cualquier persona que tenga la mala costumbre de hacer preguntas. Sapos, como también los llaman.

En esa patria, tristemente, no quepo yo: marica, revoltoso y peleado hasta con los de mi misma ideología. Pero quizá ustedes sí, queridos grandes colombianos, queridos patriotas de la patria, queridos tigrillos, gente decente, gente de bien, temerosa de papá Dios y de papá Trump. No del Papa de ahora ni el que estaba antes, por blandengues.

Ustedes otros, mis queridos amigos disidentes sexuales que tuvieron la ocurrencia de aupar al patriota de patriotas el pasado 21 de junio, quizá eventualmente tengan que quedarse por fuera. Pero no se preocupen: el clóset lo inventamos precisamente para caber en esas otras patrias donde nos parieron sin preguntar. Será para nosotros, digo, para ustedes, un sacrificio loable, porque gracias al milagro los que vienen después lo tendrán mucho más fácil.

Si es cierto el rumor de que Viviane Morales será la nueva ministra de Educación, se tomarán providencias para arrancar el problema desde el comienzo. Desde pequeños, como en los tiempos idos (ahora a la vuelta de la esquina), aprenderán a vivir en el clóset, escondidos de otros y de sí mismos, como debe ser. Así tendremos más matrimonios, más hijos, más patriotas para la patria, y con el favor de Dios podremos esquivar el machetazo demográfico que desangra a los países libres por el pecado (y quizá próximamente delito) de elegir sus vidas con libertad.

Libertad, nos dirán, no debe confundirse con libertinaje. Libertinaje, entonces: pecado en la Biblia, villanía en la sociedad, delito en los buenos tiempos, y todo lo anterior en el milagro de una nueva Gran Colombia.

Eso: pensemos en grande. Atrevámonos a soñar, a creer en el Milagro de una Colombia inmensa, desde el Esequibo guyano-venezolano hasta esa ciudad fronteriza entre Ecuador y Perú. Y abajo, por supuesto, desde el pedazo del Amazonas que deshonrosamente nos quitó Brasil (y el islete de sedimentos frente a Leticia al que Perú se atrevió a ponerle una bandera) hasta bien arriba, hasta nuestra temporalmente amputada Panamá y su frontera con Costa Rica.

Y Nicaragua, no podemos olvidarnos de Nicaragua. Como nuestro Tigre prometió sacar a Colombia de la alcahuetería de las Naciones Unidas, no habrá motivo para dejar que sigan desangrando las aguas de nuestro archipiélago. Sólo será cuestión de una buena demostración de fuerza ante Ortega, que a fin de cuentas entre dictadores se entienden mejor y podrán competir por quién lo tiene (el ejército, digo) más grande. No hay que preocuparse por retaliaciones porque Dios, en su infinita sabiduría, los puso en pleno riel de los huracanes y nos dio otra razón más para salirnos, como se salieron Trump y Milei, del Acuerdo de París y añorar el cambio climático.

Y después, en efecto, la nueva patria: sin malandros ni viciosos, sin grafitis, sin vendedores en los semáforos, sin habitantes de calle, sin universitarios revoltosos bloqueando la Panamericana, sin periodistas ociosos quejándose de lo bueno y olvidándose de lo malo. Debe ser algo como vivir en el pueblito titino del Parque del Café, con su trencito, su teleférico, sus fachadas felices y su enrejado para que no se meta cualquiera sin pagar la entrada.

Que este sueño colectivo nos sirva de consuelo, pues para que nazca primero hay que quemarlo todo. Empezando por el estorbo de la Constitución y los antipatriotas que quieran defenderla.

¡Ajúa!

No, así no era… ¿Firmes por la patria?

Nota del autor: Es ironía. Hace un año no habría hecho falta aclararlo, pero a estas alturas no me sorprendería que alguien quisiera tomarlo de manual.

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  • Nuestra patria milagro

    Manizales, 1998. Escritor de ficción, columnista, caricaturista y activista político. Exlíder del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina y miembro de la organización LGBT Skeiv Verden. Está vinculado a movimientos civiles por la democracia y la libertad de expresión.

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